“Nadie del Tea Party llamó por Gaby”

“Cuando vi a Gaby (Giffords), estaba desplomada en el piso, ahogándose en la sangre que brotaba de su cabeza. Me arrodillé junto a ella y la recosté sobre mi pecho para que pudiera respirar. Aún escuchaba los disparos pero no veía nada, ella era mi única prioridad”, narró a PERFIL un conmovido Daniel Hernández, el héroe inesperado en la masacre de Tucson, un latino en medio de un estado racista. Su coraje y determinación dieron a la demócrata una chance de vida cuando el supuesto agresor de 22 años, Jared Lee Loughner, le atravesó la cabeza de un balazo, hirió a otras doce personas y mató a cinco que asistían al acto público de la dirigente de Arizona.

—¿Cuál es la primera imagen que vuelve a su cabeza?

—Sangre y confusión. Había personas heridas por todos lados. Corría hasta ellos y les tomaba el pulso uno a uno. Cuando comprobaba que respiraban, seguía con otro. Hasta que divisé a Gaby.

—¿Estaba lúcida?

—Todo el tiempo estuvo consciente. Yo le hacía preguntas, para mantenerla despierta, y me respondía apretando mi mano. Yo presionaba con fuerza la herida. Tenía que frenar el sangrado.

—¿Vio a Loughner tirar?

—Todo era confuso. Cuando vi a Gaby se me nubló todo lo demás. No pude verlo, no.

—¿Qué le diría si lo tuviera enfrente?

—En este momento, queremos ser positivos. Rezar por la salud de Gaby y de los heridos. Ya habrá tiempo para hacer otras cosas,

—¿Hubo responsabilidad del Tea Party en sembrar odio hacia Giffords?

—No sé quién es responsable y quién no. La verdad, sigo en shock. Han pasado demasiadas cosas en poco tiempo: el atentado, las corridas, el hospital, los rezos de la gente, la visita del presidente. Pero sí creo que el discurso político en los Estados Unidos tiene que cambiar. La única preocupación, desde hace unos años a esta parte, parece ser dañar al otro, destruirlo, más que cooperar. Hoy es tiempo de unidad, no de divisiones.

—¿Llamó alguien del Tea Party para interiorizarse por la salud de Giffords?

—No, nadie del Tea Party llamó para preguntar por ella o se preocupó por su salud después del atentado. Al menos, en lo que a mí me consta. Ni siquiera su rival en las elecciones de noviembre pasado, el republicano Jesse Kelly, ese que hacía campaña con una ametralladora M16, tuvo el gesto de hacerlo.

—Obama lo citó como ejemplo de heroísmo, ¿cómo sobrelleva ese peso entre tanto dolor?

— Es mucho. El presidente pidiéndome que hable antes que él y luego invitándome a tomar asiento a su lado fue algo totalmente inesperado y estoy contento de haber tenido esa oportunidad, aunque hubiera preferido que fuera en otras circunstancias.

—¿Qué le dijo Obama al abrazarlo?

—“Muchas gracias.” Me felicitó, dijo que estaba orgulloso de mí y que Gaby iba a estar bien. Casi al mismo tiempo, nos enteramos de que ella había abierto sus ojos. Así que ambas cosas me pusieron felices, al menos por unos momentos. Tan felices como se puede estar en medio de esta pesadilla.

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