María del Milagro nació arriba de un carro. Entre el cielo y la tierra, la sorda voz de una familia que desea mejorar su calidad de vida. La emergencia de otra percepción desde y sobre la pobreza
—Venimos para ver de qué modo podemos ayudar…
—Acá no nos hace falta nada.
El muro inicial interpuesto al llegar a ese asentamiento periférico, entiendo tiene varios motivos. Promesas incumplidas de dirigentes barriales o políticos, no quedar preso de uso alguno, no hacer nada que genere la reacción de alguien. Pero al final, con la charla, creo que ellos fueron los que nos ayudaron en algo.
La historia es de un milagro. O de María del Milagro, la beba que hoy cumplirá dos meses de vida, y vio el cielo y la tierra, literalmente, en el ingreso al predio de la Congregación Religiosa Siervos de la Divina Providencia. Pero fue arriba de un carro tirado por caballo –que es uno de los sustentos diarios de la familia Martínez–, y tomada al salir del vientre de Pilar, por su propio padre Antonio.
El tema tomó estado público y fue portada de UNO. Se conoció, atravesó el vertiginoso ritmo de los medios de comunicación, pasó, pero esa nueva vida y esa nueva historia están abiertas.
No fue fácil hallar la familia: no tienen ni dirección ni teléfono. Fue cuestión de tomar envión y cumplir aquel pedido que nos quedó presente de las enfermeras del hospital San Roque: que ayudemos a esa madre.
Pascual Uva al final, final sin medias tintas, donde termina la improvisada calle y comienza el precipicio de las barrancas, en zona de bañados.
La postal no es otra que suele mostrar esos asentamientos precarios: una imagen de la pobreza estructural, que escapa a un gobierno en particular, o al de turno, y responsabiliza a décadas de gestiones. Pero que también desnuda a la comunidad, cuyos lazos solidarios espontáneos están cada vez más deteriorados, mientras la indiferencia y el desinterés por el otro son notorios.
El cuadro sintetiza ese fracaso humano, que no es propiedad de una ciudad o una provincia.
—Venimos para ver de qué modo podemos ayudar…
—Acá no nos hace falta nada.
La posterior explicación tampoco sirvió. Pero la charla finalmente fluyó, tal vez porque el brotar de las palabras y el ritmo de la música de Leo Mattioli hicieron su parte.
María del Milagro estaba en brazos de su madre, como hace dos meses atrás, pero ahora rodeada también por sus hermanos Rosa, Antonio, Morena, Nazareno y Claudia. “Yo recibí la criatura, porque ella me dijo que no aguantaba más, pero ella nunca se bajó del carro”, soltó Antonio, cuando empezó a recordar ese hecho que lo sorprendió, cuando se encaminaban a iniciar la recorrida por rotiserías y panaderías “clientes” de la zona sur de Paraná, para recolectar sus deshechos. “Fue la primera y última vez”, largó, y coincidió en carcajadas con su mujer.
En casa
“Estamos tomando una cervecita… Está cara la cerveza, cuando cobramos se nos va la plata enseguida”, nos dijo Antonio, mientras 15 Besitos del León Santafesino sonaba cada vez más fuerte en ese rincón oculto de la capital provincial. “Escuchamos también milonga y Horacio Guarany”, replicó ante la consulta de los gustos musicales.
Los Martínez son una familia que habita en el lugar desde hace mucho tiempo. Hermanos de Antonio, con sus hijos, comparten lo que ellos denominan “un barrio olvidado”. No son más de 40 personas, familiares, cuyos padres se criaron con la pesca. “De grandes empezamos a ranchear”, expresó con sus apenas 32 años.
“Tenemos rebusques, no nos vamos a morir de hambre. Acá el que no come es porque no quiere”, resumió Antonio, aunque no ocultó su envidia, entre risas, por la “panza desprendida y flotante” del fotógrafo de UNO: “Cómo quisiera tener todo eso”, agregó, mientras hacía girar la mano sobre su estómago.
Como contó, viven de la pesca, y lo que reúnen del cirujeo es para los muchos animales que los acompañan. Tienen la Asignación Universal por Hijo, reciben la asistencia del Plan Nacer; esa ayuda social parece no ser una mera dádiva: internalizaron conceptos de vacunación y escolaridad de sus hijos, que asisten a la escuela Nº 19. También cuidan de Rumaldo, un “petiso” de casi 20 años que “tiene todas las vacunas. Eso me preguntaron los otros días”, dijo sobre el relevamiento que encara la Municipalidad de Paraná de registro de carros tirados por caballos.
“Están caros. Un bagual sale 2.500 pesos, pero después hay que pagarle a alguien para que lo amanse”, explicó Antonio, que tras aquel intento para que no nos fuéramos, ya mostraba su carácter alegre, afable e inocente. Solo a partir de la intención de retratar la familia le volvieron las dudas: “Si no es para problemas...”, dijo, y luego de aceptar un poco a regañadientes, pidió que sea con el automóvil que transportó al periodista y fotógrafo de UNO.
Horizonte
No tienen celular y solo un viejo televisor expulsa imágenes de Canal 9 Litoral y Canal 13 de Santa Fe. “Poné que queremos agua y electricidad”, se animó a decir en la despedida. “Es lo único que nos falta” pareció querer decirnos. En la partida, los perros ya no nos ladraron. Atrás quedaron los cantos de los cardenales, rodeados de basura, y encaminamos el retorno al ruido de la urbanidad, pensando en los mitos derribados.
