La primera frase de esta nota iba a ser que “todo periodista es militante”.

Pero como se trata de ordenar ideas en alguna secuencia más o menos lógica, y no de espantar prejuiciosos desde el primer renglón, nos gustaría antes someternos a ciertas salvedades conceptuales.
Un periodista que no tiene entre sus valores esenciales la búsqueda de la verdad, la divulgación –y no el ocultamiento– de los hechos que ocurren, y la capacidad de sopesar diferentes versiones para un mismo acontecimiento, puede estar dedicándose a actividades parecidas, pero de ningún modo hace periodismo.

Ahora bien, superada esa primera barrera de requisitos elementales, se abre una amplia y múltiple gama de posibilidades de expresión, legítimamente periodísticas todas, que cargan cada una, y de forma invariable, con una fuerte dosis de militancia personal, sectorial, ideológica o de cualquier índole.

Cuesta escuchar todavía a ciertos defensores de la pretendida “objetividad” periodística, calificando de “serios” a aquellos comunicadores que “no toman postura a favor de nadie”, o “le pegan a todos por igual”, o relatan historias desde un lugar sacrosanto, equidistante y pulcro.

Que la objetividad no existe en el terreno de las interacciones sociales es tan viejo que da vergüenza repetirlo. Nadie puede ser del todo aséptico ni siquiera en la descripción de un choque de vehículos, porque aún en el juicio de valor más obvio interfiere el bagaje de experiencia, conocimiento anterior, pensamiento o diferencias de percepción a través de los sentidos que constituye la natural subjetividad humana.

Si no se le puede pedir objetividad a un periodista que cuenta un accidente de autos, imaginen a uno que sintetiza un plan económico.

Aún así, existen medios de comunicación que hacen de la presunta objetividad un negocio. Basta repasar slogan como “periodismo independiente”, “solo la verdad” y frases por el estilo, para comprender que se finge o sobreactúa una posición que nadie está en condiciones de asumir, para “hacer creer” un estado artificial de observación de la realidad.

De manera que desde el rol que le cabe a las audiencias, lo más lógico y racional sería adoptar dos tipos de comportamientos: conocer al emisor de un mensaje para saber cuál es su concepción de determinados temas, y desde dónde está diciendo lo que leemos, vemos o escuchamos, y contrastar ese punto de vista con otros diferentes para construirse cada uno su propia versión de los acontecimientos.

El llamado con tono despectivo “periodismo militante”, no es otra cosa que una vertiente más de esta situación, con algunas circunstancias particulares que vale la pena discutir.

En principio, si cumple con los requisitos básicos ya mencionados, es periodismo tan “serio” como cualquier otro. Con una virtud: blanquea de antemano un posicionamiento ideológico o de apoyo explícito a una gestión de Gobierno. Y “comunica” desde ese lugar. No finge independencia ni relatos equidistantes. Cuenta desde una posición previamente declarada. Es, por lo tanto, intelectualmente honesto.

Pero hay algo más interesante. El periodismo militante es provocador, porque incita al debate sobre cuál es el verdadero rol social de un periodista en su contexto histórico.

Dice Ernesto Bisceglia que “la figura arquetípica del periodista independiente “fogoneada” por el liberalismo presupone la existencia de un individuo inexplicablemente aislado de un contexto dinámico de lucha por el poder”, mientras que el periodista militante “se asume inmerso dentro las fuerzas que operan en la realidad desde una posición concreta”.

Así, mientras que el periodismo “aséptico” nos cuenta la realidad como si no estuviera inmiscuido en ella, el “militante” se embarra y toma el riesgo de defender ideas, aún cuando puedan estar equivocadas.

Me parece, por otra parte, que no se puede juzgar al “periodismo militante” sin hablar de los contextos en que reaparecen estas formas de comunicación.

Hay momentos históricos en que la militancia por ciertas ideas, aún la periodística, puede resultar sobreabundante, cuando no innecesaria o absurda. En general ocurre en escenarios en que los preceptos a los que se adhiere tienen un nivel de consenso general, un arraigo social tal, que su continuidad no se ve amenazada por ningún factor de poder.

Sin embargo, lo más usual es lo contrario, es decir, la aparición de un periodismo militante como resistencia a una realidad histórica que hace peligrar el cúmulo de ideales defendidos.

Es verdad que en este tipo de contextos, los periodistas militantes hacen equilibrio (con riesgo de caerse) por la cornisa de la pluralidad, atendiendo con mucha más vehemencia a los planteos (hechos, circunstancias, posiciones) que beneficien sus declaradas intenciones. Pero ello debe ser forzosamente comprendido en un escenario donde también interactúa un contrapoder real, que otorga espacio suficiente a la divulgación de las ideas contrarias a la de los militantes.

Hay ejemplos categóricos. Mariano Moreno puede ser considerado un paradigma del periodismo militante pre revolucionario. En la Gazeta de Buenos Aires escribió que “la prensa debe hacer lloviznar las ideas revolucionarias”. No suena muy plural y no creo que columna de por medio haya salido una réplica del virrey Cisneros.

Rodolfo Walsh fue un periodista militante contra la dictadura militar. Y no recuerdo cables de la agencia ANCLA con el punto de vista de los jerarcas del régimen.

En estos, y en otros casos, era el sistema el que garantizaba una sólida difusión y afianzamiento de las tendencias que no contemplaba el periodismo militante.

Se podrá objetar que Moreno es un prócer argentino que además de militar en el periodismo fue cerebro de la Revolución de Mayo. Y que Walsh hizo de la precisión periodística y de la investigación una escuela propia.

Ahora bien, ¿hay que ser Moreno o Walsh para ser periodista militante? No me parece. Creo que hace falta tener rigurosidad, capacidad de análisis y una causa digna de ser defendida. Hay que tener la honestidad intelectual de blanquear esa situación de antemano, para que el público lo sepa, y el resto es tan válido, coherente y democrático como el desempeño de cualquier periodista de los llamados “serios”, inclusive de aquellos que se visten de castos y puros mientras ejercen, con total desparpajo, el periodismo prostibular.

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