Temas de la semana que se fue: los discursos del gobernador y del intendente. Entre los anuncios escasos y la falta de definiciones políticas, asomó una frase de compromiso con la lucha por el Atuel.
En medio de las escasas definiciones políticas que caracterizaron el discurso que inauguró las sesiones ordinarias de la Legislatura provincial, el gobernador Oscar Mario Jorge al menos se hizo lugar para una promesa, que aunque no es novedosa ni sorprendente al menos significa la ratificación de un rumbo: dijo que el gobierno va a “poner todo lo que haya que poner para revertir la injusticia” que significa el corte del río Atuel.
Bueno hubiera sido para los intereses pampeanos que esa convicción apareciera antes en el oficialismo, pero bienvenida sea la actual predisposición a pelear en los ámbitos que haga falta; y -como ya se ha escrito en este espacio en otras oportunidades y circunstancias- más vale tarde que nunca.
El asunto, a esta altura, es otro: de qué modo se defenderían mejor los intereses de nuestra provincia; cuál es la estrategia más adecuada para que la inversión de recursos rinda los frutos que se esperan; de qué modo sería mejor afrontar las cuestiones judiciales que necesariamente aparecen en el destino de los pampeanos y mendocinos.
El gobernador no lo dijo explícitamente en su alocución del sábado ante los diputados, pero lo dio a entender tácitamente: se refirió a la demanda que ya está en manos de la Corte Suprema de Justicia como un trámite aparte de la presentación que piensa hacer la Provincia, bajo el patrocinio del reconocido Estudio Badeni, lo cual deja leer que pese al cambio de escenario y la aparición de nuevas circunstancias, el oficialismo no piensa modificar su posicionamiento frente al tema respecto del que ya tenía en setiembre del año pasado, cuando se anunció el impulso de un juicio contra Mendoza.
Jorge tuvo el decoro y la cortesía de mencionar la causa judicial con precisión, e incluso a su promotor -el abogado Miguel Palazzani- aunque prefirió entender la formalidad de que La Pampa es “un tercero interesado”, pese a que en realidad tiene toda la capacidad de intervenir a fondo, realizar nuevos y distintos planteos y hacerse sentir muy profundamente en el futuro de esa causa judicial.
La Corte requirió a La Pampa información detallada y puntual sobre determinados aspectos, pero además la habilitó para que haga pesar de mejor y mayor modo sus intereses, por lo que sería una picardía -no precisamente positiva- que nuestra provincia deseche la chance de hacerse valer en esa causa.
Para que se entienda mejor: la presentación de La Provincia de La Pampa a tenor del artículo 94 del Código de Procedimiento Civil y Comercial implica la obligación de que se tome una postura, con lo cual el máximo organismo judicial parece aventurar su firme decisión de que la sentencia sea extensible a todos (lo cual parece lógico si se toma en cuenta el interés que le atribuyó al expediente).
Ante ese panorama, La Pampa tiene que elegir si su participación se limita a la formalidad (una especie de “adhesión”) o si, como está habilitada por el Código, modifica incluso el objeto procesal, enriquece la demanda del particular, añade sus planteos y va a fondo, como prometió el gobernador.
De lo contrario, podría desaprovechar este espacio -que le apareció como caído del cielo justo en el momento en que se definió la voluntad política de ir a juicio- y arriesgarse a que una futura nueva demanda se prolongue durante años, sobre todo porque -no hay dudas- la Corte también evalúa los momentos y las circunstancias políticas, y posiblemente le resulte más cómodo intervenir y resolver en una causa que ha sido presentada por un “vecino” que en una que haga confrontar a una provincia contra otra.
En síntesis: el compromiso de “poner todo lo que haya que poner” implica en realidad que el gobierno no deje pasar la ocasión de esta causa judicial ya avanzada en la Corte, porque las puertas de ese organismo -por infinidad de peripecias- no siempre están abiertas para todos.
Si el oficialismo tiene decidido defender sin dudar el interés pampeano, tendrá que incluir en ese expediente -y no esperar una supuesta “mejor oportunidad”- todo el arsenal de planteos y argumentos que hacen al conflicto.
Para ello también es necesario que fijen posición otras organizaciones no gubernamentales, que hagan escuchar su idea al oficialismo, que lo impulsen a no dejar escapar la oportunidad, bajo la convicción de la razón está del lado de La Pampa y asumiendo como experiencia que la decisión de apostar a la “vía diplomática” fue, a la hora de los resultados concretos, sólo una dilación.
