Por Ernesto SchooEn un cuento de Ray Bradbury cuyo título no recuerdo, la transmisión de teleteatros ha llegado, en un futuro posible, a tal perfección que los intérpretes se presentan, con aparente consistencia de realidad, en los domicilios de los espectadores y actúan aprovechando como escenografía la que cada casa les proporciona. Por supuesto, la experiencia se sale de madre y esas criaturas virtuales amenazan con desbordar los límites de la ficción e invadir el mundo.
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Y de pronto, surge la inquietud. ¿No estaremos, sin darnos cuenta, arrastrados por el prestigio de las máquinas, reinventando el teatro? Porque si hay algo auténticamente tridimensional, en cuestión de espectáculos, es el escenario. Donde ningún mecanismo interviene para dar cuerpo a los actores, a los muebles, a los objetos, sino que estos mismos están ahí, digamos en persona, en relación auténtica, real, con el espacio que los envuelve. Podrá decirse que escenografía y luz son herramientas de un engaño, lo mismo que la actuación; en realidad, son los garantes de un pacto tácito con el espectador, quien admite que esa mentira le está revelando una verdad.
Está claro que frente a las formidables posibilidades técnicas de los medios mecánicos, el teatro aparece en desventaja. No tanto, sin embargo: las grandes comedias musicales del West End londinense y de Broadway -El rey león, Witch- demuestran que hoy en día casi no hay límites también en la capacidad de producción teatral, con el desarrollo de nuevos materiales y el uso de proyecciones. ¿Serían estas últimas una claudicación de los principios tradicionales de la puesta en escena? Aunque se sirva con inteligencia de la tecnología, el teatro sigue teniendo a su favor el simple hecho físico de la corporeidad de los actores: seres humanos, de carne y hueso, en los que usted y yo, lector, reconocemos nuestra propia fragilidad.
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