Por: Alberto Fernández.A principios de 2009, mientras la crisis financiera asolaba Estados Unidos, comenzó a desarrollarse entre ciudadanos republicanos el Tea Party; se trató de una suerte de movimiento social que tuvo a Sarah Palin como su cara visible y que, desde su inicio, funcionó tras la alegada pretensión de influir en la opinión pública de aquel país.
política y económica, asomó en el escenario público a modo de reacción a las medidas de estímulo que el gobierno de Barack Obama implementó para poder superar el desastre financiero que se desató al explotar la burbuja de las hipotecas subprime.
Con un discurso encarnizado contra la administración demócrata, a la que ha llegado a tildar de "socialista", y con el apoyo tácito de algunos importantes medios de comunicación, el Tea Party fue extendiéndose en la sociedad norteamericana a través de las redes sociales que se desarrollan en internet. Aun así, esa virulencia discursiva no ha logrado penetrar en la lógica parlamentaria republicana.
Tan importante ha sido la presencia social y la presión mediática lograda con el Tea Party que ahora son los demócratas quienes llaman a sus seguidores a generar un movimiento alternativo que dé respuesta a los reclamos conservadores.
¿Dónde transcurre todo este episodio? En el escenario mediático. Actúa bastante lejos del parlamento del país del norte, aunque algunos legisladores conservadores expresan su pertenencia al movimiento. De ese modo, en el congreso norteamericano, republicanos y demócratas siguen debatiendo medidas, desde posiciones que muchas veces expresan la defensa de intereses antagónicos, pero que en ningún caso transforman al congreso en una herramienta para obstaculizar el paso del que administra.
En la Argentina, la oposición ha desarrollado su propio Tea Party; deberíamos conocerlo como el Opposition Party.
El Opposition Party es, por cierto, claramente menos pretencioso y bastante más brutal que su símil norteamericano. Menos pretencioso porque no busca lograr la adhesión social instalando un debate crítico. Muy lejos de ello, sólo le preocupa –y se le nota– lastimar a quien gobierna. Bastante más brutal porque su accionar no transcurre en el escenario del ciberespacio de Facebook o Twitter en el que millones de personas vuelcan sus pareceres sino que su despliegue actoral es el mismísimo congreso nacional. Entonces, los actores minimizan su número hasta reducirlo sensiblemente.
A diferencia de lo que han hecho los conservadores republicanos en el Tea Party, en este desarrollo autóctono conviven posturas absolutamente disímiles. Tan diversas son esas posiciones que mientras algunos miembros rasgan sus vestiduras ante el "intervencionismo estatal" del Gobierno, otros hacen lo mismo reclamando una mayor dosis de socialismo en la administración del Estado. Hay más cuestiones para comparar. Del mismo modo que lo hacen quienes conforman el Tea Party, los miembros del Opposition Party argentino se reconocen como opositores al Gobierno. En ambos casos, esa condición opositora actúa como común denominador a la hora de vincularlos. Sin embargo, mientras los conservadores norteamericanos expresan sus críticas en pos de reinstalar en su país un modelo semejante al que desarrolló George Bush, en la Argentina estos críticos al Gobierno lo hacen sin saber siquiera cuál será el país alternativo que han de proponer al conjunto de sus conciudadanos.
Hay, también, otro elemento en común entre ambas experiencias. El Tea Party ha venido sosteniendo una dura crítica al modelo económico promovido por Barack Obama; cree que es conveniente frenar la inversión pública en pos de garantizar el equilibrio fiscal, aun cuando ello signifique parar la economía. Semejante es la posición de muchos de los miembros del Opposition Party que piensan que es mejor mantener las reservas monetarias invertidas en el circuito financiero internacional y ajustar el presupuesto para pagar la deuda externa aunque ello represente quitarle a la economía el único movimiento trascendente que actualmente experimenta: la inversión pública.
Algo más: dentro del Tea Party aparecen elementos que formulan enfoques tan extremos que avergüenzan a los más moderados. En el Opposition Party pasa algo parecido. Algunos de sus miembros expresan posiciones que avergüenzan a los demás; pero abochornan por cambiantes, no por extremas.
