La siria Susan Ahmad, que estaba cerca de la zona del ataque con armas químicas, relató el horror que se vivió en Damasco
"Podía sentir el olor de los cuerpos muertos. Fue horrible. Vi, de hecho, cómo atacaban el área donde vive mi hermano", contó a LA NACION Susan, de 30 años, que vive a pocos kilómetros de la zona atacada y registró algunos síntomas por el químico.
Finalmente, Muhammed se contactó. "Al menos escuché su voz. Dijo que estaba mejor que los otros y que tenía que salir a ayudar", continuó Susan, vocera del grupo rebelde Consejo del Comando de la Revolución en los suburbios de Damasco.
Esa noche volvió a hablar con su hermano, cinco años menor, y escuchó desgarradores relatos. "Había una chica en el hospital que estaba en shock. Miraba al aire y gritaba «¡Mami! ¡Papi!». El doctor le dijo: «Cálmate cariño, estás acá, soy el doctor». Y ella empezó a gritar: «¿Estoy en el cielo?». Le dijeron que no, que estaba viva. Ella no podía darse cuenta de si estaba viva o no. Toda su familia había muerto y ella estaba en shock", contó Susan. Ayer, un video con la reacción de esa chica recorrió el mundo como símbolo del sufrimiento de los chicos en la cruenta guerra civil siria.
Esas escenas se repetían en los hospitales y eran agravadas por un problema de base: el área de los tres bastiones rebeldes atacados está cercada por el gobierno desde hace meses, lo que llevó al desabastecimiento. "Lo único que los doctores pueden hacer por los afectados es darles analgésicos y algo de oxígeno. No hay casi nada. Le dicen a la gente que se ponga toallas mojadas en la cara para que no inhale más gas porque no hay máscaras", se quejó Susan.
El camino que Muhammed recorrió del hospital a una morgue improvisada fue un calvario, con "cuerpos en toda la zona". La postal dentro de ese edificio era igual de tormentosa: había unos 300 cadáveres de chicos y 100 de mujeres.
"Los sobrevivientes juntaron todos los cuerpos para poder identificarlos. A los que reconocen los familiares, o por sus documentos, les ponen un sticker en la frente con un número, para contarlos", explicó Susan.
Fuera de ese escenario de luto, lo que reinaba era el pánico. "Nuestros hijos dicen ahora que es mejor morir por una bala que por gas. Los chicos no se quieren ir a dormir, tienen miedo de no despertarse nunca", dijo.
A pesar de la alarma, la activista afirmó que no contempla irse de Siria. "Éste es nuestro país. Nos vamos a quedar hasta recuperar la libertad y reconstruirlo. Seguimos con esa intención y vamos a hacer lo mejor para lograrlo", expresó.
El reencuentro con Muhammed, al que no ve desde hace más de dos meses, es una de sus motivaciones..
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