La lección nunca aprendida del crimen de Cabezas

Por: Fernando Gonzalez

Hace 14 años, un día como hoy, asesinaron a José Luis Cabezas. Lo secuestraron de madrugada luego de una fiesta en la casa del empresario Oscar Andreani; lo llevaron hasta un lugar descampado en Pinamar; lo esposaron; lo mataron de dos balazos y lo incendiaron adentro de su auto. El crimen, de características brutales, puso al descubierto una trama de poder, dinero y corrupción que incluía a Alfredo Yabrán, a su jefe de seguridad, Gregorio Ríos, y a varios miembros de la Policía Bonaerense.

Acorralado por las evidencias, Yabrán se suicidó. Pero todas las personas que planificaron, ejecutaron o colaboraron con el crimen fueron condenadas a cadena perpetua tras diez años de investigación. Sólo la flexibilidad de las leyes penales argentinas y la interpretación sospechosamente benévola de algunos jueces lograron que, en los últimos cuatro años, todos los condenados quedaran en libertad o permanezcan bajo prisión domiciliaria.

Es la parábola decepcionante de una Argentina a la que la muerte de Cabezas no le alcanzó para cambiar radicalmente la situación de la Justicia, de la seguridad o de la Policía Bonaerense. Recordarlo servirá hoy para no resignarse y sostener el esfuerzo a la espera de un país que no permita estas tragedias o, que al menos, sepa como castigarlas.

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