En el marco de dos inspecciones oculares previstas en el juicio Base Naval 3 y 4, donde se juzga el accionar de la Fuerza de Tareas N°6, los fiscales Pablo Larriera y Eugenia Montero recorrieron dos predios de la Armada y visualizaron los espacios de detención clandestina, junto a los jueces Mario Portela y Néstor Parra, querellas y defensas.
Además, estuvieron presentes tres sobrevivientes de los centros clandestinos de detención y torturas, que volvían al lugar por primera vez después de salir encapuchados y atados cuando fueron liberados.
Antes de la recorrida, Edgardo Gabbin, Osvaldo Durán y Pablo Mancini recordaron “la chichara que sonaba cada vez que entraba alguien”, la música en la planta baja de una de las dependencias, el pino que uno de ellos podía ver desde una rotura del baño. No les fue fácil distinguir los lugares por el tiempo transcurrido y las modificaciones edilicias realizadas, pero las conversaciones fueron dilucidando los espacios donde estuvieron.
En primer lugar, dentro de Base Naval, se ingresó al edificio de la Agrupación de Buzos Tácticos, el más cercano al mar. “Esta es la playa que escuchábamos”, cuanta Gabbin, señalando las olas que rompían en la orilla que daba al lugar donde estuvieron en cautiverio.
El espacio interior está cambiado. Entre los tres sobrevivientes van reconstruyendo espacios, suben las escaleras, los atormentan los recuerdos, reconocen salas de torturas y los espacios donde permanecían encapuchados y atados. “Los tabiques no estaban”, coinciden dentro de una sala dividida donde actualmente funcionan los baños y vestuarios. “Acá me tenían a mí”, señala Durán, sobre la mitad de una de las paredes.
Al salir, reconocen el espacio donde hubo algunos detenidos, estiman, en julio de 1976: estaban sobre la playa.
Luego, la comitiva si dirigió hasta la Escuela de Submarinos y Buceo. Montero recordó el pasaje de la última declaración de Gabbin, en el marco del juicio que se está desarrollando, donde relató que creyó haber visto gente caminando en el agua, como con peso en los pies, pero que no sabía si se trataba de un sueño. Delante de las partes, le mostraron dos aparatos gigantes, pero no los reconoció. A pocos metros del primero que le exhibieron por fin encontró una suerte de pileta de entrenamiento de buzos y la sorpresa lo invadió a él mismo: “No era un delirio”, dijo.
Gabbin pudo reconocer también la casita donde lo bajaron al llegar detenido. Dijo incluso que la puerta estaba sobre una de las paredes que sólo exhibían ventanas, pero las marcas de una ex abertura de ingreso estaba a la vista. Desde allí, donde actualmente funciona la “Central de Operaciones”, vio cómo bajaban a una joven hacia otra dependencia.
El último espacio recorrido fue el edificio de Servicios Generales. Cuando la comitiva fue hasta el fondo del salón, Gabbin se quedó inmóvil en el medio. Recordaba una puerta, una ventana, un movimiento. Fue hacia la derecha y abrió una puertita. Allí donde hoy se almacenan gaseosas y cervezas, estaban los tres calabozos que él mismo había relatado durante el juicio. Los tabiques seguían allí, la dimensión es diminuta. Gabbin pasó allí, en el compartimento del medio, dos meses encerrado hasta que lo llevaron a Buenos Aires. “Esto fue lo peor que nos pasó”, mencionó.
Antes de salir, intercambiando sensaciones e intentando poner algo de humor a tanto dolor, Gabbin, Durán y Mancini se sacaron una foto. “No nos van a vencer”, se escuchó.
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