...y una de arena...
Si la frase del Atuel -ni novedosa, ni impactante, ni reveladora- fue lo que quedó como eco del discurso del gobernador el sábado, es porque su alocución estuvo más bien plagada de lugares comunes, repiticiones de asuntos ya sabidos y enumeración de cifras conocidas.
El mismo día el intendente de Santa Rosa, Luis Larrañaga, también deambuló por esos caminos, que no permiten considerar ni siquiera cuál es el rumbo, cuáles son los valores esenciales que persiguen sus gestiones, cuáles podrían o no ser sus aliados.
Jorge no hizo ningún anuncio y eso no es en sí mismo un pecado, puesto que las realidades de los Estados o los momentos políticos ponen límites estrechos u obligan a atarse rigurosamente a determinados márgenes.
Pero independientemente de esa cuestión, lo que caracterizó el eje de sus palabras es la falta de definiciones políticas, la sensación de que no hay conceptos profundos que guíen la gestión, la firme impresión de que hay una apuesta a lo que podría llamarse “administrativismo”.
Es anecdótico que Jorge no haya cosechado aplausos en los 41 minutos que duró su discurso; tampoco es novedoso que no se trata del gobernador más carismático que haya tenido la provincia; pero sí estaría bueno, para legisladores y ciudadanos, contar con alguna pista respecto de objetivos, metodologías, estilos; algún indicio acerca de cuáles son los trazos gruesos de su gobierno.
Está escrito: no todo discurso puede sonar bonito, ni en un mensaje legislativo es posible que un gobernador anuncie las obras que a él mismo le gustarían concretar para pasar a la posteridad, pero sí es deseable que las palabras marquen la defensa de determinado interés, se posicionen de algún modo frente a la realidad, le den a los números interpretaciones políticas.
A veces parece que el mejor modo de no quedar mal con nadie, la forma de no granjearse enemigos, la manera de no “hacer olas” inconvenientes, consiste en pronunciar frases que no le hagan daño a nadie, que no causen malestar en los actores.
La cuestión es que entre hacer eso y no hacer nada, no hay demasiadas diferencias; y además se parece demasiado a un modo de evadir la realidad: no es posible -por ejemplo- que el gobierno ignore que tiene serios asuntos que resolver con los gremios que representan a los estatales (meter la basura bajo la alfombra, lo saben bien los oficialismos, es pan para hoy y hambre para mañana).
Una de las pocas referencias del gobernador que causó cierto sobresalto fue su rotunda referencia a la reforma educativa de los años ‘90, en pleno menemismo: Jorge la consideró un “fracaso”, lo que constituye una novedad en su visión del mundo y de la historia, puesto que en aquellos días era un fervoroso cultor de esas políticas nacionales, aplicadas en La Pampa de modo más entusiasta que en ninguna otra provincia por el entonces ministro Miguel Tanos, hoy diputado de “La Cámpora”.
Lo de Larrañaga es quizá -como su gestión- más grave y preocupante de cara a las consecuencias que eso provoca entre los ciudadanos, y echando también una mirada hacia los años por venir.
Su mensaje fue tan “más de lo mismo” que hasta repitió de modo textual algunos párrafos de discursos anteriores, según la acusación que le formularon los concejales de la oposición: un detalle de tono anecdótico que le suma patetismo a la situación y que pone a Larrañaga, otra vez y como tantas, en el límite de lo bizarro (Juan Domingo Perón era quien insistía en aquello que del ridículo no se vuelve).
Los ediles del FrePam han señalado durante la semana que se fue, puntillosamente, una serie de episodios que describen a la Intendencia: tienen razón en la mayoría de esas observaciones, aun cuando en el tono que vienen utilizando y en la energía que le dan a esa tarea puedan quedar señalados como dirigentes que se “oponen por oponerse”, cuando han demostrado que también tienen algún resto para proponer positivamente.
Respecto de Larrañaga, bueno sería para creer que se trata de un fenómeno surgido de un repollo, o de un personaje particular que nada tiene que ver con la realidad que lo rodea.
Sin embargo, las conductas y procederes lamentables no son privativos de un dirigente político o de un individuo, sino más bien todo lo contrario: se trata de una criatura con padres bien conocidos, que son los que desde hace largos años apuestan -y siguen haciéndolo- al ejercicio del poder no pensando tanto en el bien común sino en el beneficio personal y sectorial, volviendo imposible la idea de pensar en el mediano y largo plazo de una ciudad y una provincia.


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