Por: Alejandra BeresovskyHasta la década del noventa, en el mundo empresario todavía primaba un modelo denominado de ‘distribución vertical’: las grandes compañías tendían a concentrar todas las actividades vinculadas a su rubro, desde la producción de sus insumos o materias primas, hasta el embalaje final; al tiempo que los activos físicos propios representaban gran parte del total que poseían.
En épocas de bonanza económica, ese sistema favoreció el surgimiento de nuevas compañías, porque minimizó la barrera de entrada que constituyen las grandes demandas de inversión en capital de trabajo que luego se traducen en costos hundidos (imposibles de trasladar) y, por lo tanto, en barreras de salida para abandonar un emprendimiento.
El riesgo de esas empresas es que pueden desmontarse tan rápido como se montan, lo cual las convierte en una contingencia, un peligro latente que puede detonar ante un cambio de escenario. La crisis financiera internacional, que provocó ajustes y recortes en las compañías que son clientes de estas especialistas en tercerización, es uno de los riesgos. Pero el mayor enemigo para su supervivencia es lo que las industrias están reclamando a gritos: una mayor devaluación de la moneda nacional. Si esto sucede, lo que parece ser la única solución para las empresas manufactureras puede ser en cambio la muerte de esta actividad económica emergente que alguna vez se declaró industria, pero que sólo encaja bien en la categoría de servicios.
Como una frazada corta que siempre deja algo al descubierto, la panacea de la depreciación del peso puede develar que la solución de los últimos años para abatir el desempleo (empresas que surgen rápidamente y que necesitan poca infraestructura física) esconde un temible problema.
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