Por Osvaldo PepeNéstor Kirchner, ex presidente y jefe rotundo del PJ, se ha ido prematuramente de la vida, después de 23 años ininterrumpidos de ejercicio del poder, desde una intendencia sureña hasta la Casa Rosada, en los que entendió y vivió la política como el pasional arte de mandar y disciplinar, hacia adentro y hacia afuera, a todos aquellos que no fuesen funcionales a su proyecto.
En términos hegelianos, Kirchner pareció asomar en 2003 como la síntesis de las contradicciones del peronismo y del país. Al final, ancló en la antítesis y allí se quedó. Su pasión por el conflicto perpetuo pudo más. Prefirió ser un guerrero en el barro de la política antes que un estadista.
Los jóvenes que en este tiempo conocieron la militancia y el sentido del compromiso social han aprendido de un hombre que supo más de poder que de alta política. Que no vio en ésta una dimensión ética ni vocación por los grandes acuerdos, sino sólo el ejercicio del mando supremo. No tuvo tiempo, como Perón, de llegar a viejo y desandar o revisar el camino de las tentaciones autoritarias y la supresión de los disensos.
En una de sus “Cartas filosóficas”, Voltaire, figura emblemática del iluminismo francés, dice que “el tiempo, que es el único que fragua la reputación de los hombres, hace finalmente respetables los defectos”. Acaso sea así: la muerte no mejora a las personas, pero permite mirarlas de otro modo. Desde ese lugar, es de esperar que la militancia joven de hoy reescriba con más equilibrio mañana todo eso que Kirchner les transmitió.

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