El género trans es la manera con la que se asocia a las personas que se identifican con una identidad contraria a sus genitales.
En Argentina el Gobierno Nacional ha aprobado leyes que reconocen algunos de los Derechos reclamados históricamente por movimientos activistas de lucha por los Derechos Humanos. Sin embargo estos derechos llegan a las personas cuando son adultas, mientras tanto atraviesan un sin fin de obstáculos, aberraciones y traumas que no están contempladas en la ley para un niño que siente su identidad contraria a la asignada por el Estado. La infancia trans es una de las cuentas pendientes que tienen nuestras sociedades, gobiernos e instituciones.
RÍO GRANDE – Durante siglos se ha asociado a la identidad con género y a estos dos se los consideraba según los genitales con los que nacía una persona. Es decir que si un sujeto naciente tenía pene se lo asociaba inmediatamente con el género masculino y si poseía vagina se la vinculaba al género femenino. Sin embargo hay personas que entienden que la identidad que poseen está determinada por la percepción subjetiva que tiene cada sujeto sobre sí mismo, independientemente de sus genitales.
Históricamente las personas gay, transexuales y travestis han luchado para que los Estados les reconozcan derechos, sobre todo el derecho a la igualdad; es decir, tener las mismas oportunidades, beneficios y garantías negados por los gobiernos, las instituciones y la sociedad. Desde luego hay que destacar que en la última década, el gobierno kirchnerísta ha impulsado dos leyes de reconocimiento de derechos, que fueron fundamentales para la comunidad gay, trans y lésbica: la Ley de Matrimonio Igualitario y la Ley de Identidad de género.
Ley de matrimonio igualitario y Ley de identidad de género
En mayo del 2010, Argentina se convirtió en el primer país en Latinoamérica en adoptar el matrimonio civil entre gays. La aprobación de esta ley impulsada por el movimiento LGTB Argentina y presentado por el Frente para la Victoria conseguía así que la Cámara de Diputados y la Cámara de Senadores aprobaran la reforma del Código Civil incluyendo en el mismo el casamiento entre personas del mismo sexo.
Además la asociación LGTB obtuvo un nuevo reconocimiento el 9 de mayo del 2012, cuando fue aprobada la Ley de Identidad de Género, Nº 26.743. Esta ley reconoce entre otras cosas el derecho toda persona a solicitar la rectificación registral del sexo, según la autopercepción y vivencia interna con la que desea desarrollar sus actividades. Sin embargo la ley solo reconoce este derecho a personas mayores de 18 años.
A pesar de haberse aprobado estas leyes aún falta mucho por hacer. ¿Por qué? Porque si bien estas leyes reconocen los derechos de las personas con identidades diferentes a las establecidas patriarcal, cultural y socialmente, no contemplan a los menores de 18 años. Es decir que una persona que no se siente representada por la identidad asignada desde su nacimiento, debe esperar hasta ser adulto para poder ser reconocidos por el Estado.
En diciembre del año 2013 una niña trans llamada Cody debió abandonar la escuela la que asistía por utilizar los baños para niñas. Los padres de Cody, Kathryn y Jeremy Mathis, presentaron una denuncia frente a la División de Derechos Civiles de Colorado, alegando que el centro había violado los derechos de su hija y el estatuto antidiscriminación del estado que se aplica a los transexuales. En junio de 2014 la Justicia falló en favor de la menor permitiéndole a la menor regresar a la institución. Este hecho marcó un precedente en el mundo y se instaló el debate acerca de los derechos del niño, esos derechos que no estaban contemplados aún.
En Argentina sucedió algo parecido cuando Gabriela Mansilla, madre de Lulú, consiguió en octubre de 2012,el primer Documento Nacional de Identidad para un menor Trans. Luego de dos años de lucha y de 6 años de sufrimiento de la menor y la familia, el Estado decidió otorgarle la identidad a su hija.
Yo nena, yo princesa
YO NENA, YO PRINCESA. Gabriela Mansilla decidió escribir un libro en el que cuenta la experiencia que atravesó ella como madre.
Luana es una niña que nació como varón, o así lo determinaba su documento de identidad y su imagen frente a la sociedad. Lo vestían y trataban como un nene, sus juguetes eran autitos, trencitos y muñecos, pero en su interior fue desarrollando su propia identidad, una contraria a la asignada por las instituciones.
¿A qué edad comenzó Lulú a manifestar la comprensión de su propia identidad? Su mamá, Gabriela Mansilla expresó: “al año y 8 meses mi hija me dijo “yo nena, yo princesa”, pero desde su nacimiento ella era muy inquieta. Fui madre de dos mellizos y Luana siempre tuvo una conducta diferente; al hermano cuando lloraba le dabas un autito o un juguete y se calmaba, sin embargo con ella era diferente, lloraba, tenía la mirada triste, nada la conformaba”.
La niña tuvo una infancia dolorosa, sufrió la falta de comprensión del entorno. Su madre comenta: “Luana solía ponerse una remera con la que simulaba tener un vestido, amaba las películas de Disney donde habían princesas. Le dejaba usar esa remera porque era lo único que calmaba sus llantos, su reacción violenta, autodestructiva. Porque cada vez que decía que era una nena, le decíamos no ¡Vos no sos una nena, sos un nene! Su actitud nos desconcertaba”.
