Por Jorge FontevecchiaEn Crítica de la razón práctica, Kant escribió algo que parece dirigido a Lousteau y Strauss-Kahn: “Tomemos a cualquiera que considere irresistible su inclinación lujuriosa cuando se le presenta una ocasión propicia para ello y tenga delante al objeto amado, e interroguémoslo sobre lo que haría si ante la casa donde encuentra esa oportunidad fuera levantado un patíbulo para ahorcarlo nada más por haber gozado de su voluptuosidad; ¿acaso no sabría dominar entonces su inclinación? No cuesta mucho adivinar cuál sería su respuesta”.
Lacan citó esta historia en su Seminario sobre ética, pero Kant ya había tomado la idea del libro Emilio, o De la educación, donde Rousseau escribió: “No es cierto que la inclinación al mal sea invencible y que no seamos capaces de vencerla antes de haber tomado la costumbre de sucumbir a ella. Se dice que muchos hombres arrebatados por el amor compraron voluntariamente con su vida una noche con Cleopatra, y tal sacrificio no es imposible en la embriaguez de la pasión. Pero supongamos que el hombre más impetuoso y que menos domina sus sentidos viera el potro del suplicio, seguro de perecer atormentado en él un cuarto de hora después; poco le costaría entonces resistir a las tentaciones; la espantosa imagen que las acompañaría lo apartaría enseguida de dichas tentaciones y éstas, al verse rechazadas una y otra vez, se cansarían de volver. Siempre se tiene la fortaleza suficiente para hacer lo que uno quiere con vehemencia”.
Para Kant, como para Rousseau o Lacan, el ser humano es libre y responsable de sus actos en todo momento. Kant asociaba la ley moral a un condicional contrafáctico que indica que podríamos haberlo hecho de otra manera. Para Rousseau, “cuando las pasiones nos arrastran y sucumbimos a ellas, el peor tormento es comprender que podríamos habernos resistido a las mismas”. Y en Etica para Amador, Fernando Savater escribió: “Al actuar mal y darnos cuenta de ello, comprendemos que ya estamos siendo castigados, pues no hay peor castigo que darse cuenta de que uno está boicoteando con sus actos lo que en realidad quiere ser”. La responsabilidad descansa en saberse libre: “Cada uno de mis actos me va construyendo, me va definiendo, me va inventando. Al elegir lo que quiero hacer, voy transformándome poco a poco. Todas mis decisiones dejan huella en mí mismo antes de dejarla en el mundo que me rodea. Y una vez empleada mi libertad en irme haciendo un rostro, ya no puedo quejarme o asustarme de lo que veo en el espejo cuando me miro”.
Schopenhauer pensaba que “allí donde radica la culpa, tiene que radicar también la responsabilidad, y éste es el único dato que nos habilita para inferir la libertad moral”.
Pero la vida es más compleja. El mismo Rousseau escribía: “Cuando nos ocupemos de comparar lo que hemos hecho con lo que hubiéramos debido hacer, será entonces cuando la voz de la conciencia recuperará su fuerza y su imperio; será entonces cuando la voluptuosidad pura que nace del contento de sí mismo y el amargo pesar por haberse envilecido distinguirán mediante unos sentimientos inagotables el destino que cada cual se habrá preparado”. Es también el mismo Rousseau que abandonaba a sus cinco hijos en un orfanato.
Sobre esta paradoja, Hans Jonas escribió en su libro El principio de responsabilidad: “Encontramos un caso de una responsabilidad y un deber elementales no recíprocos, que se reconocen y practican espontáneamente: la responsabilidad y el deber para con los hijos que engendramos y que perecerían sin los cuidados que a continuación precisan. Es éste el único comportamiento totalmente altruista procurado por la naturaleza. De hecho, el origen de la idea de responsabilidad no es la relación entre adultos autónomos sino esta relación consustancial al hecho biológico de la procreación. Este es el arquetipo de toda acción responsable, arquetipo que, felizmente, no precisa ninguna deducción a partir de un principio, sino que se halla poderosamente implantado por la naturaleza en nosotros”.
Volviendo a Kant, en sus Lecciones de ética explica: “El tribunal interior de nuestra conciencia se asemeja en mucho a un tribunal de justicia ordinario. Dentro de nosotros nos encontramos con un fiscal que no podría ser tal de no existir una ley moral dada por la razón. De otro lado, también hallamos en el hombre a un abogado defensor, que no es otro sino el amor propio, el cual tiende a disculparlo y a refutar las acusaciones objetando los alegatos del fiscal. Por último, encontramos asimismo en nosotros un juez que nos absuelve o condena. Este juez dictamina de un modo enteramente imparcial y su sentencia es inapelable”.
La metáfora del tribunal interior tiene una larga tradición. Michel de Montaigne sostenía: “Al ser los únicos espectadores de nuestra vida privada, hemos de haber establecido en nuestro interior un modelo al que remitir nuestras acciones y, según él, acariciarnos o castigarnos. Tengo mis leyes y mi tribunal para juzgarme a mí mismo y a ellos me atengo más que a cualquier otra cosa. Sólo tú sabes si eres cobarde y cruel, o leal y devoto”.
El agente moral kantiano que rinde cuentas ante sí mismo es también el propio legislador de sus reglas morales: “El hombre no conoce otro patrón para sus acciones que aquel ser divino albergado en su fuero interno con respecto al cual se compara y juzga”.
“Un ser humano puede evocar cierto comportamiento contrario a la ley, como un desliz inintencionado, como una simple imprevisión de la que no cabe nunca sustraerse por completo y, en definitiva, como algo a lo cual se vio arrastrado por el torrente de la necesidad natural, declarándose inocente por todo ello. Sin embargo –continúa Kant–, descubre que aquel abogado defensor, al hablar a su favor, no puede hacer acallar de ningún modo a ese fiscal acusador ubicado en su fuero interno, aun cuando se explique su falta por cierta mala costumbre contraída mediante un paulatino descuido sobre uno mismo, todo ello no puede ponerle a salvo de la autocensura y los reproches que se hace a sí mismo.”

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