La gobernadora de Carolina del Sur reclamó que el joven que mató a 9 personas en una iglesia sea ejecutado
ikki Haley, la gobernadora de Carolina del Sur, contuvo como pudo las lágrimas cuando habló ante las cámaras por primera vez sobre la matanza de nueve personas en la Iglesia Emanuel, en Charleston. Ayer, un día después, fue una de las primeras voces que pidió la pena de muerte para Dylann Storm Roof, el joven supremacista acusado de la barbarie.
"Éste es un crimen de odio absoluto -dijo Haley-. Queremos que él reciba la pena de muerte. Éste es el peor odio que he visto y que el país ha visto en mucho tiempo."
Roof compareció ayer ante un tribunal de Carolina del Sur por primera vez, a través de una imagen de video desde la cárcel del condado de Charleston, flanqueado por oficiales con indumentaria de las fuerzas especiales. Fue acusado de nueve cargos de asesinato y de posesión de arma de fuego "durante la realización de un crimen violento".
El Departamento de Justicia informó que la investigación del tiroteo podría tipificarlo como un "crimen de odio" o un acto de "terrorismo doméstico". La fiscal de Carolina del Sur, Scarlett Wilson, indicó que trabajó mano a mano con las autoridades federales y que quiere terminar de revisar la evidencia antes de decidir si pide la pena de muerte.
La primera cita judicial por la matanza dejó momentos de altísima tensión emocional: familiares de las víctimas, presentes en la sala, le hablaron directamente a Roof.
"Te dimos la bienvenida el miércoles por la noche a nuestro estudio de la Biblia con los brazos abiertos", dijo Sanders, según reprodujeron los medios locales. "Mataste a algunas de las personas más bellas que conozco. Cada fibra de mi cuerpo duele, y nunca va a ser lo mismo. Tywanza Sanders era mi hijo, pero Tywanza era mi héroe", agregó.
Sanders sobrevivió al ataque al pretender estar muerta. Ayer fue una de las testigos clave de la audiencia y una de las cinco familiares de las víctimas -tres hombres y seis mujeres, con edades entre 26 y 87 años- que prestó testimonio. Roof se mostró impasible. El juez fijó una fianza de un millón de dólares por el cargo de posesión de armas. Otro juez fijará el monto correspondiente por los cargos de asesinato.
Anthony Thompson, marido de una de las víctimas, le dijo a Roof que lo perdonaba y le pidió que confesara y él diera su vida a Jesús. "Hacé eso y estarás mejor de lo que estás ahora", le dijo.
No fue el único. La hija de Ethen Lance, una mujer de 70 años que murió en el ataque, también le ofreció su perdón entre lágrimas. "Que tenga piedad de tu alma. Me heriste, heriste a un montón de gente, pero Dios te perdona y yo te perdono", dijo.
Documentos policiales y testimonios difundidos ayer confirmaron la información trascendida el día del ataque: Roof ingresó a la iglesia unos minutos pasadas las 20, aguardó una hora, comenzó a disparar en medio de comentarios racistas y salió, pasadas las 21, con una pistola calibre 45 en mano.
Los investigadores buscan además si Roof tenía algún tipo de conexión con grupos de supremacistas de Carolina del Sur, donde todavía ondea la bandera de la Confederación, símbolo de los estados del Sur que defendían la esclavitud en la Guerra de Secesión contra los del Norte. Ayer, la Casa Blanca reiteró una postura del presidente, Barack Obama, sobre esa bandera: pertenece "a un museo".
Varias de las principales figuras republicanas que compiten por la presidencia, entre ellas, Jeb Bush, Marco Rubio y Rand Paul, eludieron referirse de manera directa al racismo que tiñó el crimen. El único que se diferenció fue el senador republicano de Carolina del Sur, Lindsey Graham.
"Es un crimen de odio", dijo el senador republicano y candidato presidencial. "Esas personas no estarían muertas si no fueran negras", afirmó.
Graham ha sido uno de los pocos republicanos que se ha animado a impulsar, hace dos años, luego de la matanza de Newtown, medidas para incrementar el control sobre las armas de fuego, un tema casi tabú para muchos legisladores en el Congreso de Estados Unidos.
Ahora, nadie espera que ningún legislador o la Casa Blanca busquen impulsar iniciativa alguna, una realidad que agrega frustración y resignación al dolor que dejó la tragedia de Charleston.

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