No es no

En un fallo histórico, una jueza condenó a un policía por coacción, ya que se probó que durante años había presionado a una subalterna pidiéndole favores sexuales. Como represalia por no acceder, convirtió su vida en un infierno. Los jefes recomendaban el silencio.
“No es no” es la consigna con la que una agrupación internacional ha convocado para el 12 de agosto a una marcha de mujeres de todas las actividades y niveles sociales. Se busca establecer que, cualquiera sea el modo de vestir o de vivir de la mujer, si dice no, es no. Que la negación a los favores sexuales es un acto voluntario que excede el oficio, la posición o el vínculo de poder que exista entre ella y el hombre solicitante. No es no, aunque la mujer en otro momento haya dicho sí. No es no, aunque la mujer haya ejercido la prostitución. No es no, aunque sea o haya sido esposa de alguien. Esto -tan claro y tan evidente- no es nítido cuando hay intereses creados, cundo hay una relación de poder, cuando hay coacción.

¿Quién custodia que el “no” sea no? ¿Quién hace valer esos derechos y obligaciones? ¿Los hombres y mujeres de la marcha? ¿Los padres y hermanos de cada una, como en el siglo pasado? ¿Se hará regir la Ley del Talión? ¿El Estado custodia realmente que la coacción no se vuelva moneda corriente en las relaciones humanas, y que ni siquiera se denuncie porque termina siendo tácita regla de juego? ¿Sabía usted que esas eran las reglas del juego? ¿Hay, acaso, un juego?

Se trata de Hugo Marcelo Burki, un oficial de servicio del ex Comando de Patrullas, que amenazó durante años a Gloria Luisa Ruiz, jerárquicamente inferior en grado dentro de la fuerza policial. Desde diciembre de 2002 hasta abril de 2004, el acusado intentó obligarla a mantener relaciones sexuales con él. A pesar de la negativa expresa y contundente de Ruiz, madre de dos hijos, el superior insistió, y le causó hostigamientos laborales que se detallaron durante el juicio.

En efecto, en el inicio de los hechos, ella era sargento primero: Burki la invitaba a tomar café, y ella lo rechazaba. La situación se complicaba en tensión, hasta que a principios de 2003, él la encontró saliendo del baño de mujeres y aprovechó para hacerle otra propuesta. Ante la negativa de la mujer, el policía trató de abrazarla y besarla, situación que Ruiz rechazó dándole un empujón. Según la denuncia de ella, la situación habría sido presenciada por otro efectivo, Antonio Medina. Interrogado este testigo, reconoció los hechos, aunque los minimizó. Dijo que en esa oportunidad salía de la oficina de guardia cuando escuchó gritos. Al pasar por el sector de baños miró, y vio la mano de Burki forcejeando. Ella le decía que la dejara de molestar, y sin embargo él permanecía en su postura. “Buscaba asustada… salir de la situación”, dijo Medina,

¿Por qué se fue el compañero? ¿Cómo fue posible? Aseguró Medina que en la fuerza había mucho chusmerío y roces constantes, y que había visto situaciones similares en todos lados. Es decir, siguió de largo viendo que alguien forzaba a una compañera, y se fue, simplemente, porque esa violencia era común.

Trabajo con el enemigo

Ante lo sucedido, Gloria fue a hablar con el subcomisario Miguel Ángel Gómez, que era el segundo jefe de la dependencia, quien simplemente se la quedó mirando. Le dijo que iba a hablar con el policía para que estas actitudes cesaran, Es decir, para que él dejara de pretender violarla en la puerta del baño, supongamos.

En el avance del proceso, Gómez intentó negar esta situación, que terminó finalmente por reconocer, lo cual le implicará que se lo procese por falso testimonio.

Después del episodio del baño hubo algunos meses de calma, pero no tantos. Desde octubre de 2003, Burki comenzó a amenazar a Ruiz con más detalles: que si no se acostaba con él la iba a pasar muy mal en el servicio, e iba a ir de “parada fija”.

Estar de “parada fija” para un policía es estar detenido, no poder cambiar de situación ni hacer carrera. La parada fija es un castigo para los que trabajan mal, para los que no saben cumplir las tareas. Claro que Burki era la persona de confianza del jefe, era el que asignaba las órdenes y podía tenerla para siempre haciendo guardia en un sitio, sin patrullar, lo cual implicaba que no podría recibir los méritos que le permitieran ascender. Y podía hacerlo todo el tiempo necesario.

Él insistía proponiéndole que lo acompañara a un hotel, ya que así mejoría su situación laboral: “la pasamos bien y te vas de franco sin tener que cumplir servicio completo”. Pero como ella se negaba, las paradas fijas pasaron a ser de 24 horas, sin relevo, sin permiso para ir al baño ni para comer. Así debería permanecer, castigada, en Roca e Independencia o Yrigoyen y San Martín, sin quitarse la gorra ni el chaleco antibalas, hiciera frío o calor. Veinticuatro horas corridas sin moverse, tiempo durante el cual él se arreglaba para vigilar que cumpliera con cada minuto, con el objeto concreto de quebrar su voluntad. Todos vieron que él estaba cumpliendo una tarea de aparente supervisión que no le correspondía, pero nadie dijo nada. En una ocasión ella no tuvo más remedio que dejar el puesto diez minutos para ir al baño: él se enteró y la sancionó. Nadie vio nada.