Como sociedad, oscilamos como péndulo entre frases como ‘para qué tienen hijos’, ‘no quieren progresar’, ‘les alcanza con los subsidios del Estado’, u optamos por un ‘pobre gente’, que de vez en cuando nos exhorta interiormente a acercarnos a Cáritas u otra entidad de asistencia social. Pero es poco o nada lo que sabemos sobre ellos. Nos quedamos en el cómodo esquema de pensamiento legado, que versa sobre que las cosas están condenadas a ser así, porque así siempre lo fueron.
Pero hay cosas que no son más las mismas. No quieren comida, piden servicios básicos, como ocurrió hace poco en la villa 351. En la búsqueda de María del Milagro encontramos una historia de final abierto, que afortunadamente abriga esperanza de superación.
“Necesitan otras cosas, no lo que nosotros pensamos que necesitan”
Hay imaginarios colectivos omnipresentes en el tiempo sobre la pobreza. También hay una percepción sobre la realidad y el futuro que ha cambiado desde esos sectores.
Ante la consulta de UNO, la asesora pedagógica y docente de Psicología y Sociología Rita María de la Paz Gotardo (egresada de Ciencias de la Educación) opinó que en general se tiene una representación de pobreza que no se correlaciona con la realidad actual. Tenemos una idea del “pobre” en donde delegamos un conjunto de necesidades que no son justamente lo que tal vez necesitan... Y también creo que de alguna manera hay un intento por parte de ellos de desnaturalizar esta situación. Necesitan “otra cosa”.
—La sociedad todavía cree que hacer algo por ellos es darles algo, comida o ropa. ¿No hay necesidad de un cambio de percepción sobre la pobreza por parte de nosotros como sociedad?
—El imaginario es el efecto de una compleja red de relaciones entre discursos y prácticas sociales que interactúan con las individualidades. Se constituye a partir de coincidencias valorativas de las personas, se manifiesta en lo simbólico a través del lenguaje y en el accionar concreto. El imaginario comienza a actuar como tal tan pronto como adquiere independencia de las voluntades individuales, aunque necesita de ellas para materializarse, en términos de la doctora en Filosofía, epistemóloga y ensayista argentina Esther Díaz.
Al respecto, si nos ponemos a pensar muchas veces reproducimos discursos y representaciones que responden a un discurso común sostenido por todos, en donde juegan los prejuicios y los preconceptos. Y esto se va instalando en nuestro pensamiento.
El imaginario no suscita uniformidad de conductas, sino más bien señala tendencias.
Actualmente creo que se entiende a la pobreza como algo más que la falta de ingresos. La pobreza se refiere también a la equidad, o la falta de equidad. Vivir en la pobreza significa que uno tiene más probabilidades de morir a causa de enfermedades prevenibles, de tener una tasa más alta de mortalidad infantil, de no poder acceder a una educación y de carecer de vivienda adecuada.
También significa mayor vulnerabilidad al delito y la violencia. De todas maneras se han implementado políticas para revertir estas situaciones, y creo que se han obtenido logros positivos. De todas maneras queda mucho por seguir haciendo.
—Hablan de vacunación y de chicos en las escuelas. ¿Son avances de las políticas sociales como la Asignación Universal?
—Creo que uno de los aspectos más positivos de estas políticas tiene que ver con las campañas de concientización sobre la necesidad de vacunarse, en donde el Estado busca asegurarse de que los niños y adolescentes asistan a la escuela, se realicen controles periódicos de salud y cumplan con el calendario de vacunación obligatorio, ya que estos son requisitos indispensables para tener acceso a la asignación. Al respecto considero de que sí sería una avance. De todas maneras, quedan varias cosas para seguir mejorando.
—También asoma como déficit la falta de escuchar su voz, sus expectativas, sus sentimientos, que solo conocemos parcialmente cuando emerge algún reclamo puntual.
—Creo que hay una fuerte politización de la pobreza, en donde “el pobre”, más que sujeto, termina siendo “objeto”. Y muchas veces nuestro imaginario del pobre desemboca en la idea de que el pobre es delincuente, vago, que quiere todo de arriba, seguida de esta imagen de que “si entro a la villa me van a robar”.
Hay una homogeneización de lo que entendemos por “pobre”. Es decir, globalizamos y generalizamos dejando de lado las particularidades de estas subjetividades. Nos guiamos por “supuestos”, los cuales siguen reproduciendo un discurso común.
—Como aquel lugar común de la sociedad acerca de que “ellos mismos no quieren progresar”.
—La gente, a partir de la valoración imaginaria colectiva, dispone muchas veces de parámetros limitados para juzgar y para actuar. Esto de decir “son todos iguales”, “para qué darles más si total no van a cambiar”, responde a estos imaginarios de los cuales muchas veces no podemos escapar. Reproducimos ideas, las cuales se van viralizando; es decir “una vez alguien lo dijo y por eso lo decimos todos”. Creo que esto también se va a instalando a partir de lo que vemos y escuchamos en los medios; y lo más triste, a mi parecer, creo que tiene que ver con que “si vos pensás de este modo o decís aquello”, es un indicador para juzgar tu pensamiento político. Considero que no se trata de la camiseta que tenemos puesta, sino de poder hacer algo y cambiar estas representaciones.
Las representaciones dominantes muchas veces se instituyen a partir de una idea que es hegemónica. Es decir, y con esto vuelvo a lo que dije anteriormente, que inevitablemente reproducimos ideas que escuchamos de los otros.
Considero que es un desafío poder cambiar estas percepciones. Instituir otra representación de lo que entendemos por clase social, y fundamentalmente, de las clases sociales más carenciadas en donde justamente están necesitando otras cosas, y no lo que pensamos que necesitan.

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