Luis Enrique Baraldini, quien fuera jefe de Policía y de Inteligencia del Ejército en La Pampa durante la última dictadura militar, cumplió un año de reclusión en la Colonia Penal de Santa Rosa. Está en una celda de 9m2.
Según pudo averiguar Diario Textual, no tendría ningún "privilegio" en la cárcel. Está alojado en el pabellón conocido como de "lesa humanidad", junto a otros treinta reclusos, en su mayoría represores que también participaron de las operaciones en la denominada Subzona 14.
El lugar se completa con integrantes de fuerzas de seguridad provenientes de otras provincias.
Tres por tres
Baraldini pasa sus horas en una pequeña celda individual de unos tres metros por tres. Allí tiene dispuesta una cama y distintos elementos personales, aunque no dispone por ejemplo de un televisor. "No hay televisores en las celdas. Si el preso quiere mirar tele o hablar por teléfono lo puede hacer pero en el pabellón, espacio que se comparte con el resto de los internos", aclaró una fuente consultada. "Están aislados en su pabellón, en ningún momento tienen contacto con el resto de la población carcelaria".
Al parecer, no mostraría ningún tipo de arrepentimiento por lo que se lo acusa y hasta habría llegado a desafiar a los gritos a los guardiacárceles: "Vamos a volver, ya van a ver".
Se levanta bien temprano, generalmente no más allá de las 6.30. Diligente, una de sus primeras tareas diarias es colaborar en la limpieza del pabellón. "Baldea el piso y mantiene la higiene del lugar. Con eso se siente activo y de paso va 'sumando puntos' en conducta", acotó la fuente.
Frecuentemente recibe la visita de quien sería una de sus hijas, que aprovecha los fines de semana para verlo. A su mujer, aunque en menor medida, también se la habría visto por la Unidad 4 acercándole comida y ropa limpia.
"La unidad tiene una cocina central pero si el menú del día no es del agrado, el mismo interno cocina o consume lo que le acercan sus familiares".
La captura
Baraldini fue reducido en Bolivia, en vísperas de la Navidad de 2011. En ese país se encontraba prófugo de la Justicia argentina desde 2003, favorecido por la protección que le brindaban.
Por eso la detención demandó varios meses de tareas de inteligencia y se produjo durante un gran operativo que lo sorprendió en el aeropuerto de Santa Cruz de la Sierra, sitio al que había acudido para recibir a su esposa, una de sus hijas y su nieto que llegaban a Bolivia a pasar las fiestas navideñas.
A los pocos días fue trasladado a la cárcel de la capital pampeana. Allí, en compañía de otros convictos, mantiene una huerta y realiza algunas tareas de jardinería. Largas caminatas por el patio del penal, matizadas con desafíos a las bochas y la lectura de diarios le consumen el resto del día, que termina generalmente pasadas las 23.
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