El Tribunal lo halló culpable del homicidio de su jefe policial y de haber causado numerosas heridas a sus compañeros de la división Criminalística.
A las 17.10, ayer, el tribunal develó el fallo tras un proceso iniciado el 12 de mayo. Con la pena, la Justicia bajó la persiana a una tragedia que sacudió a la provincia el 9 de octubre del 2012.
Esa mañana, Cascio abrió fuego contra Bravo, a quien asesinó de 9 tiros. Su raid prosiguió contra Juan Eduardo Conci, quien recibió 8 disparos (sobrevivió); y también contra Diego Moisés Ledesma y Mario Daniel Jiménez.
Antes de la sentencia, al hacer uso de la palabra Cascio manifestó: “Le pido disculpas a todas las familias a las que dañé; también pido a Dios que ilumine al tribunal al fallar”.
El hombre había ingresado a la fuerza policial en 1992, período en que tuvo diferentes destinos: para la defensa y los psicólogos, hubo hechos que gravitaron en su estado anímico-psicológico: un accidente en 1995, en que sufrió daños irreversibles en un ojo; su paso por Armamento de la policía y en el 2012 supuestos desvaríos, calificados luego por los expertos como trastornos que minaron su salud mental. Pero era consciente de sus actos.
Así, paradójicamente el 9 de octubre descargó su ira en contra el hombre que había advertido sus cambios emocionales, el comisario Bravo: “No le hagan bromas a Cascio que no anda bien de la cabeza”, dijeron sus pares que supo advertirles la víctima.
Un año y ocho meses después, los vocales Élida Suárez de Bravo, Angélica Peralta de Aguirre y Federico López Alsogaray acaban de enviar a Cascio de regreso a Infantería condenado a perpetua.
“Yo también he muerto”, susurró a su defensa. Durante años, no podrá recibir rebajas. Recién entonces estará en condiciones de aspirar a que la Justicia atenúe la dura condena. Un cometido que hoy aparece utópico.
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