La "década ganada" termina a oscuras, sin servicios mínimos. El cuadro social se agravó: hay más inseguridad, más droga y más inequidad. No se radicó ni una fábrica.
El rotundo fracaso de la gestión de José Alperovich durante 11 años de manejo discrecional del Estado está a la vista de todos.
Luego de gastarse más de 20 mil millones de dólares, producto de una presión fiscal sin antecedentes, el gobernador ni siquiera puede garantizar los servicios básicos de agua y luz.
Mientras desde el gobierno se dan excusas, o se culpa a otros, cientos de miles de tucumanos tienen que vivir el final de la "década ganada" a oscuras y sin baños.
No es una dificultad aislada o coyuntural, sino un gravísimo problema que se viene extendiendo año a año ante la pasividad oficial.
Al asumir en 2003, Alperovich había profetizado: "Cuando vean mi gobierno, los tucumanos se van a olvidar de Celestino Gelsi".
Hoy, sólo el ministro del Interior, Osvaldo Jaldo, jefe del apriete político en las empobrecidas comunas rurales, puede calificar a Alperovich como "el mejor gobernador de la historia".
Jaldo quiere un lugar importante en 2015, y sabe que las chupadas de medias cotizan alto en el alperovichismo.
Celestino Gelsi, en cambio, no necesitaba andar rodeado de aplaudidores.
La realidad es que Alperovich desaprovechó una oportunidad única para Tucumán.
¿Qué transformaciones estructurales se hicieron en la provincia durante la década de mayor bonanza en la historia del país?
El cuadro social de la provincia empeoró gravemente: hay más inseguridad, más droga y más inequidad. No se radicó ni una fábrica (sólo se inauguraron supermercados y call centers), la matriz productiva sigue igual, se perdieron posiciones frente a provincias vecinas, y el objetivo de máxima de la administración vuelve a ser el pago de los sueldos a los estatales, como en 2001.
Ese panorama -sumado a la degradación institucional, los negociados y el nepotismo- es el saldo grueso de la larga gestión de Alperovich, que hoy tiene un descomunal presupuesto de 24 mil millones de pesos, destinado prioritariamente a engordar bolsillos privados y consolidar el nefasto sistema clientelar de la política tucumana.
Al asumir, Alperovich borró los rastros de sus vínculos previos y sucesivos con la UCR, el bussismo, el menemismo y el duhaldismo, para transformarse en extremista K.
La vocación de Alperovich para someterse a las órdenes de la Casa Rosada supuestamente le iba a servir para “convertir a Tucumán en la mejor provincia del país”, con la plata que vendría de Buenos Aires.
Hoy a Gelsi -que gobernó menos de cuatro años- se lo sigue recordando por El Cadillal (construido contra la voluntad del gobierno nacional), el Hospital de Niños, la Maternidad, el Centro de Salud, rutas, usinas y múltiples obras que cambiaron el perfil de Tucumán.
De Gelsi siempre se dirá que defendió el federalismo, y -en lo personal- que vivió con sencillez, sin necesidad de rodearse de mafiosos, guardaespaldas o adulones. Murió en la estrechez económica.
En lugar de diques, autopistas o centrales eléctricas, Alperovich legará obras que en realidad se deben atribuir a los intendentes (asfalto, cordón cuneta, semáforos, etc.).
Y en la memoria histórica quedará grabada la imagen del sometimiento económico de Tucumán al poder central, el alineamiento político incondicional al kirchnerismo, la demagogia y la dádiva como eje de la gestión.


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