Israel toma represalias después del atentado en la sinagoga

Israel toma represalias después del atentado en la sinagoga

El gobierno se lanzó a demoler las casas de las familias de palestinos que participaron de ataques a israelíes

 La "mano de hierro" que prometió el primer ministro de Israel en represalia por la masacre de la sinagogagolpeó ayer su primer objetivo: la casa de un extremista palestino, que fue reducida a escombros y que hace temer una mayor escalada en el conflicto.

Fue la primera respuesta del gobierno de Benjamin Netanyahu al ataque de dos extremistas a la sinagoga en un barrio ultraortodoxo del oeste de Jerusalén, que dejócuatro fieles y un policía muertos, en el incidente más sangriento de la ciudad desde 2008, cuando otro fanático mató a ocho personas.

Los policías "llegaron a las doce y media de la noche, tumbaron la puerta y nos obligaron a salir del edificio", dijo Amer Shalodi, uno de los dueños de casa. "Y a las cuatro oímos una enorme explosión." La vivienda no era mucho más que un enorme esqueleto, sin paredes en pie, con las columnas de hormigón que apenas sostenían el techo y la estructura de lo que antes de las cargas de dinamita había sido un hogar.

En esta rueda de acción y reacción que viven israelíes y palestinos en los últimos meses, quedaron atrás en cuestión de horas las imágenes de la sangre derramada en la sinagoga, reemplazadas en un golpe de vista por esta práctica de castigo que tuvo su auge años atrás, sin resultados demostrables, y que el gobierno decidió reflotar con todo vigor. El objetivo es dejar una huella entre la población: las autoridades creen que, aunque no teman por sus vidas, los posibles terroristas quizá piensen en sus familias y desistan de actuar.

En los hechos, según señalaban ayer activistas de derechos humanos -y alguna vez también las mismas fuerzas de seguridad-, la destrucción de viviendas echa más combustible a la caldera del desprecio y conduce a nuevos ataques. La táctica era empleada con frecuencia entre 2001 y 2005, cuando se demolieron 664 casas, y desde entonces se empleó de manera más espaciada.

"Las primeras víctimas de los derribos son los parientes: mujeres, chicos y ancianos que no tienen ninguna responsabilidad en el atentado y no son sospechosos de haber cometido ninguna infracción", denunció ayer la organización israelí de derechos humanos Betselem.

Entre las últimas viviendas demolidas por razones políticas, las fuerzas israelíes tiraron abajo en agosto, en la conflictiva ciudad palestina de Hebrón, las casas de Amer Abu Eisha y Marwan Qawasmeh, acusados de haber secuestrado y matado a tres adolescentes judíos. Y hay más familias que pasarán a las filas de los sin techo: fueron notificados los parientes de Mohamed Jaabis, Muataz Hijazi e Ibrahim Akl Akari, abatidos por las fuerzas de seguridad por su participación en atentados y cuyas casas también se verán caer.

La casa dinamitada ayer no era la de los dos primos fanáticos que entraron a sangre y fuego, con cuchillos, hachas y pistolas, a la sinagoga de Jerusalén. Ésa tendrá que esperar. Era la casa del autor de un ataque anterior, Andelrahman Shaloudi, de 21 años, baleado por la policía cuando trataba de huir después de atropellar a los pasajeros en una parada de tranvía a fines de octubre.

Lejos del estruendo de la dinamita, los fieles judíos volvieron ayer al escenario del último ataque, la sinagoga Kehilat Bnai Torah, en busca de consuelo en la oración. El incidente demuestra que "nuestro destino en este mundo depende de Dios", dijo Gabriel Cohen, uno de los feligreses.

Varios clérigos en representación de las comunidades cristiana, judía y musulmana se reunieron en las inmediaciones de la sinagoga para hacer un llamado a la moderación. "Gente de todas las religiones presentes aquí en Tierra Santa desea expresar el sentir común de que éste no es el camino", dijo el rabino Michael Melchior, ex legislador israelí y activo en los esfuerzos interreligiosos. "Podemos tener nuestras diferencias políticas, religiosas, pero éste no es el camino."

Su proclama pacifista parece caer cada vez más en oídos sordos en esta región, donde las tensiones religiosas de las últimas semanas dejaron 11 muertos por ataques de extremistas palestinos, sobre todo en Jerusalén, pero también en Tel Aviv y Cisjordania. Los israelíes a su vez se empeñaron en destruir propiedades palestinas, incluso autos y cultivos. Las visitas de feligreses judíos a la Explanada de las Mezquitas, el tercer sitio más sagrado para los musulmanes de todo el mundo, son vistas como una provocación y son sobre todo el símbolo más reciente del largo conflicto entre las dos comunidades.

Otra prueba de que los ánimos exaltados conviven con los llamados a la paz fue el insulto que recibió uno de los religiosos que tomaron parte de la oración colectiva frente a la sinagoga. "Hemos venido para manifestarnos contra este acto criminal, que involucra una agresión a la santidad de la morada de Dios y a feligreses inermes", dijo el jeque Samir Assi, imán de la mezquita Al-Jazaar de la ciudad de Acre. "¡Tú no tienes fe, basura!", replicó sin contemplaciones una mujer ultraortodoxa.

Y mientras se anunciaban el refuerzo de la vigilancia en las escuelas, el cierre de las salidas de algunas rutas por razones de seguridad y más demoliciones de viviendas, fue aprobada la construcción de otras 78 casas de colonos israelíes del sector palestino de la ciudad, uno de los ejes de la discordia.

FRANCISCO CONDENÓ EL ATAQUE

 

El papa Francisco condenó ayer el ataque perpetrado por dos palestinos que mataron a cuatro rabinos y un policía en una sinagoga de Jerusalén y expresó preocupación por la reciente tensión y violencia en la ciudad."Estoy siguiendo con preocupación el alarmante incremento de la tensión en Jerusalén y otras áreas de Tierra Santa, con inaceptables episodios de violencia que ni siquiera excluyen a sitios religiosos", afirmó Francisco ante fieles en la Plaza de San Pedro en su primera aparición pública desde los atentados del martes.El ataque con un cuchillo carnicero y una pistola tuvo lugar tras semanas de agitación en Jerusalén en una disputa por el sitio más sagrado de la ciudad, conocido por los musulmanes como el Santuario Noble y por los judíos como el Monte del Templo.

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