Palestina: una nueva etapa, llena de interrogantes

Por Emilio J. Cárdenas

El autor es ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

Estimulados por Nabil al-Araby -el prudente y experimentado canciller egipcio- los movimientos palestinos Fatah y Hamás -rivales irreconciliables desde la batalla en Gaza, de junio de 2007- acaban de suscribir un acuerdo de unidad, co-gobierno y reconciliación que luce imprescindible si de (I) procurar en la Asamblea General de las Naciones Unidas el próximo mes de septiembre el reconocimiento internacional para el Estado Palestino y (II) sellar un acuerdo de paz con Israel, se trata. El acuerdo lo firmaron Asma al-Ahmad, por Fatah, y Khaled Meshal, por Hamás, en el Cuartel General de los servicios de inteligencia egipcios, en El Cairo, con la presencia del presidente de la Liga Árabe y candidato presidencial en Egipto, Amr Moussa.

Fatah, que administra a Cisjordania, esto es a el llamado "Margen Occidental" y Hamás, que gobierna a la Franja de Gaza, han estado -por años- en veredas opuestas. Enfrentados, sin diálogo y hasta separados en los hechos. Ante esta realidad, la unidad (intentada sin éxito hace dos años) parecía complicada. El propio territorio palestino ha estado fracturado en dos, sin administración común.

Varios factores -además del antes expresado- parecen haber confluido en dirección a la firma del acuerdo de conciliación, cuyos detalles -en rigor- aún no se conocen. Entre ellos: la difícil situación del régimen sirio de Bashar al-Assad, uno de los principales sostenedores de Hamás, hoy acosado por una insurrección popular; la poco previsible caída de la administración de Hosni Mubarak, en Egipto, que ha dejado al líder de Fatah, Mahmoud Abbas, sin uno de sus principales aliados y sostenedores; el veto de la nueva administración norteamericana en la reciente votación en el Consejo de Seguridad sobre los asentamientos israelíes; la dureza negociadora atribuida al gobierno de Benjamín Netanyahu; y el deseo de Mahmoud Abbas de alejarse de la política.

Pese al acuerdo entre los dos movimientos palestinos, las cosas quizás no sean tan sencillas como pueden, a primera vista, aparecer. En rigor, la unificación entre Fatah y Hamás reúne a dos facciones palestinas con ideas y actitudes muy diferentes. No sólo respecto de Israel, sino -más aún- con relación al camino que pueda conducir a una paz permanente. Fatah ha mantenido una actitud más bien flexible y negociadora. Hamás, sostenido por Irán, en cambio, no reconocía al Estado de Israel ni ha renunciado -jamás- a la violencia. Bien distintas, como posiciones.

Antes de votar en la Asamblea de las Naciones Unidas a favor del reconocimiento de un Estado Palestino parece conveniente reflexionar acerca de lo que la reciente consolidación puede significar. Porque una cosa es apoyar a Fatah y otra, distinta, es endosar a Hamás o a una administración que se identifique con los postulados de Hamás, difíciles de aceptar ante una búsqueda genuina de paz duradera.

Si la posición negociadora de Fatah, con quien la comunidad internacional y nuestro país han venido conversando el tema es la que prevalece, la paz con Israel luce posible. Pero si, en cambio, al "cambiar" -de pronto- el interlocutor, se impone la posición de Hamás, las cosas son más complejas. Por esto, parece necesario que los términos de lo acordado entre las facciones palestinas se conozcan en detalle. Y que Hamás renuncie expresamente a la violencia y acepte claramente (como acaba de hacerlo, verbalmente) reconocer al Estado de Israel. Si esto no ocurre, el proceso de paz de Medio Oriente puede no tener futuro. Lo que no puede tomarse a la ligera, por lo que significa.

Las primeras declaraciones de Khaled Meshal tras la suscripción del acuerdo de unidad: "Necesitamos alcanzar un objetivo común; un Estado Palestino con soberanía completa, las fronteras de 1967, Jerusalén como capital, sin asentamientos y no vamos a renunciar al derecho a regresar", fueron insuficientes y agregaron confusión a una situación de por sí delicada. Por esto debió complementarlas, aclarando que ahora Hamás está "absolutamente comprometida a trabajar en un esquema que reconozca a los dos Estados". Lo que es ciertamente positivo. No obstante, lejos de renunciar a la violencia, el líder de Hamás dijo: "La no violencia no funciona contra los israelíes". Lo que es preocupante.

Visiblemente perturbada por la situación descripta, Israel -que cobra impuestos y derechos aduaneros por cuenta y orden de la Autoridad Palestina- ha decidido retener unos 88 millones de dólares que debía pagarle. Porque necesita estar segura que esos dineros no van a ir, de una manera u otra, a parar a manos de quienes son el brazo del terrorismo que, desde Gaza, apunta contra Israel. Por esto Benjamín Netanyahu señaló que, en su opinión, la unificación supone "un golpe tremendo a la paz y una gran victoria para el terrorismo".

La creciente preocupación de Israel pareciera ir más allá de las consecuencias políticas del acuerdo de unificación anunciado entre los movimientos palestinos. Incluye otros pasos de la actual administración militar egipcia, como el re-establecimiento y normalización de sus relaciones diplomáticas con Irán y la decisión de abrir permanentemente los pasos fronterizos que unen al país con la Franja de Gaza, por donde en el pasado llegaran a manos de los movimientos terroristas que operan desde Gaza, explosivos y misiles.

Por ahora Fatah y Hamás intercambiarán sus respectivos prisioneros y estructurarán una administración de tecnócratas que convocará a elecciones, las que deberán tener lugar en el plazo de un año. El actual Primer Ministro palestino, el equilibrado Salam Fayyad, podría mantener su cargo. Además, el Consejo Legislativo -en el que Hamás ganó la mayoría en el 2006 (74 bancas contra 45 de Fatah)- volverá a sesionar.

Una nueva etapa, aún llena de profundos interrogantes se abre para la historia de Palestina, formalmente reconciliada.

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