El juego que puede terminar en fuego

Era martes, serían casi las once de la noche y hacía frío. Talcahuano se había apagado, al punto de que parecía que ahí adelante, a poco más de una cuadra, las luces de Corrientes encandilaban.

Mi amiga y yo caminábamos con prisa y sin pausa. Teníamos hambre: íbamos en busca de una cena. Como además somos vecinas, sabemos que a esa hora no conviene andar a pata por las calles que cortan las avenidas. Y que por las avenidas, depende. Hay días, como ése, en los que ya no pasean turistas cándidos ni queda un quiosquero 24 horas. Y, por supuesto, es mucho más difícil cruzarse con un policía.

Ahí estábamos, entonces, caminando presurosas entre persianas bajas y edificios mudos, alertas y con los bolsos apretados contra el cuerpo. De repente, fue como si un remolino nos hubiese envuelto: un grupo de cinco o seis chicos nos había rodeado.

–Dame, dame la cartera, doña. ¿No ves que soy chorrito?

–¡¿Cho... qué?!!

Casi tuve que agacharme para verle la cara. Tendría cuatro, a lo sumo, cinco años, y los ojitos vivaces, como exaltados. Y no, no llevaba nada: igual que los demás, estaba desarmado.

–¡Chorrrrrito!

–¡¿Chorrito?¡ ¿De dónde sacaste eso? Vos no sos chorrito: ¡vos sos CHI-QUI-TO!

Se quedó paralizado, mirándome fijo, más sorprendido que asustado. Parecía que un reto era lo último que esperaba, que no estaba acostumbrado a recibir a esa forma fantasmagórica de mamá o papá, inhibidora para algunos e indignante para otros.

Por otras razones, yo estaba igual que él, petrificada. Después entendí por qué.

La cuestión es: ¿Qué se supone que uno debe hacer cuando un chiquito desconocido que pretende jugar al ladrón se te planta enfrente? De la policía, ya hablamos.

Controlar el cóctel de alarma, bronca, tristeza, culpa e impotencia todo junto y hecho un nudo en el estómago. Bueno.

Buscar adultos que lo “vigilaran”. No aparecieron. No había o quizá, nunca había habido. Sin comentarios.

¿Retarlo? Esto tuvo un efecto: clausuró el juego patético de inmediato.

Enseguida, los otros chicos empezaron a abrir el cerco con el que habían pretendido encerrarnos mientras se reían, qué sé yo si de nerviosos o qué.

El chiquitito se alejó primero. Arrancó despacio, como vencido. Pero enseguida empezó a corretear y repetir, casi tarareando, ¨Chorito, soy chorito, chorrrito, soy…”.

–¡Vamos!

La orden de mi amiga me despabiló tanto como su tirón en el brazo.

Seguía como encandilada por una incógnita acaso inconsciente. Entonces reconocí al más grande de todos. Flaquito, el pelo castaño hasta los hombros, el buzo gris arratonado. Santiago. Solía pedir monedas o algo para comer en Corrientes y Paraná. Le gustaban los sándwiches de miga, la Coca Cola y un alfajor de vez en cuando. Mientras esperábamos en la fila del maxiquiosco que está en esa esquina para comprarlos, había llegado a contarme que tenía nueve años y que iba a la escuela, además de ayudar de esa manera en su casa.

–Santiago, ¿qué están haciendo? ¿Me explicás?

Tal vez avergonzado, no me contestó.

–¿Estás bien? –me preguntó mi amiga.

–Sí, pero no lo puedo creer...

–Yo tampoco, qué pendejos.

–Tan chiquito, ¿viste?

–Parece que fueras la madre o la maestra.

–No me cargues, nena.

Nos reímos. Pero, la verdad, ninguna tenía ganas.

Comimos, nos distrajimos un rato y volví a mi casa en taxi a pesar de las pocas cuadras.

Sabía que aprendemos jugando y que a los chicos les hacen falta más modelos que críticas.

Pero al rato empecé a rondar la biblioteca. Saqué libros subrayados. Y poco después prendí la computadora para googlear. Buscaba ideas sobre la importancia del juego para los chicos. Antídotos para la angustia.

Leí, por ejemplo, que Oscar Wilde (1854-1900), el escritor irlandés que desafió la hipocresía de la época victoriana y lo pagó con la cárcel, advirtió que “la única ventaja de jugar con fuego es que uno aprende a no quemarse”. La idea está muy bien, claro, pero incluso su triste biografía sugiere que conviene relativizarla.

A Santiago, hasta ahora, no volví a verlo por el barrio. También será difícil olvidar la mirada eufórica del chiquitito. Quizá porque es la misma que le brota a cualquiera de su edad a la hora de enfrentar un momento decisivo del juego, alguno de esos que pueden terminar en fuego, y lágrimas.

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