En Palermo estaba todo preparado para disfrutar pero llegó la lluvia y los bosques quedaron desolados.
La jornada había amanecido soleada y con un gran despliegue de la Policía Federal, Palermo se preparaba para el tradicional festejo de los estudiantes. Pero alrededor del mediodía el cielo se encapotó y cuando cayeron las primeras gotas, un poco después de las 13, los planes cambiaron.
Guitarra en mano, Leo y sus amigos aprovechan la sombrilla de la cafetería del Paseo de la Infanta para resguardarse de la lluvia. “De entrada nos dimos cuenta de que todo iba a salir mal, pero es el Día de la Primavera y acá estamos”, bromea con Luis, Maxi, Fiodor, Verónica, Lena y Francisco. El plan original era ir para el lado de Olivos, pero fue mutando y no saben cómo van a seguir.
Lorena Páez se acurruca con sus dos hijos y su cuñada debajo de un árbol. “Vivimos en Maquinista Savio, Pilar. Siempre vamos a Tigre y como hace mucho que no veníamos para acá se nos ocurrió cambiar. Suerte que trajimos campera. Si no se larga nos quedamos, pero si sigue así...”, se anticipa entre bocado y bocado de los sándwiches de pan lactal que trajeron en la heladera portátil (además del mate y las sillitas plegables, infaltables).
Más atrás, un grupo de amigas de Billinghurst, San Martín, hace el aguante alrededor de una lona. “Es la primera vez que venimos a Palermo y nos recibe así. La idea era pasar la tarde, ver si conocíamos algún chico, pero no hay. Nos vamos a quedar igual, ya que viajamos hasta acá”, da por sentado Pamela Fretes mientras Brenda, Lucía, Macarena, Micaela, Jakelin, Tamara y Ayelén la escuchan.
El grupo más numeroso se ubica cerca los lagos. “Pertenecemos a un movimiento de Venezuela que se llama El Evangelio Cambia. Con coreografías y obras de teatro mostramos que no hacen falta drogas y alcohol para divertirse”, explica Gastón, uno de los colaboradores.
De a ratos la lluvia se pone más intensa, el parque empieza a vaciarse y la mayoría de los puestos callejeros bajan la cortina. Fabián, Yuyo y Gustavo caminan alrededor del Rosedal, que está cerrado para evitar daños. “Trabajamos en un boliche de Palermo y salimos juntos una vez por semana. Como era el Día de la Primavera lo pasamos para hoy”, cuenta Gustavo. “Pero de primavera, nada. Estamos pasando el día”, se suma Yuyo, de Puerto Rico, que vive acá desde hace tres años.
Después de las 17 el personal del Gobierno de la Ciudad empieza a levantar el vallado y los agentes también se repliegan. El parque queda casi vacío, desolado.
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