Hoy en la Argentina el 28% de la población o más de 11 millones de personas son pobres. De ellos, 2 millones son indigentes. A diferencia de otros momentos, esta realidad social convive con aceptables niveles de ocupación, una extendida ayuda social y subsidios sobre las tarifas de servicios públicos.
A esto se agrega la inflación, en especial la fuerte suba de los precios de los alimentos que ya supera el 30% anual y que sigue en ascenso. Así, a través de la suba constante y ascendente de los precios, el salario, la jubilación o las ayudas sociales pierden una parte del poder adquisitivo que solo con retraso y muchas veces no en su totalidad es recuperado con los aumentos salariales, previsionales o sociales.
Ni qué decir que una reducción o eliminación de los subsidios, una retracción de la actividad o una mayor devaluación del peso –todos temas que están en la agenda oficial– potenciarían todos estos indicadores sociales negativos. Lamentablemente hay propuestas que apuntan en esa dirección, alimentadas por la propia política oficial.
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