"Antes de que todo pasara, nos abrazamos y nos dijimos que nos amamos". El joven perdió a su esposa y a sus hijas de 5 y 7 años.
El jueves 23 de enero a la tarde llegó a la villa de El Rodeo con su esposa Romina Julieta Silva (25), y sus hijas Dayana Kiara (7) y Agustina (5). Habían decidido dejar el sofocante calor de la capital provincial para refrescarse algo en el río y en las montañas del Ambato. "Habíamos ido a pasar dos días de vacaciones", afirmó Jerónimo Ahumada en un extenso diálogo que mantuvo con Radio Valle Viejo ayer a la tarde.
Contó Jerónimo que sabían del espectáculo de Abel Pintos, de la enorme concentración de gente hacia la zona del Polideportivo Municipal y que El Rodeo estaba lleno de turistas. Ellos también querían un poco de diversión y de paz. Pero los encontró el horror y el drama.
Fueron al camping, se instalaron allí. A la nochecita, salieron hacia donde estaba el bullicioso centro rodeíno. Se les ocurrió ir hacia Las Juntas, cruzando el puente de Villafáñez. Fue ahí donde los golpeó la crecida y el alud. "En un momento, cuando llegó la primera parte de la crecida, nos entró el miedo, logramos juntarnos los cuatro. Nos dijimos que nos amamos. Lo hicimos por las dudas que no saliéramos de ésta", expresó en su desgarrador relato. "No soy un héroe, pero ellas saben que fui un hombre hasta el último momento y tengo paz conmigo. Si no fuera por el golpe que recibimos no nos abríamos soltado", contó Jerónimo.
La correntada le arrebató de las manos a su joven esposa y a sus hijas. Él también rodó, golpeó con las rocas, se lastimó, casi se ahogó. Dos efectivos de la Policía lo hallaron durante la búsqueda que se hizo durante la madrugada del viernes, a varios kilómetros de la zona del desastre. Estuvo al borde de la muerte pero sobrevivió.
"Me pasaron cosas extraordinarias esa noche -narró-. Una de las primeras es que me encontró un hombre, que no estaba mojado ni nada, que tenía las manos en la cintura y miraba el río, como buscando algo. Yo lo hablé, le dije auxilio. Ese hombre me habló, yo le pedía que me saque de allí; él me dijo que la gente estaba lejos, allá donde se veía una luz amarilla. Entonces comenzó a silbarle a los que estaban buscando y se fue. Yo le oía los silbidos, cada vez más lejos. Después se fue y no lo vi más. Ni siquiera sé quién es".
"Y después de una hora me encontraron. Tenía frío, me chocaban los dientes del frío. Me dolía todo y toqué una piedra que estaba calentita, como el capó de un auto, y me tiré como pude arriba. Entonces de un lado me acostaba y después me ponía del otro lado. Y me dormía por el frío y el cansancio, los golpes. Entonces yo estaba despierto y escuché que mi esposa me gritó: '¡Jerónimo!', como cuando uno hace fiaca en la cama y te despiertan así. Yo pensé que ella se había salvado, que estaba bien. Pero lo único que veía eran las luces de unas linternas. Les grité como pude y vi que comenzaban a correr. Eran dos policías, creo que de la comisaría Novena, Gómez y Soria, creo. Me decían 'bien, chango, estás vivo. No te nos vas a morir ahora'. Yo les pedía agua y ellos me salvaron. Comencé a escupir como tapones de barro que tenía en la garganta. Cruzamos un monte, un alambrado y me llevaron, primero en una camioneta, después en una ambulancia".
"Todos se pusieron contentos, me decían 'mirá dónde estás, capo, te salvaste'. Yo daba gritos de dolor, les daba las gracias. Pero yo no sé si fue bendición o castigo estar vivo. Me quedé solo, sin mi familia. Pero ellos hicieron su trabajo, para mí son dos héroes", describió.
"En el Hospital San Juan Bautista -siguió Jerónimo-, la doctora Dorado me dijo que la verdad tendría que tener fracturas, pero no tiene ninguna fractura, solo golpes y raspones. Al otro día, supe de mi hija más grande que había muerto. Yo tenía la esperanza de que hubieran quedado agarradas de una rama, que un bracito de agua las llevara para otro lado con menos profundidad. Estuvimos de velorio ese día, un calvario. Al otro día me dicen de mi hija más chiquita, eso me terminó de partir el alma, de nuevo velorio y sepelio, una pesadilla. Y después mi esposa también muerta". "Preferiría que me saquen el corazón sin anestesia, que me arranquen las entrañas, pero que me devuelvan a mis tres amores vivos", clamó al cielo.
Familias
deshechas
El luto de Jerónimo Ahumada es el mismo, en esa enorme magnitud, incomprensible y desgarrador, que el que sufren otras dos familias que fueron totalmente deshechas por la tragedia.El abogado Sergio Díaz sufrió la pérdida de su esposa María Zulma Mendibe y de su hija Candelaria. A ambas también se las arrebató la correntada mientras intentaban huir del horror. La familia Álvarez fue diezmada. Emiliano (24), su padre Livio (50) y su esposa, Graciela Contreras de Álvarez (51), murieron arrastrados por la crecida. Junto a ellos estaba Darío (14), aún desaparecido. De la familia, solo quedó viva Sofía, de 15 años.

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