Un millón de haitianos aún sobrevive en carpas

Un millón de haitianos aún sobrevive en carpas
Lo denunció desde el lugar el presidente de Médicos del Mundo Argentina, Gonzalo Basile. Las precarias condiciones potenciaron los efectos del cólera. Una pesadilla sin fin para el país más devastado de América.
Horror. Para Basile (abajo a la derecha), es una película que sigue desde enero pasado, aunque sus causas sociales son anteriores.

Un año después, Haití sigue sumergido en el infierno. Las consecuencias del megasismo del 12 de enero de 2010 aún se contemplan en más de un millón de haitianos que jamás despertaron de la pesadilla y que hoy, en vísperas de su primer aniversario, aún la padecen en sus precarias carpas y en las peores condiciones de vida. Así lo denunciaron en diálogo con PERFIL el equipo de Médicos del Mundo de Argentina que hoy se encuentra en el terreno.

“Es díficil tener una real dimensión de la tragedia haitiana. Hablamos de cifras pero detrás de los números hay vidas, hay personas, y una realidad que a uno lo golpea con fuerza cuando desembarca en esta tierra que también es americana, aunque en ocasiones nos suene alejada”, aseguró vía telefónica con este diario Gonzalo Basile, coordinador del Cono Sur de la organización, quien arribó al país hace sólo unos días, en su cuarto viaje desde febrero de 2010. Epidemiólogo, 32 años y con casi una década colaborando con Médicos, lidera la misión humanitaria argentina de ocho voluntarios que trabajan junto a los más de mil colaboradores de la ONG en el terreno, la mayor parte de ellos, profesionales nativos con los que buscan sortear las barreras culturales que naturalmente complican cualquier misión de esta naturaleza.

“No se puede hablar de una foto, pero sí de una película que continúa desde hace un año. Entonces, nos hablaban de campamentos provisorios, pero hoy siguen en pie y se han transformado en precarizadas condiciones de vida. Ni hablar en zonas rurales como Leogane donde ni siquiera hay servicios sanitarios básicos”, aseguró Basile.

Las condiciones de vida no eran mejores en Haití antes del 12 de enero del año pasado. Ya entonces, se hablaba del estado más devastado del continente, con el 80 por ciento de su población bajo la línea de pobreza, una esperanza de vida de apenas 29 años, y dos tercios de su fuerza laboral en empleos informales. Y estas condiciones sólo empeoraron la magnitud del desastre con 250 mil muertos, más de 300 mil heridos y 1,3 millones de desplazados cuyos hogares se derrumbaron junto a gran parte de la infraestructura de Haití. Un año después, aún no hay electricidad en todo el país, ni cloacas o agua potable y es casi imposible comunicarse a líneas celulares, mucho menos con teléfonos terrestres.

“Solíamos hablar de catástrofes ambientales pero Haití nos obligó a cambiar el vocabulario. Ahora se hace imperioso hablar de desastres socioambientales, porque existe toda una estructura social de carencia previa que potencia los daños de cualquier accidente natural. ¿Cómo puede explicarse si no que para un terremoto de la misma escala de Ritcher, en Japón, haya dos muertos y en Haití, 250 mil?”, se preguntó Basile.

Pero no toda la ayuda internacional es bien recibida y algunas presencias ya comienzan a generar roces con pobladores y funcionarios. Fue el caso de los militares de la Misión de Paz de Naciones Unidas (Minustah), cuyo cuerpo fue acusado de importar el brote de cólera en un país que no sufría de la enfermedad desde hacia un siglo. Hoy, ya roza las 3.300 fatalidades y la mortandad se incrementó hasta un 40 por ciento.

“Haití se ha convertido en un Estado ONG. Nadie conoce con exactitud el número de asociaciones que hay, ni lo que hacen, ni lo que gastan”, criticó esta semana el Observatorio Ciudadanos de Acciones de los Poderes Públicos (Ocaph). Sólo el 10 por ciento de los 10 mil millones de dólares comprometidos en marzo en la conferencia de donantes se utilizó. Y el resto quedó congelado, al menos, hasta resolver la escandalosa elección presidencial en un ballottage el próximo domingo.

Un año después, no se trata sólo de reconstrucción. El sismo dejó secuelas: violaciones en los campamentos, aumento de malaria, tuberculosis, fiebre tifoidea, sida, infecciones respiratorias y abortos que se multiplicaron, haciendo aún más difícil la vida en las calles haitianas. Allí donde el optimismo convive con la miseria y la desesperanza.

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