El momento de Quiroga

En el permanente juego entre lo coyuntural y lo trascendente que distingue la dialéctica política, esta semana el foco de atención, o por lo menos una parte de ese foco, volverá a depositarse en el gobierno y las proyecciones políticas del intendente capitalino, Horacio Quiroga.

La gestión municipal atraviesa una etapa de forzada celebración con la Fiesta de la Confluencia, una ocasión que pretende inscribirse, no siempre con justeza, en la estrategia de consolidar a Neuquén como un centro turístico vinculado entre otras cosas a lo cultural; y emergerá de este baño de multitudes, al que los gobiernos argentinos se entregan con orgásmica dedicación, con la obligación de inaugurar el período de sesiones en el Deliberante, y con ello, el año político propiamente dicho.

Este 2014, demás está repetirlo, pero conviene igual remarcarlo, es decisivo porque incluye otra obligación, con matices inevitablemente ingratos al paladar, que es la construcción política necesaria (imprescindible) para enfrentar las elecciones del año que viene, cuando Neuquén deberá determinar la continuidad o el cambio de timón en el gobierno provincial, en medio de una situación clave para su economía, e inmerso en una coyuntura nacional de extrema tensión, con “la patria en peligro”, como ha dramatizado el cónclave intelectual Carta Abierta.

Quiroga ya tiene las pruebas más o menos evidentes de que el proceso será cruel, impiadoso, sucio, complicado y difícil de guiar. El MPN le lanzó la advertencia de que no habrá fronteras entre lo privado y lo público, y este es un signo inquietante para la política que viene, porque las campañas que ya comienzan no sólo serán largas sino también podrán ser un agotador despliegue de efectos especiales conseguidos en base a la exhibición de trapitos sucios de distinto calibre.

Es un sendero peligroso, porque como suele suceder nadie está libre de culpa como para arrojar la primera piedra: el estado de virginidad impoluta no existe en la política argentina, ni en ninguna política de ninguna parte del mundo. Humanos son, por ende imperfectos.

Más allá de esta circunstancia por ahora esbozada apenas aunque inquietante en sus posibilidades, lo que se percibe de la actualidad de Quiroga y su grupo de construcción de candidaturas es que todavía le quedan muchas cosas para definir. Muchas más de las que ya definió.

Es evidente que en los últimos meses ha crecido el protagonismo del secretario de Coordinación, Marcelo Bermúdez. Su influencia se multiplica en el gobierno y llega hasta el corazón de las decisiones del Deliberante. Bermúdez es un ejecutivo de primera línea, con fuerte capacidad de trabajo y notable claridad conceptual para definir planes de gestión. En lo político estrictamente, significa una consolidación de la alianza con el sector más liberal de la variada gama ideológica que rodea al Intendente, el que tiene puntos de contactos que van desde lo íntimo hasta lo más periférico con ese interrogante poderoso para la política argentina que se sintetiza hoy en Mauricio Macri.

Sin embargo, la influencia de Bermúdez en la construcción de Quiroga es por ahora circunscripta a la capital y a la gestión de gobierno. La proyección provincial del Intendente, que es lo que ocupa y preocupa a los fines del 2015, es todavía un gigantesco interrogante en donde todos opinan, fantasean y extrapolan, pero el único que tiene respuestas a tantas preguntas, en el fondo, es uno solo, el propio Quiroga.

Porque en el panorama político provincial hay que tener en claro una cosa: no sobran candidatos, por el contrario, escasean; y hay uno que es candidato antes de serlo concretamente, en la imaginación de todos, incluso de quienes no lo quieren ni ver en la sopa. Ese elegido por propios y extraños, por amigos y enemigos, es precisamente Quiroga.

Por lo tanto, se está ante un caso que en Argentina no sorprende porque es un país acostumbrado a los personalismos, incluso a los ingratos no deseados por quienes encarnan esta realidad. Horacio Quiroga es candidato para el 2015, es más, es el candidato de la oposición al MPN mejor posicionado, no solo en las encuestas, sino también en la cabeza de todos y cada uno de los dirigentes políticos neuquinos.

El problema de la construcción quiroguista no es esta certeza, sino lo que esta certeza produce, ya que la elección de inevitables alianzas implicará un acierto o un perjuicio para esa candidatura cantada, esa proyección inevitable que solo un imponderable puede llegar a modificar.

En este contexto, Quiroga comenzará a definir su estrategia definitiva, y por eso el discurso de inauguración de sesiones en el Deliberante será clave para comenzar a entender el rumbo que elegirá para hacerlo.

Ante su mirada, no solo aparece un MPN pegado a la posibilidad del renacimiento petrolero pleno, y por lo tanto, poderoso, aunque dependiente todavía de la inestable fragilidad culposa de un gobierno nacional, como es el de Cristina Fernández, que se debate entre la grandeza de las palabras y la pequeñez de las acciones. Aparece una variada gama de dirigentes con construcción territorial acotada, sin proyección al resto de la provincia. Importantes en sus distritos, casi inevitables. Pero relativos en cuanto a su importancia real en el contexto más grande, el que define.

Así, esta semana comenzará a alumbrarse el camino de la oposición al MPN en Neuquén en el último tramo rumbo al gran recambio que se avizora en la política argentina.

Es un momento importante. Es que no habrá momentos vacuos en un país que vive al borde del desastre o de la gloria.

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