Otras hienas

Pasan años, y los conductores demenciales que matan gente en plena calle nunca son juzgados. Mientras las familias reclaman justicia, cada vez más “Hienas” llenan las calles de la ciudad, y se multiplican. ¿Habrá algún genio que pueda disciplinar el tránsito en Mar del Plata?

Hay muchas razones para que las hienas siempre hayan sido consideradas despreciables. Una es que, cuando no encuentran cadáveres para comer carroña, matan únicamente a los animales débiles.

Hace exactamente un año atrás, la comunidad se sorprendió cuando, en horas del mediodía, todas las cadenas de noticias decían que Rodrigo Barrios – apodado La Hiena-había tenido un accidente de tránsito. A bordo de una camioneta importada fácilmente individualizable, el boxeador había atropellado a un Fiat 147 que estaba detenido por el semáforo en rojo. El impacto hizo que este coche se desplazara, y embistiera a los peatones que cruzaban la calle.

El resultado fue trágico. La joven Yamila González, de veinte años, embarazada de seis meses, murió a los pocos días en el hospital. La conductora del Fiat y su acompañante sufrieron lesiones menores.

La Hiena estuvo detenido unos diez días en el penal de Batán y recuperó su libertad, pero la familia de las víctimas continúa el reclamo de justicia: lo quieren preso.

La fiscal marplatense María Teresa Martínez Ruiz modificó durante el año pasado la carátula del caso, de homicidio culposo a homicidio con dolo eventual, en virtud de que la actitud del conductor no permite pensar en un accidente, ni siquiera en un acto de negligencia: para todos ellos, Barrios conducía de manera tal que podía prever una muerte.

Como se recordará, el boxeador huyó de la esquina de Independencia y Ayacucho, donde hoy se puede ver una estrella amarilla que recuerda los hechos, e intentó llegar en su vehículo hasta Miramar en busca de su abogado. Tiempo después declaró que sólo se fue para evitar el escándalo. En la ruta vieja a aquella ciudad, generó otro accidente del que también huyó.

Animales sueltos

Claro que no es la única hiena de esta manada. Esta ciudad está estigmatizada por accidentes de tránsito que llevan al escándalo cuando las pericias revelan, no solamente las maniobras demenciales de los conductores, sino la escasez de controles de situaciones peligrosas: todos los operativos policiales sancionan infractores formales a las indicaciones de la ley de tránsito pero, curiosamente, rara vez se ocupan de perseguir a quienes transitan por las zonas más densas de la ciudad a altísimas velocidades. Una ciudad plagada de hienas, pero de unas hienas menos conocidas que saben muy bien cómo explotar las ventajas que da el anonimato.

Durante abril de 2010, el fiscal Paulo Cubas solicitó la elevación a juicio de la causa contra el conductor del Fiat Uno que mató al menor Braian Oliver en enero de 2005. Sí, acaban de cumplirse seis años, y recién se ha conseguido que se pida el juicio, aunque nada más. El proceso ni siquiera se ha iniciado, a ocho meses de la requisitoria. La familia continúa reclamando justicia contra una hiena local.

También había sucedido en verano, en una circunstancia más que habitual: varios compañeros de colegio secundario acuerdan ir juntos a un boliche bailable de la avenida Constitución. Uno de ellos era Braian Oliver, quien consideró que la entrada a Gap era demasiado cara, y les avisó a los amigos que prefería ir a comer algo a un local que se encuentra en la vereda opuesta de la misma avenida. Junto con Máximo Vighi, cruzó la calle Ortega y Gasset: estaba bien y no habían ingerido alcohol. Desde esa esquina, los dos cruzaron también el primer tramo de Constitución: Máximo caminaba detrás de Braian, y se detuvo en el cantero de descanso.

En ese momento apareció un Fiat Uno blanco que se desplazaba a gran velocidad desde la costa hacia la ruta 2, y a la altura de Gap pasó por la derecha a otro coche que circulaba mucho más despacio: por eso Braian no pudo verlo. El amigo se quedó en el cantero y le gritó “¡cuidado!”, pero Braian se había quedado paralizado en mitad de la calle cuando el auto se le venía encima.

El Fiat lo embistió del lado derecho, cerca del cordón, ya que él prácticamente había terminado de cruzar, pero el impacto lo arrojó varios metros hacia adelante y del lado opuesto de la calle, cerca del cantero. Inmediatamente se detuvieron muchas personas, los compañeros intentaron asistirlo, y hasta se apuró su amigo Facundo, porque sabía primeros auxilios, creyendo que su buena predisposición alcanzaría para algo. Los encargados de seguridad avisaron por handy a la policía, pero de nada sirvió: el chico murió una semana después en el Sanatorio Belgrano.

La autopsia indicó que Braian había sufrido un politraumatismo de tórax, de miembros inferiores y también de cráneo, lesiones que luego lo llevarían a la muerte. Realmente hubo poco que hacer.

El coche era conducido por Miguel Ángel Mansilla, un estibador que tenía, en el momento del accidente, 37 años. Lo acompañaba Agustín Zacagnini, cuya declaración solamente dice que el chico cruzó sin cuidado.

Está en mi camino

La ley de tránsito es clara al decir que es responsabilidad del conductor extremar las condiciones de cuidado para conservar en todo momento el dominio del vehículo. Es decir que, en zonas donde el tránsito peatonal es más intenso o se dan circunstancias particulares -como la gran cantidad de jóvenes y menores de edad que transitan en la zona de lugares nocturnos de la avenida Constitución-, es el conductor quien debe en todo momento disminuir la velocidad, de manera tal de conservar el control y poder privilegiar la vida de un peatón que, como Braian, no haya cruzado exactamente por la senda peatonal.

Es decir que no es disculpa para nadie decir que el coche tenía paso. El conductor no puede pasar sobre el peatón como si fuera un simple obstáculo en su camino, aunque la luz lo habilite, y para las hienas, este postulado no es fácil de tragar. Las hienas creen que la presa débil debe pelear por su vida, correr es si es necesario, y evitar ser arrollado si es que quiere vivir.

El peritaje de Luis Daniel Morete indicó que el vehículo que conducía Mansilla presentaba en su frente de avance deformaciones en el sector derecho, a la altura de la óptica, y en la cuarta parte derecha del parabrisas. Dijo también que en la calle había una huella de frenado de apenas un metro, pero no pudo precisar la velocidad del coche al momento del impacto.

Sin embargo, el ingeniero Raúl Debenedetti realizó un informe para la causa civil, e indicó que la fuerza que aplicó el móvil sobre el cuerpo del peatón fue de una intensidad importante; por eso deformó el capot, rompió el parabrisas, y despidió el cuerpo a 3.7 metros por delante del vehículo.

El impacto se produjo a unos 10 metros de la senda peatonal, sigue el informe, y, si se considera que el coche debe bajar la velocidad al traspasarla previendo el cruce de posibles peatones, no debería haber podido acelerar tanto como para impactar como lo hizo diez metros después. Esto permite inferir que al cruzar la senda peatonal, el coche ya excedía la velocidad permitida: circulaba a unos 43,8 kilómetros por hora. Un verdadero crimen, si se tiene en cuenta la densidad de la circulación peatonal a esa hora y en ese lugar, aunque la velocidad no sea en sí misma impactante.

El fiscal solicitó, hace casi un año, que se enjuicie a Mansilla por homicidio culposo agravado, por haber sido ocasionado por la conducción imprudente de un vehículo automotor, sin que hasta el momento nadie haya levantado un dedo para hacer nada.

La calle está llena de hienas: ríen histéricamente, y prefieren la noche y los sitios donde se reúnen las manadas más débiles

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