Dos testigos declararon este lunes. Juan Wursten complicó más al imputado Moyano. Caviglia dijo que vio cuando sacaban un cuerpo de los calabozos de los cuarteles, que sería el del desaparecido Erbetta.
Uno de los testigos de la causa Área Paraná aportó más pruebas sobre el rol que desempeñaba el médico Hugo Mario Moyano, uno de los imputados, en las sesiones de torturas a que eran sometidos los secuestrados durante última dictadura. El militante peronista Juan Domingo Wursten lo señaló como el responsable de administrar los castigos para que las víctimas pudieran seguir siendo interrogadas.
En la audiencia de este lunes ante el juez federal Leandro Ríos también declaró Fernando Caviglia, quien –entre otros detalles de su cautiverio– relató que vio cuando los represores sacaban del escuadrón de Comunicaciones del Ejército un cadáver que sería el de Victorio Erbetta, quien se encuentra desaparecido.
Juan Domingo Wursten tuvo varios encuentros con Moyano durante su cautiverio. También mencionó en su declaración a otros imputados, como Oscar Obaid y Jorge Humberto Appiani. Además, como muchos otros, dijo haber escuchado la voz del torturador que se hacía llamar “Ramiro”. Y a otro que nombró fue a Adolfo Servando Tortolo, a quien le mostró las marcas y hematomas que tenía en todo el cuerpo durante una visita que el arzobispo de Paraná hizo a la cárcel. El prelado se tapó la cara para no ver; dijo que los represores no hacían esas cosas y soltó una frase que al testigo le quedó grabada: “Videla es oro en polvo”.
Sobre Appiani, el militar que en el juicio se defiende a sí mismo, recordó que se presentó en la Unidad Penal 1 pretendiendo hacerle firmar unos papeles. Como se negó, el represor ordenó a las personas que lo acompañaban –vestidas de civil y con uniformes del Ejército– que lo golpearan. Le pegaron hasta que finalmente firmó. Appiani era auditor de los Consejos de Guerra, parodias de juicio a que eran sometidos los presos políticos y en las que se utilizaban declaraciones arrancadas bajo torturas y amenazas.
Wursten también dio cuenta de la presencia de Appiani en la casa de torturas que estaba ubicada en cercanías de la Base Aérea, donde dijo que hacía preguntas durante los interrogatorios. También lo vio durante la sustanciación del Consejo de Guerra.
Al imputado Obaid lo conocía porque vivía enfrente de su casa, en el barrio La Floresta. “Cacho” Obaid era quien le pegaba en la casa de la Base, y le decía que era amigo suyo y que le convenía hablar. También estaba presente ese hombre cuando, como parte de los castigos en ese lugar, lo sentaron encima de un hormiguero.
En aquel lugar escuchó gritos y llantos de criaturas; de niños que pensaba que podrían ser sus hijos o de otros detenidos, que probablemente habían sido llevados allí como parte de los perversos métodos de interrogatorios que se aplicaban.
Especialista en torturas
El testigo se explayó sobre el rol de Moyano. Relató que estuvo en varias sesiones de torturas y lo escuchaba decir “a este dale más” o “con este pará”. Estando atado de pies y manos al elástico de una cama, fue ese médico el que le colocó el estetoscopio en el pecho. Era muy particular el olor de ese hombre, era un olor a limpio, como a recién bañado, que contrastaba con la mugre permanente del ambiente. El mismo aroma percibió cuando lo atendió después en la cárcel y ante las heridas que tenía le dijo: “Agradecé que estás vivo”.
Antes de salir en libertad, en enero de 1984, Moyano lo volvió a revisar en el penal. Wursten lo reconoció, le increpó todo lo que había hecho y le avisó que al día siguiente iba a realizar una conferencia de prensa, junto a otros compañeros, para dar a conocer las violaciones a los derechos humanos que habían cometido los represores. Esta denuncia en los medios, efectivamente se realizó en un local de calle San Martín de la capital entrerriana. También lo increpó un tiempo después, cuando quedó cara a cara con él en la guardia del hospital de niños, adonde había llevado a su hija por una urgencia: el imputado terminó yéndose por otra puerta.
“¿Qué hicieron con Erbetta y Fink?”
Cuando Juan Domingo Wursten fue arrojado a un calabozo de Comunicaciones, en agosto de 1976, encontró ahí el bolso del desaparecido Victorio Erbetta con los caramelos, cigarrillos y otras cosas que le había llevado el sacerdote Julio Metz. “Para nosotros se les fue en la tortura y después hicieron un simulacro de fuga”, remarcó.
Pudo ver también al desaparecido Claudio Fink. Desde los agujeritos de la puerta del calabozo lo observó pasar encapuchado y llevado por tres o cuatro personas. Lo conocía bien y lo reconoció por la ropa y por la contextura.
