Para los jueces, sembró el terror a tiros y causó una muerte absurda.
Laila Díaz Sigri fue condenada a 30 años de cárcel por su salvaje ataque a tiros dentro de una clínica, en el que mató a Carla Milla de un balazo por la espalda. Los jueces de la Cámara Criminal Segunda afirmaron: “Durante más de dos horas mantuvo en vilo y bajo el terror de las balas y sus amenazas a enfermos, médicos, enfermeros, técnicos de laboratorio, personal administrativo y gente común”. Ante la larga serie de delitos que se le imputaban, los magistrados centraron su resolución en el análisis de la muerte “absurda e incomprensible de una joven profesional, que ese día estaba trabajando”. Paradójicamente, el tribunal consideró que el 23 de marzo de 2013 la travesti efectuó 27 disparos dentro de una clínica, varios a más de un metro de altura, y que no tuvo intenciones de matar. Por ello, a pesar de imponer una extensa sentencia a cumplir en una cárcel común, no hicieron lugar a los pedidos de la querella y la fiscalía, que reclamaban castigos de 33 y 38 años. El fallo se conoció ayer en una sala repleta de medios periodísticos, pero con ausencias notorias: la imputada y su abogado, Juan Pablo Piombo, prefirieron no escuchar al juez Pablo Repetto, quien poco después de las 13 leyó la resolución del tribunal: “Condenar a Laila Díaz Sigri a 30 años de prisión, accesorias legales y costas”. Tanto el querellante, Agustín Aguilar, como los papás de la víctima se mostraron satisfechos con el resultado del debate. “No me importan los años, quería que la condenaran para que esto no pase más. Hay muchas formas de resolver un problema en lugar del que eligió ella. Ahora tiene que pagar por su error, por lo que le hizo a Carla y a todos los demás”, aseguró la mamá, Beatriz Fatorell. Argumentos Para los jueces Repetto, Guillermo Baquero Lazcano y César Gutiérrez Elcarás, Laila no tuvo intenciones de matar a Milla y no se pudo establecer que los disparos fuesen para lastimar a alguien. Consideraron que “el destinatario de su furia era la institución médica, la clínica, sus médicos”, y no los empleados a los que les disparó por la espalda mientras corrían por su vida. Así fue herida la víctima, de 24 años, según afirmaron los testigos y concluyeron los magistrados. El tribunal consideró que el dolo fue eventual, es decir, que la travesti es responsable porque no contempló que el resultado fatal era lógico, más allá de su intención. “Laila no obró presa de una explosión incontrolable, sino que eligió el lugar, sabía perfectamente donde estaba y qué pretendía”, manifestó Baquero Lazcano, quien emitió el fallo rector al que adhirieron Repetto y Gutiérrez Elcarás. “La imputada obró sin importarle nada ni nadie, sólo su situación de dolor, de bronca, buscando hacer justicia por mano propia bajo la idea de que su madre había sido víctima de una mala praxis médica y humana. Siguió la acusada mostrándose en el juicio como víctima, pretendió que se la juzgara igual que a los médicos que trataron a su madre”, concluyeron los jueces. El desprecio hacia la vida, de los empleados y los enfermos, fue una de las claves para que los jueces impusieran una condena superior al mínimo y al reclamo de la defensa (10 años y seis meses de cárcel). La familia de Milla valoró el castigo y anticipó que contactarán a los ex compañeros de la joven para agradecerles sus testimonios en el juicio y brindarles su apoyo por lo que han vivido. Con la condena, los papás de la joven técnica en laboratorio y sus allegados se abrazaron, lloraron y sonrieron aliviados por cerrar una etapa, con la tranquilidad de saber que la asesina pasará 30 años en prisión. OPINIÓN
Un fallo que exigía la ciudad Ángel Casagrande casagrandea@lmneuquen.com.ar Las escenas desgarradoras que se vivieron ese 23 de marzo de 2013 adentro y afuera de la Fundación Médica de Cipolletti marcarán para siempre la historia de una ciudad que en las últimas dos décadas vio cómo su perfil pueblerino convivió con hechos de los más aberrantes. Por esos días, los cipoleños estábamos sumergidos en la impotencia e indignación que había generado el brutal homicidio de un comerciante a manos de un preso con salidas transitorias que le había robado la cartera a una mujer. Fueron dos sucesos que calaron en lo más profundo de toda una comunidad, que revivió el dolor del Triple Crimen de 1997 y la Masacre del Laboratorio de 2002. La joven laboratorista Carla Milla halló la muerte mientras trabajaba en una clínica un sábado a la mañana. Una persona entró a la institución y disparó a mansalva 27 tiros, la mayoría a la altura del cuerpo. ¿Cómo les explicás a sus papás que la tragedia podría haber sido peor? Claudio Araya, dueño de un vivero, cometió el “pecado” de haber intentado ayudar a una señora mayor y perseguir al ladrón. ¿Cómo les explicás a sus hijos que su papá tuvo un acto heroico de los que hoy escasean? Nueve meses después, el hombre que lo mató fue condenado a cadena perpetua. Al menos, nos quedamos con la sensación de que se hizo justicia. Y su familia, conforme con el fallo, encontró algo de paz. Ayer, la mamá de Carla esperaba que Laila Díaz siguiera tras las rejas. Dejando de lado si merecía más o menos años de prisión, para ella era importante que el crimen de su hija no quedara impune. Y no quedó. Pero también esta condena la demandaba toda una ciudad, porque se pueden contar por cientos, por miles, aquellos que de una u otra forma podríamos tener un familiar o un amigo una mañana de un sábado adentro de la Fundación.
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