El minero sanjuanino que estuvo 1.000 metros bajo tierra 42 días

Aunque parezca ilógico, es real. Valentín Bustos trabajaba en una mina de oro y cinc, cuando por un derrumbe, él y otros 11 compañeros soportaron bajo tierra más de mes y medio, allá por 1958.
La historia surgió a través de Antena 1 y de a poco fue despertando la atención de quienes estábamos en sintonía. Detrás del teléfono se encontraba Marcelo Roldán, un inquieto periodista de Radio Nativa. En estudio, Antonio Nacussi era el interlocutor.

Sin dudas el relato de Valentín Bustos, nos llevó directamente al episodio que recientemente se vivió en Chile, en la Mina San José donde 33 mineros quedaron atrapados 69 días. Pero este era el caso local, uno que nunca se supo y del que tal vez no quedan registros escritos. Por ahí el único testimonio viviente es este hombre que con sus 72 años recuerda ese momento y dice que lo siente muy en el corazón.

Su historia llamó el interés de este cronista, que rápidamente se trasladó hasta Las Casuarinas para encontrarse y conocer en persona al minero sobreviviente.

La vida del minero es dura y el ambiente en la montaña requiere para estos hombres una templanza especial. De hecho, así es don Valentín, quien llegó en su bicicleta al lugar del encuentro, la estación de servicio de Casuarinas. “Vivo a pocas cuadras de aquí, alquilo”, fueron sus primeras palabras.

minero_2Hombre liso y llano entra de a poco en confianza y en la medida que se extiende la charla sus ojos van recordando sus años mozos.

El tiempo que le tocó de encierro era cuando tenía sólo 18 años.

Fue la época en la que trabajaba como aprendiz en la mina de los hermanos Sueiro.

“Fueron más de 40 días de oscuridad, donde al menos yo no tenía miedo”, dice el hombre cuando recuerda el hecho. La realidad es que el tiempo ha hecho lo suyo y el hombre luego de 52 años no recuerda el nombre de la mina. Sin embargo, tiene grabado en su mente los momentos que tuvo que soportar.

“Estoy de acuerdo con la minería y los recuerdos se me despertaron como un cáncer cuando vi a los muchachos que estuvieron tanto tiempo enterrados en Chile”, confiesa Bustos.

La explotación de la vieja mina era de oro. Pero también había un peso muy importante en la extracción de cinc.

“La mina está en Marayes, muy cerca de la estación del ferrocarril, a unos 15 minutos del lugar”, recuerda en la medida en que hace un paseo por el lugar que en su momento tuvo una población de más de 800 personas. Había un barrio de los solteros y otro de los casados. “Yo comía en una casa de un casado que era pariente mío”, dice el hombre.

Don Valentín llegó en 1955 y al poco tiempo lo tomaron como aprendiz, “yo no sabía nada de nada, pero necesitaban gente”. Cuando habla del tema aclara que “no estoy en contra de la minería, que eso quede bien en claro”. Además, cuenta que todavía se encarga de juntar piedras y coleccionarlas. “Tengo piedras de distintos lugares y colores”, precisa mientras sostiene en una de sus manos una imagen de la difunta Correa, encriptada en una roca con colores brillantes que se asemejan al oro.

Tras 42 días de encierro, “cuando nos sacaron de la mina nos encontramos con la feliz noticia de que los patrones se habían ido y nos dejaron abandonados y sin trabajo. Se tomaron el buque como dicen por ahí”, expresa don Valentín.

“Creo que esa gente se asustó y pensaba que nosotros les podíamos iniciar un juicio, pero nadie pensó eso en ese momento”, recuerda y en sus ojos negros los recuerdos fluyen tal cual el flash back de una película.

El grupo que se introdujo en aquel momento a la mina no fue sólo de operarios. “Había gente especializada que nos contuvo durante todo el tiempo de encierro, en especial un doctor”.

