La película del diálogo aún no tiene un final

Hernán de Goñi

Cuando diferentes sectores sociales aceptan consensuar un marco de políticas, el contenido del acuerdo es importante. Pero también lo son la jerarquía de quienes lo firman y la voluntad de hacerlo cumplir que debe mostrar el Gobierno, garante natural de este iniciativas.

Tras la muerte de su esposo, la presidenta Cristina Kirchner decidió darle impulso a un acuerdo tripartito que permita poner un límite al desgaste que, en los últimos dos años, generó la puja entre precios y salarios. La posibilidad de recrear un pacto siempre había sido ambicionada por los empresarios, pero nunca se concretó por la evidente vocación del kirchnerismo de satisfacer más demandas del sector gremial que del privado.

Esta vez, la necesidad de crear algún dique de contención para la inflación (que no afecte las políticas de expansión del gasto público) y de recrear un horizonte de inversión para la economía, quedaron dentro de los objetivos del plan electoral del oficialismo para 2011.

El modelo de acuerdo con el que se empezó a trabajar es muy básico: habla de paz social y de metas de crecimiento. Pero para las compañías que venían siendo acicateadas por la presión de sindicatos como el camionero, que aprendió a ganar poder a fuerza de bloqueos, el compromiso igual era importante.

En las últimas semanas, algunas señales oficiales que en la CGT fueron interpretadas como contrarias a la conducción que encarna Hugo Moyano alimentaron otro tipo de expectativas. Sin embargo, lo que deben medir los hombres de negocios no son solo los gestos del Gobierno en bambalinas, sino lo que se anima a prometer en público. El líder de la central obrera puede no estar en una foto, pero hay que asumir que no habrá un acuerdo sin la firma de la CGT. El final de esta película aún no está a la vista.

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