Lo sucedido ayer, con miles de personas, especialmente humildes trabajadores, agolpadas en las estaciones de tren sin poder trasladarse, llegando al extremo de tener que colgarse desesperadamente de un colectivo para no quedar varados, es una clara muestra del creciente estado anarquía que existe en el país.
Al analizar las razones de la protesta se habló de un reclamo gremial en reclamo por una presunta demora en el pago del aguinaldo, como así también se mencionó el malestar de los empleados ferroviarios por la instalación de cámaras en las locomotoras a fin de controlarlos.
Cada sector involucrado puede esgrimir sus razones, pero la realidad es que resulta inadmisible lo ocurrido ayer. Nada justifica violar los derechos que tienen los miles de ciudadanos de poder llegar a horario a sus lugares de trabajo o a sus hogares.
La gente, nuevamente, terminó siendo el pato de la boda de una pelea política entre el gobierno nacional y sindicalistas de las diferentes ramas en que se divide el gremialismo ferroviario.
Resulta evidente que los K no hicieron nada para evitar el caos. Es más, hasta habrían contribuido a que se generará. No es casualidad que la policía haya tardado 40 minutos en llegar hasta Constitución. Difícilmente con la infraestructura que tiene el Ministerio del Interior -sumado a los servicios de Inteligencia que durante el kirchnerismo se vienen perfeccionando en eso de espiar a todos aquellos que piensan diferente a la Presidenta- el gobierno no haya estado al tanto que esto iba a ocurrir.
Todo indicaría que la administración K hasta hizo precipitar los acontecimientos con el burdo objetivo de intentar llevar agua para su propio molino, reforzando su estrategia de querer hacer creer que toda la responsabilidad la tuvieron los maquinistas en el siniestro ocurrido en Castelar, que se cobró la vida de 3 personas. Y que convirtieron al titular del Ministerio del Interior (que tiene a su cargo el área del transporte ferroviario), en un muerto político.
Cabe destacar, además, que los sindicalistas adoptaron una medida irracional, que no se sustenta ni el más mínimo sentido común ya que cuesta entender que se deje a toda la región metropolitana sin trenes (incluida La Plata) por no haber cobrado el medio aguinaldo, cuando ayer era recién el tercer día hábil del mes. Cuesta entender, asimismo, que se resistan tanto a la instalación de una simples cámaras de seguridad, cuando es sabido que la situación catastrófica del estado del trenes es producto de los años de negociados infames, con los subsidios, entre el gobierno y algunos empresarios amigos, a quienes poco le importa que la gente corra peligro de muerte cada que se sube a una formación que tiene más de 40 años de antigüedad, y transitan por vías que –en muchos casos- tienen casi un siglo.
La crisis del pan
El caos reinante no solo atañe al sistema de transporte. Se da prácticamente en todos los niveles del Estado, al punto que ayer se conoció que el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, ante la imposibilidad de ponerle un freno a la suba del precio del pan (consecuencia directa de la ola inflacionaria y la destrucción del sistema productivo), tuvo la alocada de idea de reflotar una ley de abastecimiento sancionada hace casi cuatro décadas, que nunca se aplicó porque resulta prácticamente inviable.
La administración K no tiene la capacidad ni la infraestructura necesaria, como así tampoco la materia gris, para intervenir en el mercado de trigo y decretar el precio que se deben cobrar a los panificados. De hecho, todas las intervenciones que hizo el gobierno nacional, en materia agropecuaria, siempre terminaron de la peor forma, al punto que la Argentina hoy exporta menos carne que Uruguay, mientras los precios de los cortes más populares (como el asado), en el mercado interno, resultan cada vez más inaccesibles.
Esta serie de desaguisados no se producen de casualidad. Son producto de las políticas de una presidenta que piensa que puede gobernar a un país desde el Twitter, haciéndose la graciosa hasta un limite que llega a la burla con el Papa, para luego utilizar frases delirantes como si fuese una ingenua adolescente de 15 años, intercalando algunas palabras en inglés.
Mientras la primera mandataria juega en las redes sociales, hay un país que sufre y se derrumba. Las imágenes de las inundaciones como consecuencia de la crecida del Paraná están mostrando, claramente, como viven miles de nuestros compatriotas en provincias como Misiones, Corrientes y Entre Ríos.
Habitan en ranchos de lata y cartón, en condiciones absolutamente infrahumanas. Estas personas, para el gobierno, son como si fueran bichos, voto fácil que es útil, únicamente, cuando se vienen las elecciones y se profundizan los infames métodos del clientelismo político.
No es casualidad: al gobierno le conviene que haya pobreza y miseria, para desarrollar su extorsión electoral. Pero todo tiene un límite: la sociedad dijo basta. Y hasta en los feudos políticos, donde los K ganaban con más del 70% de los votos, han comenzado a darles la espalda.

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