La acertada y oportuna decisión de la Justicia, que frena este proceso viciado de nulidad y cargado de mala intencionalidad política, nos llena de alivio, nos devuelve la esperanza en poder recuperar el correcto funcionamiento de las instituciones pero sobre todo, entiendo, nos pone ante una oportunidad que todos, incluso quienes nos acusan injustamente, debemos aprovechar.
Es la oportunidad para reflexionar. Pensar hasta dónde puede un ser humano dejarse llevar por la ambición que, como en este caso, impulsa casi siempre en forma equivocada las acciones. Nos tildaron de coimeros aún antes de oir los fundamentos del fallo que originó todo este injustificado proceso. Pero esa acusación nunca se hizo efectiva en la Justicia, que es donde deben acudir las personas que desean actuar con seriedad. Yo tuve que acudir a la Fiscalía de Instrucción y solicitar se me investigara, presentando mis declaraciones juradas, otras pruebas y pidiendo declarar.
Cuando cayeron en la cuenta que con esa diatriba pública sin sustento legal no se nos podría enjuiciar, se dedicaron a inventar una causa, endilgándonos haber permitido el maltrato a las testigos. Incluso llegaron al extremo de interrogar por escrito sobre lo sucedido durante el juicio, a un fiscal federal de Mar del Plata que nunca asistió al mismo, en abierta violación al derecho de defensa de quienes no pudimos formular preguntas. Tampoco se aceptó mis pedidos de declarar hecho inédito en cualquier proceso legal. Pero olvidaron que nunca, nunca a lo largo del juicio, los abogados que impulsaron la acusación se quejaron de tales actitudes. Más tarde, cuando advirtieron la falta de sustento de ese nuevo argumento, sacaron a relucir la idea de que habíamos falseado las declaraciones de las testigos en el fallo, con tal de justificar la absolución. Pero las notas que se tomaron no les dejarán mentir cuando como hice con los otros recursos, acuda a la Justicia a rebatir este, tan falaz como aquellos.
Porque ante cada grito destemplado tratando de aturdir a la verdad, respondí siempre con la sagrada herramienta de la que me he valido toda mi vida y que hoy me toca esgrimir y aplicar: la Justicia. Lo hice así porque creo firmemente en la Justicia como el último bastión de defensa del ciudadano ante cualquier atropello. Y hoy ha quedado demostrado que es así. Y esta demostración tiene un doble valor, por cuanto trae implícita una defensa ya no sólo del buen nombre y honor de los jueces, sino del sistema republicano mismo. Porque no hay que hacer demasiado esfuerzo para imaginar el condicionamiento que implicaría para cualquier juez, ver que quienes ejerciendo su cargo, aplicaron la Ley sin dejarse influenciar por clamores populares, hoy son sometidos a un proceso dominado en casi todas sus instancias por un poder político que desequilibra sin medida todo aquello que debería estar simétricamente distribuído, para garantizar el debido proceso.
Es por esto que además de celebrar la medida judicial como un punto a favor de la Verdad y la Justicia, invito a todos a reflexionar. Porque la destitución de los jueces, que a muchos podría hoy parecerles una victoria, será a la larga el punto de inflexión a partir del cual se derrumbe todo aquello que con tanto esfuerzo, se edificó sobre esas Bases que alguna vez un gran tucumano sentó para convertir en realidad el ideal de país que aún hoy seguimos persiguiendo.
Comentá la nota