El peligro de naturalizar la muerte

Nuestra ciudad se ha convertido en uno de los centros urbanos con mayor cantidad de hechos violentos de la provincia de Buenos Aires. Es momento que los responsables se hagan cargo del problema.

En los últimos años la violencia se ha ganado un lugar en las portadas de todos los medios. Nuestra ciudad es continuamente azotada por el accionar de grupos violentos que parecen actuar sin ningún tipo de límites o reparos. La política parece incapaz de ponerle un punto final a este tipo de situaciones.

Resulta sencillo coincidir en muchas de las causales de la “inseguridad” y también es un ejercicio habitual repasar las respuestas teóricas a un problema de esta magnitud. La necesidad de implementar políticas de contención social y también acciones que tiendan a controlar el avance del narcotráfico, son denominadores comunes en los discursos de oficialistas y opositores.

Lo cierto es que parece que los discursos no están a la altura de las circunstancias y esas respuestas para la ocasión no logran salvar ninguna vida. 

Ante todo debemos entender que no es un problema de diagnóstico. Más allá de la negación que pueden mostrar desde los distintos “oficialismos”, en nuestra ciudad todos los actores políticos coinciden (con matices) en la descripción de la realidad. El problema radica en la percepción sobre la magnitud de los hechos y en no analizar que se se está naturalizando la muerte.

Primero nos acostumbramos al miedo, adaptando nuestras conductas, y hasta justificando la imposibilidad de realizar ciertas acciones frente a la impotencia silenciosa de no vivir en libertad.

Este no es un problema que debe reducirse a corrientes políticas caídas en desuso: la inseguridad afecta claramente nuestra libertad y en los últimos años atenta contra el bien más preciado, que es la vida.

Pero la responsabilidad no es solo de aquellos que nos dirigen. La ciudadanía marplatense le da la espalda al problema. Las movilizaciones por distintos hechos de violencia no llegan a ser considerables, ni siquiera se sostienen en el tiempo. Parece que nos molesta aceptar que no somos libres o simplemente no nos importa la vida del otro.

Esta actitud egoísta, propia del más crudo canibalismo social, nos vuelve indiferentes. La muerte y la violencia son parte de nuestra vida. Solo nos resta esperar que no nos toque a nosotros.

En nuestra ciudad los niveles de aceptación de la gestión provincial, en cabeza de Daniel Scioli, son muy elevados. Es más, el gobernador se jacta que este es “su segundo hogar”. Mar del Plata se transforma en la capital de la provincia durante los meses de verano y es epicentro de los más obscenos anuncios. 

En una encuesta realizada hace pocas semanas, a la que Loquepasa,net tuvo acceso, la mayoría de los consultados respondía afirmativamente en relación a que el gobernador “quería” (de tener afecto) a nuestra ciudad. La pregunta es sencilla: ¿alguien que realmente le tenga afecto a nuestra ciudad (como colectivo) dejaría que en su “segundo hogar” más de 30 personas mueran en menos de 5 meses por hechos de violencia?.

De cara a las elecciones, el Intendente se apresuró en manifestar su apoyo a Daniel Scioli, cuando un par de semanas antes había pedido ayuda a las fuerzas nacionales para controlar la situación de violencia. ¿No merecía una lectura un poco más profunda que la mera ecuación electoral?.

Es un hecho que a ningún gobernante le gusta que en su ciudad ocurran este tipo de hechos violentos, no solo por una cuestión política, sino porque son seres humanos con sentimientos nobles, como cualquiera de nosotros. Pulti se muestra ofuscado y consternado ante cada muerte. No es una pose, la inseguridad lo atormenta, tanto a él como a todos aquellos que tienen responsabilidades políticas en la ciudad.

Quizás ha llegado la hora de reclamar como sociedad frente a un poder central que no le encuentra solución a este problema. Ya no basta con cambiar algún jefe distrital o nombrar personas de la confianza del gobernador en puestos claves: hace falta que la ciudadanía marplatense demuestre que no se quiere acostumbrar a perder su libertad, a naturalizar la muerte y el miedo.

En esta pugna se juega mucho más que un calendario electoral, algo que supera nuestra comodidad o capacidad de negación. Llegó la hora que exijamos respuestas. Nuestro futuro lo reclama.

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