Por Marcelo CantelmiMuchas teorías se han derrumbado con las revoluciones de Túnez y Egipto. Es necesaria una mirada más aguda sobre una región analizada frecuentemente con estereotipos.
Egipto se convirtió en república en julio de 1952 cuando una insurrección militar acabó con la monarquía amparada por Gran Bretaña. Ese cambio fue acompañado de un rebelión popular y una oleada de protestas sindicales que se multiplicaron con la revolución en el convencimiento de que había llegado la hora de satisfacer las antiguas demandas que el rey y los ingleses ignoraron por igual desde el fin del imperio otomano.
En agosto de 1952, menos de un mes después del alzamiento republicano, esas urgencias se reflejaron en una extendida huelga que el nuevo régimen reprimió con ferocidad procesando en corte marcial a sus líderes, dos de los cuales acabaron en la horca. El coronel nacionalista Gamal Abdul Nasser, verdadero hombre fuerte del nuevo régimen e impulsor del panarabismo y el no alineamiento, justificó la represión con una frase demoledora: “los trabajadores no piden, nosotros damos” .
Esa visión de Nasser , pero también el método de control autocrático que la acompañaba, es lo que se derrumba en toda esta región como antes con las monarquías, comenzado por Egipto más que Túnez incluso, desde donde se está esparciendo como una falla tectónica.
La gente vuelve a pedir pero esta vez la represión no logra el mismo resultado: el mundo ha cambiado y ese cambio mutó todo el resto.
Es lo que no ven, o si lo ven lo hacen con un ojo amputado, la mayoría de los intelectuales europeos (no todos, hay que leer a Ulrich Beck por ejemplo) escondidos en el silencio y en su sospecha paranoica y prejuiciosa sobre que un avieso ultrismo anida en las demandas de libertad del mundo árabe.
Con China detrás, oficialmente segunda economía del mundo, es decir segundo poder político global, Barack Obama acaba de reconocer que pasó el tiempo del poder coercitivo.
El pantano de Oriente Medio, pero de modo central la crisis económica que licuó la autonomía hegemónica de la potencia, y de la cual el propio Obama es resultado, amontonó en un arcón las estampas de marines desembarcando en Panamá, Haití o bombardeando la ex Yugoslavia.
Ese giro ha corrido el velo sobre los abismos sociales y el despotismo que los intereses estratégicos mantuvieron soterrados.
Ahora estallan con la gente en la búsqueda de libertad y democracia porque saben que sin eso no se puede resolver lo otro. La amenaza de la junta militar que gobierna Egipto de prohibir huelgas y marchas de protesta está en línea con aquello que sucedió hace medio siglo porque las condiciones de explotación jamás variaron sino que se profundizaron . Las FF.AA. en este país son la cabeza de un conglomerado que fabrica desde alimentos a televisores, computadoras y autos, y explica entre el 15% y el 40% del PBI nacional. Por ello los conflictos sindicales lo son esencialmente con ellos, que son mucho más que lo que parecen: son parte esencial del establishment.
¿Cómo se pudo llegar a eso? Para EE.UU. y el resto de Occidente es un desafío insondable la restauración de las alianzas en ese nuevo mundo que aparece . El pequeño principado de Bahrein es un ejemplo notable de esta deriva. Gobernado de modo primitivo por una familia aristocrática, esa isla mínima es, sin embargo, la base de la quinta flota norteamericana.
Washington tiene ahí, en el centro mismo del Golfo Pérsico, 15 navíos de guerra y un portaaviones. ¿Por qué no dejar que la rebelión civil mute la monarquía en una república aun con reyes como España, o Japón y mantener ese estatus quo? La analista conservadora Anne Applebaum, responde en palabras sencillas: “históricamente los meses que siguen a una revolución son más peligrosos que la revolución misma” escribió en The Washington Post.
La idea pone el dedo en la llaga sobre la incertidumbre de un futuro sin el antiguo control imperial y con una población reivindicando el derecho a la autodeterminación en un sentido profundo y real.
Nadie sabe ni dónde ni cómo acabará esto. La región es hoy un espejo roto que refleja lo mismo en cada una de sus fracciones.
La posibilidad de que eso se ordene con una guerra es un riesgo potencial atento al nivel terminal que la crisis asume para estos liderazgos decadentes. Pero también por el desinterés existente entre otras potencias regionales como Israel para aceptar las concesiones que implicaría compartir un vecindario democrático.
El fenómeno quizá sea ya indetenible. La rebelión -y la represión- se repiten desde un extremo al otro del mundo árabe, en la supuestamente progresista Libia y también en Irán. El elemento común a todos ha sido el mismo: impedir el crecimiento político de las sociedades y concentrar el ingreso en pocas manos .
Nasser, que se unió a Nehru en la India y a Tito en Yugoslavia, estimuló una apertura hacia una proclamada tercera posición, pero en la práctica cayó en los mismos vicios que la opresión colonial (los ingleses sólo autorizaron los sindicatos en Egipto cuando necesitaron ampliar su base de apoyo durante la Segunda Guerra), método que continuó Hosni Mubarak después de la gestión un poco más flexible del asesinado Anwar Sadat. Allí y en el resto del mapa los espacios políticos fueron cooptados en modelos democráticos falsos o capturados por el ultraslamismo para esterilizar cualquier vía que amenazara los intereses económicos creados.
Esa máscara es uno de los ídolos caídos en esta revolución.
“Ni sunnitas, ni shiítas, mi gente quiere democracia, una constitución y libertad”, dice un cartel colgado en Facebook por los militantes republicanos de Bahrein, copiado de otro de la Plaza Tharir de El Cairo.
La riqueza del proceso es tal que el escenario exhibe un retroceso simultáneo del autoritarismo aliado a Occidente pero también del ultraislamismo. Hacia adelante, es claro que una mayor libertad y una mejora en la distribución del ingreso demuelen las contradicciones que hacen posible el extremismo y su deriva terrorista. Pero esta experiencia ha enseñado que la sola lucha por esos valores deja sin brújula a los dirigentes que confunden interesadamente Estado con religión.
Por eso esto es una revolución y no una mera rebelión, en tanto que ha modificado las estructuras previas de poder, no importa que permanezcan fuertes resabios del sistema anterior.
La irrupción de una enorme masa de jóvenes en esta batalla es otro dato significativo. Pero menos que un contrapoder es una consecuencia de esa deuda social que esta vez sí puede manifestarse. El mundo musulmán, y en especial el árabe, tiene una población mayoritaria en torno a los 30 años o menos. E sas estadísticas han sido valoradas en el pasado por autores como Robert Kaplan como una masa peligrosa de individuos sin futuro en un mundo no bendecido por la educación y la ciencia y destinados a un camino sin salida.
Lo que Samuel Huntington dibujó en tono aún más ominoso en su Guerra de Civilizaciones , una teoría que ahora se puede amontonar en el mismo arcón junto a los marines desembarcando y otras certezas como las que dieron por terminada la historia luego de la caída del campo comunista. Es cada vez más claro que nada estaba escrito ni lo está.

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