Roberto García Moritán
Lo mismo se podría decir en lo que hace a los principales problemas políticos que hacen a la seguridad internacional. El gasto militar y las compras de armamentos no se detienen y ninguno de los principales conflictos, sea Afganistán, Irán, Corea del Norte o la diversidad de circunstancias en el Medio Oriente, logran un tratamiento diplomático que permita pensar en soluciones razonables en el corto plazo.
Las principales potencias militares y económicas siguen sin alentar un dialogo capaz de disminuir las asimetrías de percepciones que las separan. La economía más importante del mundo, Estados Unidos, enfrenta un problema financiero nunca antes visto. La segunda economía, China, es el principal tenedor de la deuda norteamericana y mantiene con Washington un clima de desconfianza con contactos bilaterales reducidos.
La carrera de armamentos, convencional y de armas de destrucción masiva, continúa en un espiral de desarrollos tecnológicos nunca antes conocido. En materia de armas nucleares, Estados Unidos y Rusia han prácticamente congelado las negociaciones prometidas tras un primer acuerdo que marcó una esperanza hacia el desarme nuclear. El dialogo nunca se amplió a otros poseedores de esas armas y el mundo cuenta con 9 Estados que las detentan y el riesgo que se amplié a 15 en los próximos años.
El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas se muestra impotente para encontrar soluciones duraderas a pesar de ampliar, de manera permanente, sus atribuciones y en ocasiones afectando principios esenciales de la Carta de Naciones Unidas. El recurso a la fuerza o a las sanciones ha reemplazado a la diplomacia y el resultado es la adopción de resoluciones que reducen la credibilidad del máximo órgano del sistema multilateral.
Existen muchos otros problemas igualmente graves que aguardan solución. El hambre en África puede ser un ejemplo como lo es Haití para salir de la tragedia que la aqueja. El panorama que no puede ser más serio y pone en evidencia la necesidad de reestructurar de manera urgente el sistema multilateral sobre una base más participativa. Todas las potencias, en particular las que les corresponde una responsabilidad primordial por su nivel de desarrollo económico y militar, deberían contribuir con mayor voluntad al fortalecimiento de las Naciones Unidas y los organismos especializados del sistema. No hacerlo, será el mejor camino para profundizar las diferencias y acentuar los conflictos.

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