Con la vigencia evidente del paro en las desiertas calles de Neuquén, la repercusión política de la medida de fuerza organizada por la CGT tiene en Neuquén un epicentro llamativo, en función de la visita proselitista del ministro de Economía, Axel Kicillof.
“El 10 por ciento le hace paro al 90 por ciento”, dijo Gastón Ungar, dirigente local de La Jauretche. El kirchnerismo vernáculo se levantó en armas contra el paro, tal vez recordando que otros paros históricos hicieron mella en gobiernos peronistas. Cuando el peronismo se desgaja entre políticos y sindicalistas, nada bueno augura para su destino electoral.
La exageración de Ungar había sido no obstante moderadora de lo que antes había declamado Aníbal Fernández, desde las radios porteñas: “si pudiera, el 95 por ciento habría ido a trabajar”, sentenció el ministro Jefe de Gabinete, abundando en falsas certezas estadísticas.
Más allá de porcentajes, el paro en Neuquén se hizo sentir. Calles desiertas, pocos vehículos, bancos cerrados, escuelas sin alumnos ni maestros. En los yacimientos petroleros, solo las guardias de seguridad mínimas. En las rutas, sin camiones ni colectivos, viajar fue una experiencia de apacible y poco frecuente sensación de seguridad.
El kirchnerismo neuquino quedó solo en defensa del gobierno y contra la conjura de malvados sindicalistas y taimados periodistas sin objetividad. Hay paros y paros, evidentemente. Pero este, el de este martes 31, lanzado por la coalición Moyano-Pereyra-Massa, el que (hasta ahora) más ha golpeado la capacidad retórica de eludir situaciones del actual oficialismo.


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