1° de julio: Interpretar y sentir

1° de julio: Interpretar y sentir

Por: Santiago Gutiérrez. Se conmemora un nuevo aniversario de su fallecimiento.

Vivimos en un tiempo de estímulos cortos, donde el sentir parece una utopía. Una historia que se quema en veinte segundos. Un audio de WhatsApp que se escucha al doble de velocidad porque supuestamente no hay tiempo para escuchar bien. Una discusión que se vuelve tendencia a la mañana y ya nadie la recuerda a la noche. Mensajes que duran lo que dura un scroll y se olvidan antes de terminar de mirarse.

Y en medio de esa velocidad, la política parece haber perdido la capacidad de detenerse a leer lo que está pasando. Estados al servicio del poder económico global, instituciones desprestigiadas y vaciadas, dirigentes que administran la coyuntura en lugar de comprenderla. Así, mientras todo exige respuestas inmediatas, se profundiza una sensación de orfandad: la falta de un argentino capaz de traducir lo que la gente siente en un proyecto que la convoque a ser sujeto de la historia.

Sin ánimo de caer en un pasado nostálgico ni tampoco en un diagnóstico impotente que se centre en lo que falta, y que paralice y obstaculice la mirada de futuro, me detengo en dos verbos: interpretar y sentir. Esa doble capacidad, entre tantas otras, es la que tuvo el General Perón, un argentino que leyó lo que la gente sentía, que no estaba siendo materializado, y lo convirtió en palabra y en proyecto de país. La política efectiva y el abrazo. El resultado y la caricia. La interpretación y el sentir mismo.

Una pregunta recurrente que nos hacemos con compañeros y compañeras es ¿dónde vive el peronismo hoy? Hace años lo único que sentimos es que no tenemos la capacidad de interpretar a nuestro pueblo, que sufre y la pasa mal. Allí me gusta abrazarme a la idea de que el peronismo, además de un sentimiento, es un hecho cultural de nuestra Patria. Vive en una mesa familiar, en un club de barrio, en una fábrica, en una sonrisa pícara en la calle, en una canción inventada rápidamente, en ayudar a un ciego a cruzar la calle. En lo simple y en lo práctico. En la doctrina de amor, paz y fe que creó el argentino que supo interpretar y que generó un sentir popular.

Un tipo que crea una doctrina fue, ante todo, un argentino que interpretó al ser humano, al ser argentino. Como lo definió Evita: “Peronismo es la fe popular hecha partido en torno a una causa de esperanza que faltaba en la Patria”. Perón entendió el momento exacto en que el pueblo trabajador necesitaba una representación real que luche por él; el momento en que el mundo bipolar exigía una tercera posición para defender la soberanía; el momento en que la Argentina necesitaba industrializarse para no depender de nadie. ¿Perón inventó esas necesidades? Claro que no. Las identificó antes que el resto, y les dio forma de proyecto de Nación.

Hoy, cincuenta y dos años después de ese día lluvioso de tristeza generalizada, nos preguntamos. ¿Y qué podemos hacer entonces? Creo que la respuesta es clara: volver a él. No al mito, no a la repetición vacía de consignas, sino al método, a su método. No caer al hecho de decir todo el tiempo que uno es peronista, sino demostrarlo con lo que más le hubiese gustado a Perón: en la realidad efectiva, en el hacer, en la acción concreta, en el valor humanista de la doctrina que nos dejó, ‘en la mantención del credo por el cual luchamos’. “Sensibilidad e imaginación es base para ver, ver base para apreciar, apreciar base para resolver, y resolver base para actuar”. Otra de las tantas cosas que también hizo Perón fue dejar todo escrito.

En 2026, con la dificultad que tenemos para interpretar nuestra propia época, esa doctrina nos deja algunas cuestiones concretas para pensar hoy. La idea de pueblos libres y organizados, hoy, exige fortalecer la comunidad organizada y un Estado que regule en favor de una democracia participativa, no un Estadocentrismo bobo. La Tercera Posición, en un mundo que ya no tiene dos bloques sino varios centros de poder en disputa, exige construir margen de maniobra propio: no alinearse automáticamente, no regalar la soberanía a cambio de ‘pertenecer’. Y el ser humano en el centro, con políticas pensadas en torno a él, y no al revés, exige defender lo nuestro, lo argentino: nuestros datos, nuestro trabajo, nuestra capacidad de decidir sobre nuestro propio futuro. Entendida esa unidad de concepción, pasar a la unidad de acción se tiene que traducir en el desafío de construir políticas concretas que giren en torno a esto.

Nuestra generación tiene el hermoso desafío de honrar a Perón teniendo la capacidad de interpretar nuestra época y dar respuestas para que nuestro pueblo vuelva a sentir. Si su método fue interpretar su tiempo, la fidelidad está en hacer en 2026 lo que él hizo con su época: leerla bien, sin nostalgia y sin miedo, y traducir esa lectura en proyecto político concreto. Con algo particular hoy: no hay un Perón. Perón hubo uno solo. Y por eso se necesita debate, consensos, firmeza y autoridad política para ejercer este nuevo tiempo que nos permita dar respuesta a los problemas actuales, sin anclarnos en el pasado y con una mirada esperanzadora de futuro.

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