Tuvieron que pasar varios años para que regresara a la ciudad el desenfreno de los corsos. Unas 40 mil almas desbordaron la costanera del río y bailaron hasta la madrugada entre comparsas y carrozas
Después de una larga noche de silencio, los riocuartenses y las cientos de familias que llegaron de los pueblos revivieron el color y el desenfreno del carnaval.
Los 480 metros que había entre el puente Juan Filloy y la calle Coronel Moldes se transformaron en un hervidero de gente -los organizadores arriesgaron 40 mil personas-.
A las 20.40 desde uno de los cuatro escenarios montados a lo largo de la avenida la voz potente de un locutor decretaba: “¡Aquí estamos para decir que por fin Río Cuarto también tiene su carnaval!”.
El griterío y los aplausos de entusiasmo fueron el prólogo de las primeras bandas que empezaron a sonar simultáneamente. En un rincón G-Latina empezaba a calentar los motores haciendo versiones de los temas más movidos que hoy trajinan las FM, y a unos cincuenta metros, Ivana le daba ritmo melódico a la noche sin que se superpusiera la música.
Enseguida, llegó el momento más emotivo de la jornada. Fue cuando el intendente municipal le entregó las llaves de la ciudad “al verdadero rey del Carnaval, que tantas alegrías y tanto cariño nos regaló: Periquito”, anunció Juan Jure y el hombrecito de elegante traje gris que con esfuerzo trepó el escenario recibió la mejor de las caricias, un aplauso unánime que recordó al que solía recibir décadas atrás cuando el carnaval se celebraba todos los veranos.
“Yo los organicé desde el 81’ hasta el 88’, y la verdad que me daba mucha pena que no se volvieran a celebrar. Este reconocimiento que recibí hoy fue fabuloso, sabía que me iban a dar la llave, pero la verdad que no esperaba tanto afecto”, decía Periquito a quien, semejante distinción no lo salvó del baño de espuma.
Cerca de las 22, empezaron a desfilar las carrozas y, escoltándolas, decenas de bailarines le dieron color y belleza al festejo.
La primera en surcar la costanera fue la carroza que conducía a la bella profesora de danzas árabes Anabela Guevara, a continuación desfilaron la comparsa de La Palestra junto con la carroza de Urú Curé, la agrupación de Deportes Especiales y la batucada de La Maroma.
Una de las postales imborrables de esta renovada edición de los carnavales fue la marea humana que desfilaba desde el puente Juan Filloy hasta el corsódromo, a medida que pasaban las horas, la multitud iba creciendo hasta abarrotar el sitio destinado al público.
A hacer blanco en otro lado
En medio del desborde que supone el carnaval, intentar poner algo de orden al espectáculo pareciera un contrasentido. Sin embargo, más de un integrante de las comparsas y las batucadas hubiera agradecido que el público se divirtiera lanzándose espuma entre sí, en lugar de ensañarse con ellos.
Muchos de ellos debieron interrumpir sus rutinas para atajarse de los chorros o para limpiarse la espuma de los ojos.
Entrada la noche, llegaba el turno de una de las bandas emblemáticas del cuarteto cordobés. Chébere desgranaba sus éxitos y le ponía el broche de oro a una nueva era en los carnavales riocuartenses.
La alegría continúa hoy y muchos de los que trajinaron el corsódromo ahora deben estar recuperando fuerzas para lo que viene.

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