Gabriela decidió consultar a distintos especialista “primeramente acudí al pediatra quien dijo que las actitudes de mi hija se debían a la falta de tiempo que compartía con el padre, que necesitaba una figura paterna, pero el hermanito y ella compartían el mismo tiempo, los mismos juegos y recibían el mismo trato del padre”. La mama cuenta que posteriormente asistió a consultas con una psicóloga la cual les sugirió que utilicen métodos correctivos para afirmar su sexualidad: doblegar su actitud y la aplicación de castigos severos. Sin embargo ello en vez de ayudarla, le provocaba daños, infelicidad y sufrimiento. “no lo soportaba, la veía tan triste, tan infeliz, en vez de ayudarla la estábamos destruyendo”.
Lulú y la Familia
La familia de Luana estaba compuesta por su mamá, su papá y su hermanito mellizo. Su mamá señalóque al principio le costó entenderlo, pero que una vez que comprendió lo que a sus hijos los hacía felices y sobre todo a su hija, decidió acompañarla.
Gabriela relata que la familia materna fue fundamental para que el desarrollo de la niña fuera lo menos conflictivo posible “su Tía Silvia no soportaba las indicaciones que daba la psicóloga, la consentía en silencio y complicidad los deseos de mi hija. La tía no acompañó el tratamiento impuesto”.
La mamá recuerda que “mi familia sufrió mucho, luego de que tomé la decisión de luchar por la felicidad de mi hija, su identidad, toda mi familia acompañó este recorrido. Mi familia le da todo el amor, mi mamá se impuso y decía que a quien no le gustara que no entrara a su casa. La familia del papá nunca estuvo para él, menos para mis hijos”.
Según la mama de la menor, el papá estuvo muy confundido; avalado por la psicóloga que lo instaba a aplicar los correctivos para afirmar la masculinidad de la niña. “El padre tuvo mucha resistencia, porque esta cultura es machista, totalmente es patriarcal. Todo lo que podía hacer o decir Luana era de marica, de puto, no era bien visto. Él no iba a quedar bien visto delante de la gente”.
Infancia trans y las instituciones
Si bien la Ley de Identidad de Género es un hecho, está aprobada y debe ser cumplida, algunas instituciones parecen desconocerla o simplemente burlan a la justicia. Los jardines y escuelas son algunas de las instituciones en las que los niños desarrollan sus actividades.
¿Cómo es para un niño trans asistir a una institución escolar? ¿Cuáles son los principales obstáculos que deben atravesar?
Gabriela Mansilla cuenta que el ingreso al Jardín fue difícil: “Luana empezó a reconocer a otras nenas, quería hacer lo mismo que ellas por ejemplo formar en las mismas filas que las nenas, las mismas vestimentas y no se podía”. La mamá recuerda lo difícil que era lograr que los docentes la traten como una nena, que pudieran entenderla aunque si bien en un principio su hija iba vestida como varón, luego de recibir ayuda y consejos de Valeria Paván (activista del movimiento CHA, Comunidad Homosexual Argentina)decidió mandarla vestida con ropa de nena, cumpliendo con el deseo de su hija, pero que aun así la institución se oponía. Luego de presentar algunos informes junto a CHA, lograron que Luana ingresara a los 5 años como nena.
El ingreso de la menor al nivel primario fue menos traumático, su madre cuenta que para ese entonces el caso ya era conocido y que en el colegio en el que anotaron a la menor y a su hermanito las autoridades y maestros le brindaron todo su apoyo. Sin embargo agrega que hay muchas cosas que modificar como ejemplo los baños, uniformes, etc. “Estamos inmersos en una cultura machista, tienen que cambiar las formas de concebir lo que le corresponde a un hombre o una mujer”.
Pero las instituciones escolares no son las únicas a las que les cuesta reconocer la forma en la que se autopercibe una persona, como se ve y actúa. “Hay organismos que aún no reconocen la identidad de mi hija y eso que tiene DNI” indicó Mansilla. “Una vez un médico no la quiso atender porque decía que el documento decía que era nena pero que Luana tenía genitales masculinos. Le pregunte lo que veía y me dijo que veía a una nena pero con pene. Entonces me parece que hay mucho por cambiar, si él veía a una nena es porque era una nena, aparte como no va a negarse a atenderla, era una niña”.
Por otra parte y sumando a la falta de reconocimiento por parte de las instituciones públicas y privadas, Úrsula Sabarece activista del movimiento LGTB de Chaco agrega: “las obras sociales se niegan a reconocernos la identidad que adoptamos, los hospitales o clínicas no nos dan la atención que tienen el resto de las personas. Hasta los policías o la televisión nos marginan, la Ley ayuda pero falta mucho. A cualquier persona trans se la debe tratar por como decide representarse socialmente, independientemente de portar un DNI o no, porque si no lo tenés y vas a vestida como mujer a ver a un médico, este debe tratarte por cómo te ve”.
Teniendo en cuenta todas las adversidades por las que atravesó y atraviesa su hija, Gabriela Mansilla decidió escribir un libro en el que cuenta la experiencia que atravesó ella como madre, los sufrimientos de Luana y la lucha que llevó adelante por conseguir la felicidad de su hija. El libro sirve no solo para entender lo que su hija sufrió sino que espera que sirva para que otros niños no tengan que pasar por lo mismo. El libro “Yo nena, Yo Princesa” puede pedirse en las librerías de todo el país o contactándose por Facebook con su autora, la mamá de Lulú.
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