Nacionalizar el juego

Nacionalizar el juego
Escribe Omar Bello

Para las empresas extranjeras que manejan el juego, Eduardo Duhalde es una suerte de Dios en la tierra. Incluso cuando el hombre ya estaba fuera de juego político, lo seguían visitando en su casa y rindiéndole pleitesía.

¿Por qué? Les entregó un negocio millonario que, superando al petróleo, es ganancia pura. A diferencia de los casinos, que generalmente se instalan en lugares de vacaciones o alto poder adquisitivo, los Bingos son una aspiradora que le sacan plata a quienes menos tienen ya que están dentro de los territorios empobrecidos. Desde jubilados que dejan parte de sus ingresos a cambio de horas “entretenidas”, hasta trabajadores que dilapidan sus salarios, la clave pasa por crear un ambiente sin tiempo, lleno de luces, personas que te tratan bien, comida barata y espectáculos gratis. Lo de bingo es una gran mentira que se usa para distraer. El punto es cuántas máquinas tragamonedas entran por metro cuadrado, ahí está el verdadero cáncer que corroe a las personas. Mientras la lotería no produce adicción o efectos secundarios y, en términos estadísticos, es lo que Perón llamaba un impuesto al tonto, las maquinitas sí son una enfermedad contagiosa capaz de despertar adicciones en serie. Algunas son muy visibles, pero la mayoría pasan desapercibidas. Dentro de los bingos (negocio que conozco por dentro) todo está preparado para que la gente caiga en una especie de ensoñación que les saca el dinero sin piedad, y lo que devuelve es una mínima parte, casi limosnas que apenas alcanzan para seguir alimentando un esquema enfermo.

Ahora bien, ya instalados y con el público acostumbrado, es poco lo que se puede hacer. Si se los prohíbe lo único que ocurrirá será el surgimiento de una serie de cadenas clandestinas que, como ya sabemos, contarán con protección y entraremos en un espiral de nunca acabar: cada tanto derribarán a una para que las demás sigan funcionando y así se construirán nuevos sistemas perversos.

Con las elecciones a la vuelta de la esquina, resulta curioso que ninguno de los candidatos importantes haya levantado la bandera de la nacionalización. Si existen, son dañinos pero otorgan mucho dinero, ¿quién mejor que el estado para corregir la situación? Por un lado, podría encarar campañas en serio tendientes a minimizar los riesgos, por otro, recaudar sumas que vayan enteras a la realización de obras sociales. Sin embargo, aunque fueron capaces de meterse con otras industrias mucho más complejas y estratégicas, ésta sigue intacta en manos de privados. Es curioso: para explotar un pozo petrolero hacen falta inversiones millonarias, para poner un bingo alcanza comprar máquinas baratas que se venden en cualquier parte; raro que el estado no haya puesto su mano sobre esa caja de recaudación.

Hace poco, CODERE, la multinacional española cuyas ganancias se concentran en el país, “mandó a retiro” a toda un cúpula que había tomado hace menos de un año; es decir, ¿no será el momento indicado para hacer cambios? Por su parte, ¿alguien mira qué pasa a nivel sindical?

Si no puedes vencerlos procede a estatizarlos, sería el razonamiento más lógico. Claro que para lograr eso habría que romper con la cadena de complicidades políticas que “engordó” a uno de los negocios más corruptos del país, sobre el que nadie habla y frente al que pocos se animan: ¿Será, como dicen los chicos, que los políticos tienen la cola sucia? La relación entre las empresas de juego y distintas organizaciones, en especial dentro de la provincia de Buenos Aires, es de excelente para arriba. Muchos de los espectáculos que disfrutamos en épocas veraniegas fueron solventados por estas empresas para, de manera indirecta, apoyar a distintos personajes de la política. Ni que hablar de las coimas. La plata va y viene hasta en baúles de los autos; otra que las famosas bolsas de Jorge Lanata.

Ante la evidencia del desastre, la nacionalización resulta imperiosa. Los distintos candidatos deberían explicarle a la gente que pocos países del mundo permiten que sus ciudadanos sean esquilmados por empresas privadas, y que si esta situación se mantiene en el tiempo es debido a que la corrupción la sostiene. No estoy de acuerdo con el juego, al mismo tiempo sé que es una realidad que va a seguir creciendo y, por tal motivo, tiene que estar en manos del estado. Todo bien con YPF y Aerolíneas, pero esto es plata constante y sonante que, hasta que podamos corregir los efectos negativos que produjo su instalación, al menos podría ir a parar a los más pobres en serio. ¿Qué se lo van a robar los políticos? Puede ser, aunque les aseguro que cuando se juntan políticos y privados, el resultado es aún peor que los bolsos voladores.

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