Por Daniel Guebel.El sábado por la tarde suena el timbre de mi casa. Salgo. Es un albañil, o al menos, viste sus ropas. Me dice que está trabajando por la zona junto a una cuadrilla y me pregunta si no quiero que arregle los baldosones de la vereda, ya algo levantados por las raíces de los árboles. Primero le digo que no, luego le pregunto por el valor del trabajo, me lo dice (pongamos equis), acepto.
Me asegura que no, que es otro, el segundo, y que hay que cambiarlo. De golpe, el albañil no es uno, ha venido su jefe, dos más, uno de ellos autotitulado plomero, y el valor de la reparación se ha multiplicado por cuatro (pongamos zeta).
Vacilo entre echarlos y reparar eso, discuto el presupuesto, no bajan mucho, acepto. Entretanto, el jefe me pide ropa usada, “tengo seis hijos”, busco en mi placard y le doy remeras, un par de zapatillas. Cuando han terminado, salgo a buscar la jarra y el vaso. “¿No me los regala, que es mi cumpleaños?”, dice el jefe. Ya sólo quiero que se vayan. Hay una reparación precaria, fea y mal hecha de los baldosones, un caño seguramente mal conectado.
Me dicen que al día siguiente haga correr el agua en mi terraza para destapar el caño. Los escombros se apilan en la vereda.
Dicen que los pasarán a buscar el lunes. Sé que el lunes, como efectivamente hice, tendré que palear toda la basura, juntarla en bolsas de albañil. Pago. Al rato sale mi vecina a la calle. Observa que han roto parte de su vereda para sacar un caño de su casa que por supuesto estaba anulado hacía años. De hecho, el agua acumulada en el zanjón debió de haber salido de la jarra que sirvió como regalo de cumpleaños.
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