El rey Juan Carlos, símbolo del parlamentarismo y la crisis

El rey Juan Carlos, símbolo del parlamentarismo y la crisis
Juan Carlos I de España, quien ayer anunció su abdicación, es para muchos españoles el padre de la democracia de su país, mientras otros lo consideran un símbolo más del colapso del sistema político y económico español tras años de profunda crisis.
El monarca, de 76 años, cede la Jefatura del Estado tras casi cuatro décadas de un reinado marcado mayormente por la prosperidad económica y el aumento de las libertades en España, salvo el último lustro, en el que la crisis económica y las recetas neoliberales sacudieron los cimientos del Estado de Bienestar.

Juan Carlos de Borbón llegó a la jefatura de Estado en 1975 luego de la muerte del dictador Francisco Franco, quien lo designó como sucesor.

Sin embargo, tras jurar fidelidad a los principios del Movimiento Nacional que pretendían perpetuar el franquismo, el joven monarca promovió el proceso de transición democrática, que dirigió el recientemente fallecido presidente Adolfo Suárez.

En el marco de ese proceso, el rey Juan Carlos se ganó la confianza de la mayoría de los españoles cuando frenó el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, conocido como el Tejerazo, protagonizado por guardias civiles que tomaron el Congreso de los Diputados español.

"La Corona no puede tolerar en forma alguna acciones o actitudes de personas que pretendan interrumpir por la fuerza el proceso democrático", aseguró frente a millones de españoles que lo miraban por televisión.

"Hoy somos todos monárquicos", exclamó aquel día el histórico líder comunista español Santiago Carrillo, quien había regresado al país hacía pocos años desde el exilio gracias a una ley promovida por Suárez que levantó la proscripción de su partido.

Y si bien la reciente muerte del ex presidente de la transición arrojó algunas sombras sobre la actuación del rey -quien según algunas versiones estuvo detrás del golpe- ese episodio fue un hito para la historia del país y sirvió para que la figura del monarca se mantuviera protegida de las críticas.

Durante décadas fue uno de los soberanos más poderosos y populares de Europa, respetado en su país y el extranjero, especialmente en Iberoamérica y en la península arábiga, donde fue el principal mediador de las empresas españolas.

Sus actividades privadas, su vida amorosa, sus negocios, y el origen de su fortuna no eran cuestionados, y la prensa eludía temas espinosos como sus viajes al extranjero auspiciando la venta de armas, como denuncian desde hace años algunas organizaciones no gubernamentales (ONG).

No obstante, algo cambió en abril de 2012 cuando en plena crisis económica y con el país con más de 5 millones de desocupados, los españoles supieron que el rey había sido sometido a una operación de cadera debido a un accidente que sufrió durante una excursión para cazar elefantes en Botswana.

La actividad privada del rey, que viajó para cazar una especie protegida a un costo estimado de 46.000 euros, generó estupor entre los españoles en un momento en que la Corona estaba siendo ya blanco de fuertes críticas por el caso de corrupción que entonces salpicaba sólo al yerno del monarca, el duque de Palma Iñaki Urdangarín, y que ahora también involucra a su esposa e hija del rey, la infanta Cristina.

En un gesto histórico, el rey terminó pidiendo disculpas por haberse ido de caza a Africa y luego, en otro paso inédito, como muestra de transparencia, la Casa Real hizo públicas sus cuentas por primera vez.

A pesar de los gestos, el daño ya estaba hecho y no habría vuelta atrás.

Para entonces, la prensa europea había aireado un supuesto romance del monarca con una alemana llamada Corinna zu Sayn-Wittgenstein, de 46 años, quien lo había acompañado a Botswana y con la que llevaba un apelación desde hacia más de 4 años.

En tanto, los diarios El País y El Mundo publicaron la existencia de unos correos electrónicos en poder del juez que investigaba a Urdangarín que acreditaban que el rey mediaba en los negocios de su yerno, imputado por apropiación indebida de fondos públicos.

En este contexto, la opinión pública dio un vuelco. En enero de 2013, una encuesta revelaba que el apoyo a la monarquía había caído a un mínimo histórico del 54%; y otro sondeo de abril de El País indicó que el 53% de los españoles desaprobaba la manera en que el rey desempeñaba sus funciones.

A pesar de los escándalos y sus problemas físicos -en noviembre de 2013, el rey pasó por el quirófano por sexta ocasión por sus problemas en la cadera- se resistía a abdicar.

Según develó hoy en su discurso, la decisión de ceder el trono estaba tomada desde enero, cuando cumplió 76 años; y no se debe a su debilitada salud.

Desde el Palacio de la Zarzuela ratifican que la decisión del monarca está inspirada en la necesidad de un relevo generacional y que no tiene relación con el hundimiento de los dos grandes partidos de España, el conservador Partido Popular (PP) y el PSOE (Partido Socialista) revelado por las elecciones europeas.

Sin embargo, otros sectores consideran que la abdicación es un reflejo de la crisis del sistema político, apoyado principalmente en el bipartidismo, del que la monarquía es el tercer pilar, y que muchos ciudadanos españoles han identificado con una forma de hacer política corrupta y clientelar.

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