Finalmente, existe otra característica común que vincula al Tea Party con el Opposition Party. Se trata del apoyo mediático. En ambos casos, muchos medios de comunicación potencian la trascendencia de ambos espacios políticos en un intento por lograr que lectores, radioescuchas o televidentes acaben por convencerse de que allí florece una alternativa hacia el futuro. Y así como destilan optimismo con cada acierto de estos espacios, no pueden ocultar su desazón con sus inocultables traspiés.
Estados Unidos y la Argentina tienen en el Tea Party y en el Opposition Party muchas semejanzas. Pero sólo en ello. Ocurre que en el país del norte el resto de las cosas transcurren de modo diferente a como suceden en el nuestro. Al igual que el argentino, el gobierno estadounidense ha perdido su mayoría en la Cámara de Senadores. Sin embargo, no creyó ver en eso un desliz social producido por el hecho de no haber apreciado adecuadamente su calidad dirigencial. Ante el dato de la realidad, sólo atinó a desplegar una clara negociación en el Congreso tendiente a construir, sobre la base de acuerdos políticos, el consenso suficiente para lograr la aprobación de las leyes que le interesan. En el caso de la reforma del sistema de salud –emblemática para los demócratas– ha sido el mismo presidente Obama quien ha llevado adelante esa negociación. Tanto ha sido el interés que ha puesto en ello que acaba de postergar su viaje a Australia e Indonesia pare seguir de cerca la negociación y votación de la ley sanitaria.
Ambos gobiernos, el argentino y el norteamericano, se someten a la crítica pública. Pero Obama no ha visto en las muchas enormidades que a veces surgen del Tea Party o en las duras posiciones que a veces expresan los republicanos en el congreso una acción desestabilizadora en contra de su gobierno. Tan abierto se ha mostrado que ha convocado a algunos de sus fustigadores más severos para conocer de su boca esas críticas. Paul Krugman, el crítico más lúcido a su política económica, acaba de almorzar con Obama como consecuencia de una invitación que el mismo presidente le cursara. Por último, el gobierno americano conoce cómo funcionan los medios de comunicación. Aunque sabe que muchos de ellos han logrado un nivel de penetración enorme en los formadores de opinión de la sociedad, sabe también que es el acierto de sus políticas y no lo que propalen los diarios lo que ha de garantizarle el reconocimiento público.
Está visto que en una sociedad como la norteamericana la existencia del Tea Party no conmueve su funcionamiento institucional. Ello es así porque, en esencia, aunque ha nacido de las entrañas conservadoras, no ha dejado de ser jamás un movimiento de opinión pública.
Pero en la Argentina, donde la institucionalidad se conmueve muchas veces por la cerrazón del Gobierno, una oposición que sólo se vincula para enfrentar sus decisiones obviando las formidables diferencias que internamente se expresan en su seno sólo contribuye a complicar un cuadro de situación que ya se exhibe muy desteñido.
Aunque en el norte el Tea Party sólo sea una nota de color en las páginas políticas de los diarios, su símil argentino es para nuestro país mucho más riesgoso que eso. No está reflejando la opinión de millones de ciudadanos que votaron expresiones políticas tan diferentes como los miembros que lo componen, sino que para peor se muestra enredado en inciertos acuerdos que acaban por dificultar el buen funcionamiento institucional. Todo eso sólo intranquiliza al conjunto social.
Ése es el preciso instante en que la gente se irrita por el desconcierto y termina enojándose con la política pues siente que ella deja de transitar las calles que pueblan ciudadanos necesitados de alcanzar la solución de sus angustias presentes y se pierde en senderos plagados de disputas que nadie sabe adónde conducen.
Ésos son los escenarios que, para nuestro pesar, suelen reavivar la distancia entre el ciudadano común y esa maravillosa herramienta de cambio social que es la política. Algo que creíamos haber superado cuando en el año 2003 la política volvió a situarse en el lugar central de la voluntad que decide y lidera el cambio que la sociedad reclama.


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