Por supuesto que algunos compañeros preguntaron por qué ella estaba haciendo esa tarea, cuando Gloria era quien les había enseñado a trabajar a ellos. Gloria, minada en su ánimo, les contó la situación que estaba viviendo.

El 7 de marzo de 2004 sufrió quizá la situación más grave de las que le tocaron atravesar. Después de trabajar toda la mañana haciendo vigilancia de prevención de salidera bancaria, consiguió permiso para ir a bañarse. A la salida de la ducha, Burki la estaba esperando y la tiró contra la pared: le exigió que le diera un beso, y al correr su cara trató de babosearla con la lengua por cualquier lado, atinando el funcionario a tocar su arma sin desenfundarla. Cuando la tuvo paralizada le dijo: “Si seguís gritando, te mato”. Ella salió de la situación dándole un empujón y recurrió una vez más a su superior, Gómez. Él le dijo que no hiciera la denuncia, que se iba a ocupar de hablar con Burki para que depusiera su actitud.

Matador

Todo el mundo sabía que Burki era muy mujeriego, y que al decir de su personal, “se encaraba a todo el mundo”. Algunos dijeron: “cuando ponía el ojo en alguien, no paraba hasta que no conseguía lo que quería”. Por eso nadie se asustaba de lo que veía.

En una oportunidad siguió a Gloria con su auto hasta Vértiz y la costa, haciéndole señas de luces para que se detuviera. Ante el temor que esto le causó, ella solamente atinó a acelerar y hasta pasó un semáforo en rojo. La vio el oficial Marcelo Edelmar Toro, que dijo que le había parecido raro que pasara el semáforo sin estar habilitado. Claro, detrás venía Burki.

Gloria Ruiz estaba harta, aterrada y sobre todo demolida emocionalmente. Terminó por confiarle a su familia lo que estaba pasando, y así se dirigió a presentar la denuncia ante el secretario regional: el funcionario, para no ser menos, trató de disuadirla de su propósito, y le advirtió sobre las consecuencias que podría traerle este tipo de denuncias. A cambio le ofreció un cambio de destino.

La jefa de personal le dijo -en primera instancia- que la trasladarían al barrio Belgrano, aunque luego finalmente se estableció que iría a Punta Mogotes. Le extrañó que su solicitud dijera que el cambio se debía a que pudiera ocuparse de su hijos. No era así: la causa era el hostigamiento, pero nadie lo diría.

La denuncia no le cayó bien a Burki: ella venía caminando ocasionalmente con sus hijos por la calle, la vio e intentó tirarle el auto encima. Ya en 2005, Gloria Ruiz estaba bajo tratamiento psiquiátrico: no daba más. Además del doctor Claudio Guascone, fue asistida por la psicóloga Liliana Digrande.

El primero refirió que Ruiz había presentado en un comienzo estrés laboral: ella había sido expulsada de la fuerza por una causa donde finalmente fue declarada inocente. Con el correr del tiempo no respondió al tratamiento farmacológico y su cuadro se complicó hacia uno propio del estrés post traumático. Tenía tanto miedo que estaba en una situación patológica, la que los profesionales llamaron “alerta permanente” o “hipervigilancia”. Se trata de un cuadro realmente grave que no mejora con el descanso. “Hay un eje central que es el hecho generador: el acoso”, dijo el médico, “a lo que se suma la reexperimentación del trauma, las posiciones de sus pares, la actitud de la fuerza, la ART con sus permanentes objeciones y hasta el mismo juicio”. Tenía dificultades para respirar, palidez permanente, expresión de dolor, y agudos padecimientos en el estómago. Él le había advertido que lo pasaría mal y cumplió: no solamente la aterró, sino que cortó todas sus posibilidades de proyección laboral.

En la audiencia Burki pretendió afirmar que se trataba de una invención de Gloria, que se vengaba porque él la había sancionado, pero la jueza Ana María Fernández no lo aceptó. Consideró que los hechos estaban probados y que por lo tanto el funcionario policial debía ser condenado a dos años y medio en suspenso, a condición de que se mantenga en la ciudad, y que evite acercarse a un radio de trescientos metros alrededor de su víctima y sus familiares.

Pero no basta. Faltan las explicaciones del caso de todos aquellos que debieron intervenir antes de que Gloria terminara siendo una paciente psiquiátrica grave, expulsada de la fuerza y minada como ser humano. Faltan las explicaciones del comisario Gómez, del secretario regional y de la jefa de personal. Falta la justificación del compañero que, al ver los forcejeos, pensó que era “normal”. Faltan las caras de todos ellos.

Porque no es no. Por más que se sea policía y que el amenazador sea el jefe. Porque cuando una persona es obligada a hacer algo que no quiere, el delito se llama coacción. Y cuando “eso” que no quiere es un favor sexual que depende de una relación de poder, hay acoso laboral. Humillación, pérdida de dignidad y enfermedad, que no puede ponerse en palabras.

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