En Libia, la OTAN es ahora otra parte del problema

Por Marcelo Cantelmi

La operación militar occidental duda sobre el objetivo y genera más críticas. Ahora el panorama es más imprevisible que hace tres semanas, lo que fogonea los extremismos.

En las guerras de Afganistán y de Irak, esa última dirigida a tumbar al déspota Saddam Hussein y justificar de un modo más estentóreo la vaporosa ofensiva antiterrorista global, EE.UU. necesitaba el apoyo y facilidades de la dictadura de Pervez Musharraf en Pakistán. Como ese país tenía un conflicto permanente con India, aliado crucial de Washington, George W Bush y su socio guerrero británico Tony Blair, se lanzaron a intentar resolver en cuestión de días un molesto conflicto entre dos naciones con enorme poderío nuclear y que se arrastraba desde hacía más de medio siglo.

Esa irresponsabilidad voluntarista en gran medida pinta los resultados posteriores de la aventura en Irak, cuyas consecuencias afloraron después que se cruzaron los límites convirtiendo a ese país y a Afganistán en los escenarios de las guerras más prolongadas y aun sin puerta de salida que ha librado EE.UU. en su historia.

El caso libio y la intervención de la OTAN evoca la misma ligereza de comportamiento, acompañada hoy como entonces, de un enorme oportunismo . Toda la operación provoca la analogía de un embarazo a medias. El comando rebelde que se había creído la historia de que tendría un apoyo cerril de Occidente, ha descargado su furia porque esa actitud de estar y no estar de la Alianza Atlántica permite que las fuerzas de la dictadura de Muammar Kadafi mantengan en todo momento su iniciativa y destruyan el magro poderío militar de los revolucionarios . Saben que si ganan será en pedazos y encima sin heroísmos.

El Norte mundial parece haber descubierto con demora que las guerras chicas siempre generan grandes problemas.

La Casa Blanca ha decidido bajarse de la ofensiva militar sobre los blancos del régimen y dejar que sus socios británicos y franceses hagan una tarea acotada, solo destinada a mantener un límite muchas veces poroso a las fuerzas de la dictadura. El general Carter Ham, jefe del comando africano de EE.UU. aclaró en estas horas que el conflicto libio no se va a resolver en las trincheras y de paso advirtió que no habrá armas para los rebeldes “si no hay una mejor idea de quiénes son”.

Los colegas de Kadafi en Argelia o Yemen deben haber celebrado esas palabras. Vienen agitando la idea del enemigo terrorista oculto en las entretelas de esta revolución, agarrados de ese espectro como de una soga en el mar por las convulsiones internas que están por arrojarlos a ellos también al basurero de la historia.

El realismo de Occidente es tardío y fragmentario y por eso se parece a un balbuceo al sostener primero a los dictadores y luego suponer que se pueden inyectar gobiernos débiles que los sucedan. Washington y su poderoso socio de Arabia Saudita le han quitado la mano al dictador Ali Abdullah Saleh de Yemen , quien lleva 32 años aferrado al poder, porque han advertido que acaba siendo más explosivo proteger que abandonar a estos tiranos.

Lo hacen después de dejar avanzar demasiado la furia popular suponiendo que era neutralizable y se ven obligados a actuar a la defensiva. Riad necesita con urgencia que se estabilice la zona antes de que la razón social y democrática de estas revoluciones mueva los cimientos también de esa corona. Saleh matando gente en Yemen es una cadena al infierno.

También Kadafi en la petrolera Libia. Un camino democrático convenientemente controlado aquí o allá puede permitir canalizar esas tensiones, como pretende demostrar el caso paradigmático de Egipto.

El problema no es el ultraislamismo, que ha sido siempre una herramienta utilitaria para estos despotismos y sus protectores internacionales.

El verdadero desafío es dónde colocar a partir de ahora la experiencia de estos pueblos que perdieron el miedo y aprendieron que la historia puede ser modificada sin subirse a la escoba de Al Qaeda. Sólo alcanza con imaginar el enorme peso simbólico que tendría la victoria de una milicia popular en Libia. La OTAN, advertida de ese desenlace, se ha convertido ahora en parte del problema porque si las dictaduras de esta periferia siguen acosando, como sucede ahora con la de Kadafi, pasa a ser evidente su complicidad. Ahora el panorama es mucho más imprevisible que hace tres semanas y, al no existir una salida clara, fogonea los extremismos.

Hay mucho más para observar. El Norte mundial busca apagar lo necesario los cañones, además, para no espantar electorados obligados a mirarse en el espejo de una crisis financiera que sigue devorando a las economías del llamado eurosur, como acaba de suceder con la bancarrota de Portugal que dejó a España en medio de un gran interrogante.

En EE.UU., donde el desempleo no afloja entre los sectores de la clase media y media baja, Barack Obama comienza a desbrozar el camino para intentar la reelección en noviembre de 2012 y sabe que eso lo obliga a reducir lastre. Una encuesta del martes pasado detectó un imparable crecimiento del rechazo a la intervención norteamericana en este conflicto.

Solo 25% de los consultados por la organización The Hill, justifica los US$600 millones que insumió hasta ahora la operación norteamericana aquí. La muestra detectó, además, que apenas 19% cree que se debe armar a los rebeldes libios , lo que brinda una idea de la penetración de la campaña de sospechas terroristas sobre esta gente, otro punto que Obama, lo crea o no, traducirá también en clave electoral.

La apuesta por esperar, va de la mano también del hecho de que esta crisis no ha obturado por ahora los negocios. El Ceo de la ENI, Paolo Scaroni, la gigantesca energética italiana, el principal socio comercial histórico de Kadafi , visitó estos días el este revolucionario libio. Lo hizo poco antes de que Italia reconociera la legitimidad del gobierno rebelde.

Hace solo un puñado de días, cuando la OTAN se aprestaba a bombardear a la dictadura, Scaroni se había opuesto y dijo que eso era como “dispararnos a nosotros mismos en los pies” . Su cabriola de estas horas es casi un modelo de los nuevos tiempos y lo que se mueve en la trastienda. Se comprende. La ENI ha estado en Libia desde 1955, y es la mayor inversionista en el país africano y su principal operador petrolero. En 2007 firmó un acuerdo de US$ 28 mil millones con la dictadura para extender sus contratos de producción hasta 2042.

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