La labor minera era mucho más dura que por estos tiempos actuales. Eran tipos de pico y pala, de un taladro y una larga mecha que le entraba a la pared del cerro para comerle al mineral.

“Era una época de túneles donde seguíamos la veta. Entrábamos con carritos y rieles por los largos túneles. En esos sitios, falta el aire, falta todo, la humedad es lo que más mata”, rememora Valentín.

No sabe muy bien lo que ocurrió para que se produzca el derrumbe. “Parece que hubo un problema en la puerta del túnel y ahí es cuando se desprendió parte del cerro y no nos dejó salir”, explica y prosigue, “el problema se nos generó cuando quisimos dejar lugar; pensábamos que no nos tiraban con el guinche”.

El destino dentro de la mina era de 1800 metros bajo tierra y el derrumbe se produjo en los primeros tramos, por lo cual el lugar para recorrer era grande. “Teníamos ramales donde seguíamos la veta y se cortaba, había mucho espacio”.

Sin salida

Sólo la contención del grupo pudo mantener en el tiempo la unidad del grupo. Los alimentos les llegaban por la cañería que inyectaba aire al emprendimiento por intermedio de sondas.

Cuenta que los primeros cuatro días fueron terribles y que la llegada del agua fue para ellos un gran alivio, que les dio expectativas para seguir luchando y manteniéndose vivos.

La única iluminación que tenían eran lámparas de carburo. “Siempre que entrábamos lo hacíamos prevenidos, teníamos materiales para estar un mes trabajando”, afirma.

La realidad es que los mineros tenían en ese momento algunas acciones de prevención. Nos daban pastillas y nos concientizaban que si pasaba algo teníamos que soportar. Pero uno nunca piensa que va a pasar algo y entra con todo”.

La alimentación fue un grave problema que tuvieron que enfrentar reflota don Valentín.

“Nosotros entrábamos por ocho horas y era el tiempo que teníamos para cumplir con el turno, por lo que teníamos muy poca comida”, contó.

Lo cierto es que los víveres y el agua se las hicieron llegar por la cañería que inyectaba aire al fondo de la mina. “Ellos se enteraron cuando llegaron hasta el lugar donde estaba el tapón. En algún momento suspendieron el aire y a los tres o cuatro días mandaron como una especie de sonda, por el mismo caño, agua. Esto vino a ser como una especie de surtidor y fue una gran alegría para nosotros porque estábamos casi muertos”.

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El rescate

“Empezaron a cavar y a buscar la ubicación en las piedras y cuando llegaron nos sacaron a nosotros”, dice don Valentín. Vale decir que en sus tiempos de minero no la pasó muy bien pues con anterioridad al derrumbe también tuvo otro accidente en la pierna.

De todos modos, el hombre recuerda que los días de encierro fueron tranquilos. “Lo que más hacíamos era estar sentados, charlábamos y nos hablábamos mucho”.

El único contacto con la luz eran los cascos alimentados de carburo.

El sanjuanino sobreviviente continúa con su relato y cuenta que después del rescate todos los mineros estuvieron cuatro días encerrados sin ver la luz. “Nos pusieron algo similar a lo de los mineros de Chile; usábamos una especie de antiparras”.

Después de la salida, “me vinieron a ver como 15 familiares que tenía en la planta”, recalca el viejo minero.

La huida de los propietarios de la mina hizo que Valentín ponga punto final a su vida de minero. “Nos enteramos que no existían los patrones. Por ello me tuve que venir a mi pago. Desde ese momento he trabajado en muchas cosas”, afirma.

Hoy, don Valentín tiene 72 años, 9 hijos, 10 nietos y un sueño por cumplir, que es el regresar al lugar de la vieja mina y nuevamente caminar por el lugar. Esto “me pondría muy cerca de lo que sucedió por aquel entonces”, y sentirse orgulloso de poder contar su historia de supervivencia a mil metros de profundidad de la Tierra.

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