El barrio y feudo de Muammar Khadafy quedó arrasado tras los combates que allí se libraron
Hace calor y el aire es irrespirable. Hay decenas de cuerpos rodeados de moscas, tirados sobre una rotonda marcada por los combates, con pasto ennegrecido y esqueletos de carpas humeantes. "Todavía no sacamos los cuerpos porque hay francotiradores", advierte un "combatiente de la libertad", con sombrero de cowboy , bermudas y Kalashnikov.
En Abu Salim, el intercambio de fuego fue violentísimo. Entre las palmeras que se levantan sobre la rotonda, se distinguen restos de los quinchos y carpas donde se alojaban los famosos mercenarios de Khadafy. "¡Africa! ¡Africa!", grita un combatiente, mientras indica el lugar donde aún flamean banderas de Chad, Nigeria y Mali, que en minutos más serán quemadas por grupos de insurgentes.
En el campamento de los mercenarios, arrasado por el avance de las milicias rebeldes apoyadas desde el aire por la OTAN, se ven colchonetas, botellas de agua vacías y restos de alimentos. Hasta se encuentran tirados pósteres increíblemente intactos del coronel. En el resto de la capital, en cambio, toda imagen del rai s fue arrancada brutalmente, con toda esa furia que puede tener un pueblo reprimido durante 42 años.
A diferencia de otras partes de la ciudad, a la entrada de Abu Salim, aún flamean banderas verdes. Como la batalla terminó hace pocas horas, como lo demuestran el humo, el olor a pólvora y los cuerpos acribillados, recién ahora se acercan algunos towars (?revolucionarios') a sacarlas de ahí. Los rebeldes arrían las banderas verdes, que son rápidamente aplastadas con los pies y quemadas, y reemplazadas por algunos precarios estandartes de la nueva bandera de la Libia sin Khadafy, rojas, negras y verdes. La ceremonia es celebrada por ráfagas de tiros de júbilo, al grito de Allah Akbar (?Dios es el más grande').
Cerca de la rotonda que representó la última línea del frente, se ven varios tanques carbonizados. Si bien pasan algunos autos que tocan bocina y hacen la V de la victoria, los comandantes rebeldes advierten que en Abu Salim, barrio famoso por la cárcel homónima que allí se levanta -donde el régimen del coronel torturó salvajemente a miles de detenidos-, todavía puede haber francotiradores. "Es riesgoso, a menos que vayan escoltados por to wars", dice uno de ellos, y le ordena a Yassim, una especie de Rambo con turbante en la cabeza, chaleco antibalas y ametralladora, acompañado por otros dos rebeldes, a escoltarnos. Con su auto lleno de grafitis que celebran la revolución, nos acompaña a recorrer el último feudo de Khadafy en Trípoli.
En Abu Salim, un barrio muy humilde de monoblocs y casas bajas, famoso por ser cuna de criminales y delincuentes peligrosos, las señales de la última batalla son impactantes. Hay edificios destruidos, convertidos en esqueletos carbonizados, carcasas de autos, casas incendiadas. Nuestros escoltas van delante de nuestro auto, con sus Kalashnikov listos, apuntando hacia arriba, por temor a francotiradores. "Ni siquiera en tiempos normales me hubiera animado a entrar en este barrio, lleno de ladrones", dice Emad, nuestro chofer, que no oculta cierto temor.
En el suelo de un cuartel de bomberos arrasado por cohetes, golpes de mortero y granadas, pueden verse bombas que aún no explotaron. Aquí aparecen, ataviados con barbijos, camisolines verdes y guantes de goma, escuadrones de voluntarios que, edificio por edificio y casa por casa, recolectan cadáveres. "No puedo creer que los libios nos hayamos estado matando de esta manera", dice a La Nacion Ahmed, un médico que acompañará los cadáveres hasta la morgue del hospital El Tebbi. "Eran khadafistas; intentamos convencerlos para que se rindieran, pero no quisieron: prefirieron morir por Khadafy", agrega.
Los voluntarios que envuelven los cadáveres -unos 200, según estimó la BBC- en plásticos negros o verdes también llegan a la rotonda de la entrada donde estaban los africans, donde el olor es irrespirable. Tanto es así que hasta entregan barbijos de a tres a los pocos periodistas que nos acercamos a este escenario infernal, fiel reflejo de la locura de la guerra.
Penumbras
Pasado el mediodía de este último viernes de Ramadán, en la mezquita de Maulaui Mohammad el imán llama a los libios a abstenerse de cualquier tipo de venganza. En una ciudad donde todo parece progresivamente empeorar -anoche la ciudad faltaba la electricidad en casi todos los barrios, incluso en el hotel Corintians, donde se hospeda la mayoría de los periodistas-, el imán en su prédica también llama a la calma. Les pide a los libios que estén tranquilos, que no salgan a saquear, que salven los edificios gubernamentales.
A diferencia de lo que alguien se podría esperar en el primer viernes en Trípoli sin Khadafy, en la mezquita no hay muchos fieles. "Khadafy dijo que iba a destruir Trípoli; nos dejó la ciudad llena de francotiradores, sin electricidad, sin agua y sin comida", se queja Isham, ingeniero. "Nos estranguló durante 42 años; nos sacó todo, pero ahora se acabó: comienza una nueva etapa en Libia", agrega. "Y no nos importa si no hay luz ni agua; ya vendrán seguramente tiempos mejores sin él", concluye
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