En el relato de los habitantes de Santa Rosa de Lima, uno de los tantos barrios que ocupó el agua, subsisten los rastros de aquellos días trágicos. Salieron adelante, pero no olvidan.
“Perfecto. Ya pasó”, afirmó Viviana Sosa cuando se le preguntó cómo estaba e inmediatamente buscó oxígeno con la cara para arriba. El cuerpo no miente y cuenta. En esa posición, inspiró intensamente. Es que si busca para abajo, para adentro, bien profundo, el dolor brota y ocupa todo como el agua de aquel 29 de abril. “A las 14 rompió la vía, a las 16 inundó el hospital y a las 19 tenía 2,80 metros de agua acá adentro”, describió Viviana. Su local “Video universal”, ubicado en Mendoza 4258, fue tapado por el maldito líquido.
Tras ponerse de pie “y seguir adelante” hay una cosa que jamás olvidará: “Ese día a las 9, las autoridades nos dijeron que no nos íbamos a inundar y por eso no saqué nada”, soltó y ahí sí, no logró contener las lagrimas.
Marcelo Ramírez, un mecánico que tiene su taller en Mendoza 4212, lamenta ver ingresar al equipo de El Litoral. “Hoy no quería acordarme de nada”, dijo, flotó el silencio y siguió sin que alguien se lo pida. “Temprano el agua llegó a mi casa, al fondo del barrio y por ir a sacar a mi familia no pude salvar las cosas del taller. Al mediodía acá tenía 2 metros de agua. Perdí todo”, recordó.
A Isabel Orbe, una vecina de Mendoza al 4200, se le ocurrió que tal vez escribir un libro le sirve a cerrar las heridas. ¿Y cómo lo empezaría?, se le preguntó. “No sé, pero tal vez me ayude a sacarme el odio”, fue su respuesta.
Guadalupe y Paola se niegan a volver a atrás pero unas simples preguntas, tan inofensivas que parecen tontas, desatan el relato y el llanto. Detrás del mostrador del local de materiales que atienden, también ubicado sobre calle Mendoza frente al hospital de Niños, miran fijo a la calle como si vieran pasar de nuevo el agua y a sus vecinos desesperados.
“Me acuerdo de escuchar la radio. No me olvidaré jamás de la mirada de la gente cuando salía del barrio, la angustia y la desesperación. Preguntarles y que digan que no sabían dónde estaban los chicos. Esas caras no se me borran más”, contó Guadalupe, y Paola asentía con un gesto lento.
No dejaban de mirar afuera. “Nos recuperamos trabajando. Vendemos materiales y era un rubro muy buscado porque Santa Rosa de Lima quedó muy mal. Acá en casa, en el primer piso había muebles y electrodomésticos de toda la cuadra, de todos los vecinos”, dijo Guadalupe, sin mucho orden, con voz serena y siguió: “Cuando creció el río hace pocos días, no estuve tranquila hasta que fui hasta la defensa. Soy consciente de que lo que nos pasó, fue por desidia del gobierno, porque no nos avisaron”.
La mañana parecía como cualquier otra en Santa Rosa de Lima, pero todo está guardado en la memoria y revive cada 29 de abril.
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