María Elena: la maga de Ramos Mejía

Ernesto Schoo

Hacia 1948, un grupo de amigos jóvenes nos reuníamos casi todos los domingos en Ramos Mejía (entonces apacible y casi campestre), en la casa de Pepe y Nela Fernández. Recuerdo algunos nombres, aunque se me mezclan las épocas, porque las reuniones se prolongaron en el tiempo: Juan Rodolfo Wilcock, Sergio Lubavsky (hijo de Demetrio, notable paisajista), Rodolfo Arizaga, Aldo Trovato, Silvia Coppola (hija de Horacio, el fotógrafo, y de Grete Stern), la propia Grete -en cuya hermosísima casa, también en Ramos, obra del arquitecto Vladimiro Acosta, solíamos encontrarnos-, y siempre alguien relacionado con el teatro, el cine, la música, los libros. De vez en cuando aparecía una muchachita que se había hecho famosa en 1947, a los 17 años, con un espléndido primer libro de poemas, Otoño imperdonable . Antes del cual ya se la conocía por sus colaboraciones en el suplemento dominical de este diario y en la revista El Hogar .

Era María Elena Walsh, siempre acompañada por su hermana. Todos estábamos vagamente enamorados de esa jovencita que parecía tímida, que hablaba poco, se reía menos y en cuyos ojos solía encenderse una luz burlona, al hacer una aguda autopsia de un colega, o proferir una ocurrencia ingeniosa. Ya se sabe: "Cuando sonríen ojos irlandeses?". Después de las tardes en Ramos Mejía y cuando Pepe Fernández ya se había ido a vivir a París, volvimos a vernos allí, en 1956, en mi primer viaje a Europa, cuando Pepe me invitó a oír a Leda (Valladares) y María Elena en un diminuto local, La Guitarre, donde él atendía el guardarropa y ellas cantaban folklore argentino y antiguas trovas españolas. Pepe será, años después, el destinatario de una de las más hermosas canciones de Walsh, la "Zamba para Pepe".

Cuando María Elena hizo su inolvidable unipersonal Juguemos en el mundo , a mediados de los 60, en el Regina, la entrevisté para Primera Plana . Una larga entrevista, la única vez en que hablamos largo y tendido. Nunca fuimos exactamente amigos, sino más bien buenos conocidos, hasta que un incidente, acaso trivial, durante mi gestión en el San Martín, pero donde ella se dejó arrastrar por su ardor combativo, nos apartó para siempre. Lo que no fue obstáculo para que siguiera admirándola como una de las más auténticas creadoras, y más hondamente argentinas, que haya conocido. No sólo la prodigiosa colección de canciones infantiles que, a la par de renovar el género, evoca el encanto de las antiquísimas trovas españolas, sino la profundidad de pensamiento, el coraje cívico, la calidad poética impar: su asombroso poema sobre Eva Perón, las "Temerosas palabras para un ser puro" -publicadas en este diario hace muchísimos años-, las definiciones memorables: "Porque me duele si me quedo, pero me muero si me voy"; "Un amigo nuevo no es lo mismo, Pepe: se quiere por la mitad".

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