En los 60, la Galería Internacional fue el lugar para comprar pantalones traídos de EE.UU.
Instalada desde octubre de 1959 en la avenida Corrientes, a metros del cruce con Pasteur, hoy aquella galería famosa ni siquiera conserva el cartel que, con letra cursiva, la hacía destacarse en el corazón de la zona comercial del Once. Eran 108 locales en los que se encontraban las cosas que no había en ningún otro comercio de la Ciudad. Por supuesto, la vedette eran aquellos jeans de una lona gruesa creados para mineros estadounidenses. La tela tenía la particularidad de desteñirse con los años y el uso. También llamaba la atención el café que vendía un señor al que conocían como Arancibia. Tenía tres opciones: el de 0,50 centavos, el de 0,70 y el de un peso.
En la década de los años 60 el negocio era tan fuerte que daba hasta para ciertos lujos promocionales. Por ejemplo: contratar a Barry Moral, el líder de una banda que hacía música “característica” como se denominaba al jazz y sus “parientes” con melodías cercanas. El grupo actuaba sobre el techo de un local, en medio de la galería. El local todavía está. Inclusive mantiene la parte superior del techo con esas pequeñas cerámicas y una modesta escalera de madera para que los músicos accedieran a ese sector desde el pasillo superior. Las notas y los aplausos de la gente se perdieron entre los bocinazos y el smog del tránsito de la avenida.
Pero no todo fue alegría para la Galería Internacional. En febrero de 1966, sus dueños (el grupo de los hermanos Todres) fueron a la quiebra, en medio de un escándalo financiero que hizo historia. Y esa situación afectó el funcionamiento de toda la galería. Así, una década más tarde la propiedad de muchos locales salió a remate. Cuentan que los más caros se vendieron en valores que orillaban los “1.500 millones de pesos viejos”, como mencionan las crónicas de octubre de 1976.
En la actualidad quedan muy pocos de aquellos locales en los que había perchas llenas de ropa que colgaban como guirnaldas navideñas y le ponían color a los pasillos. Y hasta desapareció el negocio que, hasta hace unos años, estaba en el fondo como una curiosidad. Allí había pintada una frase convocante: “Una cita obligada con Gardel y con el tango”. En ese comercio vendían fotos, videos y otros elementos vinculados con el “inventor” del tango-canción y otros artistas del rubro. Cuentan que la mercadería de ese local aún se mantiene a la venta en una oficina de los 11 pisos que hay en el mismo edificio.
De los buenos tiempos aquellos sorprende que todavía estén las viejas barandas de bronce que le dan marco a las amplias escaleras, previstas para recibir multitudes, aunque ahora en el piso superior haya locales vacíos y menos movimiento. Es que aquella era una época de ebullición y cambios. Y ya que se mencionan cambios, se podría recordar que en esos años hubo también una galería comercial que se metió en el recuerdo del Buenos Aires de los años 60. Estaba (y aún está) en la calle Florida, a metros del cruce con Marcelo T. de Alvear. Se la conoce como la Galería del Este. Y fue el epicentro de la vanguardia artística de entonces con un sello imborrable. Pero esa es otra historia.
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