Por Gabriel Ramonet, de la redacción de El diario del Fin del Mundo..
Entre los expertos subyacen algunos criterios aceptados que en general aplican sin más remedio los medios de comunicación, pero que no se extienden como una verdad revelada hacia el resto de la sociedad consumidora de los grandes o pequeños acontecimientos sociales.
Tan es así que el grado de interés de las personas por determinados hechos que suceden y se divulgan, fluctúa casi alocadamente en virtud de sus propias vivencias, emociones o puntos de vista.
Ante un diario recién impreso, un rotativo radial o un noticiero televisivo, sería bastante factible encontrar grupos de personas igualmente numerosos, interesados sólo en una parte de lo que se informa o directamente en nada de lo que se dice, muestra o publica.
Sin embargo, hay determinados momentos especiales, en que el ojo imaginario de la sociedad se posa de manera concordante sobre determinada noticia. Es cierto que esa circunstancia puede ser manipulada por el poder de turno (incluso el mediático) y es verdad que a veces sucede por la simple contundencia de la realidad (una guerra, una tragedia global, un descubrimiento científico, etc).
Pero también hay veces en que esa mirada colectiva uniforme, silenciosa y hasta muchas veces inconsciente, se produce de manera genuina, sin fuerzas externas que la impulsen.
En realidad, habría que pensar mejor en una combinación de fuerzas subterráneas de la sociedad, que se manifiesta por efecto de la interrelación de todos los fenómenos sociales a la vez, pero no porque uno en especial se proponga conseguir ese comportamiento.
En la Tierra del Fuego de los últimos meses, subyace bajo ese esquema el convencimiento de la no-noticia. Es decir, diferentes personas de distintos ámbitos, habitualmente consumidoras de medios de comunicación que divulgan hechos noticiosos, coinciden en el mismo juicio de valor acerca de la escasez o ausencia lisa y llana de acontecimientos relevantes para sus intereses.
¿Cómo se explica que ante diarios repletos de informaciones, cientos de horas de radio y televisión, o gigabytes de datos transmitidos por Internet, prevalezca la convicción de la no-noticia?
Una variable interesante de evaluar como primera respuesta es la reacción de la comunidad ante determinados grupos o familias de acontecimientos, que llevan a un estado de “resignación noticiosa”.
Se trata de episodios que por reiteración y falta de ingredientes novedosos dejan de captar interés por más que sucedan hechos nuevos dentro de la misma categoría. Son claros ejemplos de ello, los conflictos sindicales (especialmente los ligados al Estado en todas sus formas) y, últimamente, los vacuos intercambios de opiniones enmarcados en las internas partidarias.
El fenómeno se traduce en forma de paradoja: cuantas más noticias de esta clase se publican, más crece la sensación de la no-noticia.
Por el contrario, las noticias edificantes, los debates de fondo, las alternativas de desarrollo provincial, las reformas de los sistemas caducos de la vieja política, apenas si logran asomarse como pequeñas grietas por entre los grandes muros noticiosos, con el probable destino de desaparecer sin dejar ninguna huella.
Desde luego, no es esta una circunstancia enteramente atribuible a los medios de comunicación, que en todo caso son parte de un contexto y de una dinámica de construcción cultural de la que es muy difícil poder salir.
Resignada, entonces, a la fastidiosa reiteración de ciertos temas, y a la ausencia lisa y llana de otros, es que buena parte de la sociedad puede ir enhebrando la sensación inconsciente de la no-noticia.
No sólo por eso. Tal vez haya otro aspecto que alimente también el mismo fenómeno: la falta de hechos graves de corrupción.
Los fueguinos no sólo acompañamos con historias propias la década menemista, sino que la continuamos por varios años más. Para nosotros, los 90´ tuvieron a Hifusa, a Víctor Choque, al ajuste de la ley 278, a la Casa de Gobierno cerrada por no pagar el gas. Pero seguimos a partir del 2000 con la ley 460, la jubilación de los jueces, Glisud, la contabilidad paralela, los adelantos con cargo a rendir, las Letras de Tesorería. Destituyeron a un gobernador hace menos de seis años.
Es decir que veníamos con una inercia de escándalos graves que sin dudas influía en la agenda mediática y probablemente también en el concepto de noticia.
Si un mérito tiene el actual gobierno provincial (y también los municipales, con excepción de Tolhuin) es haber disminuido (cuando no eliminado) la sensación de corrupción generalizada que se escurría por los despachos públicos.
Es probable que la corrupción cero no exista. Pero con una mano en el corazón, hasta el más acérrimo de los opositores reconoce (aunque no lo diga) que Fabiana Ríos detuvo la “máquina de robar” en que se habían convertido, orgánicamente, el Estado.
Volviendo al punto, es posible que para el ojo acostumbrado a la corrupción, la ausencia de estos hechos derive en la sensación de no-noticias.
En el último escalón de este análisis habría que mencionar a quienes viven en estado de no-noticias perpetuo. Son los que alejados del ruido de los medios, apenas se conforman con el “boca a boca” para enterarse de manera solapada e incompleta de alguno que otro acontecimiento de interés.
No saben, y no les preocupa saber más. O mejor aún, piensan que no es necesario saber, que no les reporta ningún beneficio, o que no les acerca ninguna novedad.
Para ellos, no existe diferencia entre noticia y no-noticia, porque ambas cosas son lo mismo.
Ellos jamás leerán notas como esta. Ni escucharán la radio ni mirarán noticieros de televisión.
Quizás también formen parte de la era de las no-noticias, sólo que sin saberlo.
O tal vez los equivocados seamos nosotros, por pensar que los hechos que nos importan, tienen algún grado de relevancia social.

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