“Si estuviera presente Appiani le pediría que dijera qué hicieron con Erbetta y qué hicieron con Fink”, dijo sobre el final. Al concluir advirtió que el miedo sigue presente, por su seguridad y la del resto de los testigos, porque si bien hoy está en la cárcel, “Appiani es un cuadro del Ejército”.
Fernando Caviglia, un recorrido por el infierno
El de Fernando Caviglia fue otro relato del infierno. Militante de la Juventud Peronista y dirigente sindical, fue detenido en su casa familiar de calle Victoria de Paraná, el 16 de agosto de 1976, y a partir de entonces inició un largo periplo por centros de detención, plagado de maltratos y castigos. De eso dio cuenta en la audiencia de este lunes ante el juez Leandro Ríos y ante el público que se hizo presente para acompañarlo.
Aquella noche regresó a casa a las 23.45. La puerta estaba cerrada con pasador del lado de adentro. Al tocar timbre le abrieron hombres del Ejército, armados, que tenían allí retenida desde las 19 a toda su familia y a otras personas cercanas que habían ido pasando por el hogar; en total eran 16, grandes y chicos. A patadas y puñetazos lo llevaron en camión al centro clandestino de detención del Escuadrón de Comunicaciones. Lo dejaron solo en un calabozo. Al amanecer todos los detenidos comenzaron a identificarse, entre otros: Federicho Hayy, Luis Ricardo “Pico” Silva, el sacerdote Juan Carlos De Zan y Victorio “Coco” Erbetta.
“Las condiciones de detención eran infrahumanas”, dijo Caviglia y relató con detalles cuáles eran esas condiciones. Un día lo sacaron encapuchado y esposado a un interrogatorio, en una pieza cercana a los calabozos. Allí un hombre que se identificó como Appiani lo obligaba a firmar un papel, mientras otros hombres le pegaban desde atrás y lo amenazaban de muerte.
Con Erbetta eran compañeros de militancia en grupos católicos que en los 70 se oponían a Tortolo. A “Coco” lo sacaron del calabozo un día. Al siguiente hubo un gran movimiento de médicos y enfermeros. Vio pasar una camilla, llevada por dos personas. Sobre ella iba un cadáver tapado con una sábana blanca. Luego se llevaron el bolsito con la ropa y las cosas de Erbetta y escuchó los ruidos de un simulacro de fuga –tiros y voces– que montaron para blanquear la muerte. Un día después, el cura Metz no pudo ingresar a visitar a los detenidos, como solía hacerlo, y ya nunca más se lo permitieron. “Coco” sigue desaparecido.
El 9 de septiembre fue llevado a un calabozo externo de la Unidad Penal 1. Allí lo interrogó Osvaldo Luis Conde, de la Policía Federal, quien el día anterior había recibido a sus padres. Conde fue amable hasta que Caviglia pretendió leer la declaración que debía firmar. A cara descubierta lo golpeó y, amenazándolo, lo hizo firmar. De allí también fue sacado para otro episodio similar en el que estaban Appiani y miembros de la Policía Federal.
En ese calabozo externo estuvo un mes y medio completamente aislado, lo que le provocó complicaciones de salud. De allí lo sacaron en una oportunidad y lo llevaron junto a Rosario Badano, que estaba detenida en la UP 6, a Comunicaciones. En el camino le dijeron que estaban pasando en la radio que ellos se habían fugado de la cárcel y que se imaginaran entonces lo que les esperaba. A las dos o tres horas los encapucharon y los metieron a los dos en el baúl de un Renault 12. Era de noche cuando los largaron a correr, con la capucha puesta y las manos atadas, en un lugar donde había árboles y ramas. Escuchaban armas que eran cargadas y gritos: “¡Tiren!”. Y luego: “No tiren que viene gente”. Finalmente alguien dijo: “Vamos a llevarlos a la casita”. Al llegar lo confundieron con Claudio Fink y le dieron una golpiza. “Si me confundieron con Claudio es porque ellos lo tenían. Que digan dónde está Claudio”, dijo el testigo.
La casita era el centro de torturas cercano a la Base Aérea. Un lugar donde casi no le daban respiro a la picana y donde llegaron a desfigurarle la cara a golpes y a pegarle hasta dejarlo inconsciente, mientras le hacían preguntas que no podía responder. Pero para él, la peor tortura fue escuchar los gritos de dolor de Rosario. La voz de Appiani era la que decía qué se debía preguntar en las sesiones de tortura.
De tan maltrecho que estaba, lo llevaron unos diez días a Comunicaciones antes de ingresarlo a la Unidad Penal. Allí comenzó a tramitarse la causa por la que lo llevarían en enero del 77 ante el Consejo de Guerra, donde se volvió a encontrar con Appiani. De su estadía en la cárcel recordó la “disciplina militar” y las amenaza de muerte del director, el imputado José Anselmo Appelhans, hacia los presos políticos.
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