Vía muerta

Quienes conocen de urbanismo saben que la “salud” de una ciudad se mide por la cantidad de niños que caminan por sus calles. Más chicos, menos enfermedad. Algo parecido ocurre en el ámbito político: menor nivel de especulación, mayor calidad institucional.
Además de exhibir el penoso estado de la red ferroviaria criolla, el accidente de San Miguel dejó al descubierto las miserias de una clase política que aprovecha cualquier desgracia para llevar agua hacia su molino.

Con total falta de seriedad y responsabilidad (los accidentes demandan cuidado en la investigación), el ministro de Infraestructura Julio De Vido le apuntó a Scioli en todos los medios; estocada que el Gobernador no sólo recibió con pasividad digna de mejores causas, sino que dio por válida al declarar la intervención inmediata de la empresa Ferrobaires. El drama de estos gestos grandilocuentes es que no conducen a nada; descargas energía sobreactuadas cuya misión, lejos de solucionar el problema, pasa por tranquilizar a opinión pública.

A un paso del

teatro o del circo

Gobernar se está convirtiendo en una cuestión gestual; paso previo al teatro. O al circo, si nos guiamos por lo que se ve. Pocas cosas tan visibles como los medios de transporte público. ¿Tienen que chocar dos trenes para que los funcionarios descubran e intervengan? Si De Vido tenía tan claro el tema, ¿por qué no actuó antes? Y si Scioli considera ahora la intervención, ¿por qué tardó años en pedirla?

Hace varios años, el CEO de una privatizada me dijo que los caños que transportan el gas en la ciudad de Buenos Aires estaban en estado crítico. ¿A quiénes vamos a culpar el día que exploten? Algo parecido ocurrió con los dos maquinistas detenidos que fueron exhibidos al mejor estilo “Momo” Venegas (esposados y a cara descubierta). Cualquier maleante de culpabilidad comprobada tiene al menos la ventaja de salir con la cabeza cubierta. Claro, la furia de toda una comunidad que consume respuestas rápidas demandaba con urgencia rostros sobre los que depositar su odio; además del mensaje subliminal que, entre tanto ruido, filtra un argumento tranquilizador: “Fallas humanas”.

Incluso suponiendo que estos juninenses hayan tenido algún grado de culpabilidad en el trágico choque, son parte de un sistema enfermo de muerte al que nadie le presta demasiada atención, y por tal motivo deberían ser considerados dentro de un contexto global que explique por qué se comportaron de la manera en que lo hicieron. Somos capaces de justificar a un joven que mata y viola basándonos en su historia de vida, y exponemos a estos dos hombres para que sean “quemados” en las plazas públicas.

Si no fuera por

los trabajadores...

No vamos a pedirles semejante nivel de comprensión a las familias que perdieron sus seres queridos, pero los gobernantes están obligados a tomar distancia. No puedo asegurar que sea el caso. Sin embargo, cuando uno se mete en las entrañas de estos servicios deficientes descubre que los trabajadores no sólo no son culpables, sino que es gracias a su esfuerzo que las cosas siguen funcionando.

Los hospitales son un buen ejemplo. La Fraternidad sale ahora a decir que las condiciones de trabajo eran inaceptables. ¿Dónde estaban? Porque hasta hace poco el único drama que parecía desvelar a los sindicalistas era el tema de los tercerizados y sus derechos. Nos pasamos meses discutiendo acerca del ingreso de los trabajadores a planta permanente. De la situación de Ferrobaires, poco y nada.

Junín es un caso testigo que muestra cómo la destrucción del sistema ferroviario nacional fue un plan sistemático, y de lo poco (siendo generosos) que hicieron todos los gobiernos que pasaron después de aquella famosa frase “Ramal que para, ramal que cierra”. Los cuatro muertos y más de cien heridos que padecieron el insólito accidente de San Miguel deberían torturar la conciencia de alguien, y no creo que ese “alguien” sean los dos conductores que expusieron sus caras frente a todo el país.

Solucionar aquello

que vale la pena

No sé a ustedes, a mi me dio un poco de vergüenza la inauguración del Estadio Unico de La Plata que se realizó sobre la sangre de los trabajadores muertos. Quizá algún día, los políticos se animen y nos digan en la cara que tenemos una nación muy pobre, y que en ese contexto no hay lugar para la diversión y el entretenimiento. Recién entonces, alguno de ellos tomará en sus manos la solución de aquellos problemas que valen la pena, y dejará de gastar fortunas en pavadas. Seguro, no será un hombre o una mujer simpática, y es probable que tampoco solucione todo de golpe. Pero si la vida de una sola persona depende de arreglar una máquina, reparar un camino o adquirir equipos que mejoren los hospitales, pueden guardarse el fútbol, los festejos por el bicentenario y los recitales al aire libre. ¿O no?

Esa es una pregunta que toda la sociedad debería hacerse. ¿Tanto nos interesa el circo para que nuestros funcionarios se den el lujo de no hacer mínimas mejoras en la red ferroviaria? En una de esas el problema somos nosotros.

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