Más tarde o más temprano, se muestra la hilacha. Carlos Verna, uno de los jugadores más misteriosos de la política pampeana, y del justicialismo en particular, eligió la estrategia de huir hacia delante para escaparle a su responsabilidad política. En síntesis, le echó la culpa a otros. Y se fue por la puerta del fondo. Huyó. Mostró la hilacha.
tendrás que pagar y yo
tendré que pagar también,
habrá que pagar.
Se enjuiciarán los actos, verás
lo que hiciste y lo que no,
las posturas y el color
de tu pabellón.
Y habrá que decir por qué
cómo y cuándo y para qué
por dónde y por qué razón
y con qué ambición.
(Nos pasarán la cuenta - Patxi Andión)
Verna es un político experimentado. Fue ministro, intendente, senador, gobernador. Desde 1983 es un activo dirigente, bajó y subió pulgares, armó su propio grupo de confianza, fue de Convergencia, sin evitar zancadillas y agachadas en la eterna interna con Marín, sonríe ante las fotos circunstanciales, fue menemista, duhaldista y ahora, supuestamente, cristinista. En realidad, Verna siempre fue vernista, ultravernista.
Verna no desconoce que buena parte de la construcción del poder pasa por las negociaciones. El papel de víctima distraída que pretende expresar en estas horas (un supuesto viaje familiar a Salta le impidió reunirse con Cristina Fernández) es por lo menos una tomada de pelo a la inteligencia de los pampeanos. Y si esa razón es cierta, para no reunirse con la presidenta, su acto es de una irresponsabilidad imperdonable.
Verna negoció con los representantes de Cristina Fernández. En todo caso, le fue mal. No supo, o no quiso reconocer, la cancha política en la que estaba jugando. Creyó que podía jugar al hecho consumado (imponer a Luis Campo) frente al apuro del reloj, y que a la presidenta no le quedaría otra que aceptar. Supuso que él podía y que Cristina Fernández no podía tanto. Y el tiro le salió por la culata.
Verna renunció el sábado 26 de junio. Pero todos, incluida su coequiper Norma Durango, se enteraron por los medios el lunes 4 de julio. Nueve días es mucho tiempo. Demasiado. Verna, con esta jugada, buscó provocar daño, el mayor posible, como una bomba tipo racimo: a Cristina Fernández (acusándola de ser responsable de su renuncia), a Rubén Marín (dejándole todo el fardo), al PJ (generándole una crisis partidaria de proporciones inéditas), a la provincia de La Pampa (buscando que se deteriore la relación institucional con Nación). Y así a muchos más.
Verna, paradojalmente, pícaramente, juega con la idea de quedar como víctima de la situación y, más patético aún, con un perfil de responsabilidad institucional frente a los ciudadanos. Verna sostiene que no puede gobernar sin el "acuerdo de gobernabilidad". Es decir, "si Nación me va a poner palos en la rueda, me voy". Sin embargo, se queda como senador. ¿Para qué? Si ese espacio es la representación del Estado Provincial. ¿Qué rol piensa jugar? ¿A favor y en contra de quién?
Verna, en su especuladora proyección, íntima, personal, puede llegar a soñar con una especie de operativo clamor. Si es así, su renuncia no es santa ni gratuita. Es cierto que la dinámica de la política suele deparar sorpresas, pero una primera sensación indica como más factible que (muchos) le pasen factura antes de que le pidan que vuelva.




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